Todo lo que debes Capítulo 5 — Entre Escila y Caribdis lo sólido y el aire #4
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Capítulo 5 — Entre Escila y Caribdis lo sólido y el aire #4

El taller marcha — no te voy a mentir: marcha despacio, que el maestro Brenner dice que los primeros años un taller no anda, gatea, pero gatea hacia delante —, y yo he echado cuentas, de las mías, de lápiz mojado, y me salen.

Me salen, Cecilia. Así que te lo digo como se dicen las cosas que llevan seis años dichas por dentro: el año que viene, por San Juan, cuando el taller cumpla el segundo ejercicio, te espero en Heidelberg.

Es una ciudad que está aquí a un paso, con un puente viejo sobre un río verde que se llama Neckar, y dicen que en ese puente se han citado todos los que en Alemania tenían algo serio que decirse, desde los poetas para abajo.

Pues uno más. Sábado de San Juan, a las doce del mediodía, en mitad del puente viejo de Heidelberg.

Tú trae el vestido azul. Yo llevo todo lo demás, que ya lo tengo: los papeles del taller para que veas que no te llamo a un castillo en el aire, el anillo — ya está dicho, ya no lo tacho —, y una lista de las cosas que vamos a hacer que la empecé en Fráncfort y ya va por la tercera libreta.

Y ahora te escribo lo otro, lo que me quema, porque esta carta va de decirlo todo.

Me acuerdo de tu cuerpo, Cecilia. Así, con todas las letras, que ya está bien de decir “la tarde” y “la barca” como si fuéramos un romance de ciego.

Me acuerdo de tu cuerpo con el mío en la barca varada, del calor que subía de la madera y del que subía de ti, que eran dos calores distintos y yo aprendí esa tarde a distinguirlos para siempre; me acuerdo del peso exacto de tu cabeza en mi brazo después, que se me durmió el brazo entero y yo antes muerto que moverlo, y ahí supe lo que era la riqueza, Cecilia, con el brazo dormido lo supe: rico es el que tiene algo que no movería por nada.

Llevo seis años administrando ese capital.

No se ha devaluado un céntimo. Los alemanes, que saben de monedas fuertes, no han visto en su vida una cosa igual.

En el puente, a las doce. Si llueve, debajo del puente hay soportales. Si no vienes, no pasa nada: iré todos los San Juanes hasta que vengas, que el taller me pilla cerca y la terquedad me pilla de nacimiento.

Tuyo hasta la fecha dicha, y desde ella, más,

Amadeo

P. D. — El Rubio dice que a Heidelberg no vaya con la corbata de los entierros, que da mala suerte citarse con la misma corbata con que se despide. Este hombre acabará sabio o coplero, y no sé qué paga mejor.

De la carta cuadragésimo séptima

No todas las cartas eran arias. La mayoría — Tomás lo fue descubriendo domingo a domingo, en su ración de maná — eran de andar por casa, y esas, a su manera, eran las mejores: la voz de un hombre no se conoce por lo que dice en los puentes sino por lo que cuenta de los martes.

La cuadragésimo séptima, por ejemplo, de octubre del 72, dedicaba página y media a una avería de la fresadora (“le he cogido el ruido como se le coge el genio a una mula: por las mañanas no se le puede pedir”) y un párrafo entero a la sopa de la señora Hoffmann, “que la hace de sobre pero le pone perejil de la maceta, y no sé si eso es engañar o es cariño, y llevo la semana dándole vueltas”.

Había una lista de precios de Friburgo comentada (“el pan, bien; el café, un atraco; el cine, según la película, que aquí te cobran igual las buenas que las malas, y eso en un país serio no debería ser legal”), un recado para la señora Remedios (“dile que el punto de media alemán no es mejor: es más triste”), y esta posdata, que Tomás copió al cuaderno rojo sin saber muy bien en qué sección: “P. D. — Hoy el Rubio ha silbado una cosa nueva en la línea y a las dos horas la silbaba la línea entera, hasta el capataz, que no sabía qué silbaba. Me he acordado de ti. No sé por qué. Sí lo sé.”

Ciento catorce cartas, y la novela solo puede enseñar unas pocas: quede constancia al menos de que las otras existen, numeradas a lápiz por una mujer que numeraba hasta los botones, y de que en ellas hay fresadoras con genio, sopas con dilema moral y capataces silbando sin saber qué.

Los archivos de conciencia también tienen sus martes. Sobre todo tienen sus martes.

EL CUADERNO ROJO (v)

Asientos del capítulo quinto — letra de Tomás Abril · cuaderno rojo

Que no existe el estrecho sin monstruos: se elige a cuál se le paga peaje. Y que el que no elige también ha elegido — Escila cobra a los no presentados.

Que “garantizado” garantiza los números, no lo que los números pueden. Preguntar siempre: ¿tranquilidad de qué monstruo?

Que fui pavo veintidós años sin saberlo: mi mayor activo era mi mayor riesgo porque nunca lo conté como riesgo. Contarlo todo. Sobre todo lo que no cotiza.

Que la inflación es el ladrón que guarda el botín en mi cartera. Que se llama Nadie. No dejar que se llame Nadie: preguntar quién emitió y quién gastó primero.

Que las brujas no mienten: seleccionan. Cuando todo lo que me cuenten sea verdad y aun así suene a música, buscar la letra pequeña que mi deseo está poniendo gratis.

Que la solidez tiene tres pisos: la roca (estructura), los lirios (no pagarle intereses al miedo) y el velo (poder rehacerme). Hacer aportaciones al velo.

Que la pregunta de los sesenta y cuatro no es si habrá dinero: es si habrá alguien. No confundirlas. No dejar que me las confundan.

Que el domingo hay sitio en la segunda fila. Y que la casa fía.