Capítulo 5 — Entre Escila y Caribdis lo sólido y el aire #3
Le costó dos cafés y una tarde entera sonsacarle a la señora Remedios el resto, que ella dosificaba con el placer profesional de quien sabe que la información, como el dominó, se juega ficha a ficha: que Yago Miral llevaba semanas “sembrando” — la palabra era de doña Angustias y era exacta —; que había un grupo de mensajería, “La Comunidad de la Abundancia — Isla”, con cuarenta y tantos miembros de pelo blanco; que se hablaba de “un producto solo para gente de confianza, que no está al alcance de cualquiera” — la vieja liturgia de la exclusividad, la hora undécima con lista de espera —; y que el domingo siguiente, después de la charla, “se firmaba”.
Se firmaba. El verbo se quedó suspendido sobre la mesa de dominó como en su día la pausa de Felipe sobre el mantel de Navidad, y Tomás comprendió tres cosas en el orden exacto en que se comprenden las cosas graves: que aquello ya no era el pasado de Cecilia sino el presente de cuarenta vecinos; que la libreta gris había dejado de ser un enigma privado para convertirse en el prólogo de algo que aún podía impedirse; y que impedirlo iba a exigir — lo supo con un frío que ya no era unheimlich sino simplemente miedo — hablar en público, dar la cara, y explicar, delante del pueblo entero y de Alma, cómo sabía él tanto de los métodos del señor Miral.
La respuesta era el cuaderno rojo, los catorce vídeos y una libreta que llevaba meses escondida en el cajón de las tijeras.
El precio de desenmascarar al predicador era confesar al feligrés.
Requena, que lo observaba desde la barra con esa lectura lenta que tienen los que han visto muchos puertos, le puso el tercer café sin que se lo pidiera y dijo, señalando con la barbilla la pizarra de los fiados: “El domingo hay sitio en la segunda fila. Y la casa fía.” No especificó qué fiaba. No hacía falta.
VI. La ambición que salta sobre sí misma
El aire no siempre lo mete el soberano en la moneda; a veces lo mete uno mismo en la vida, y de eso tratan los dos Ícaros del canon.
El original recibió de su padre unas alas que funcionaban — la ingeniería era buena — y una instrucción de gestión de riesgos en una frase: ni tan bajo que la espuma moje las plumas, ni tan alto que el sol derrita la cera [97] .
Ícaro no cayó por volar: cayó por la embriaguez del ascenso, que es una sustancia que se segrega a cierta altura y nubla el altímetro.
Su gemelo escocés lo confiesa en voz alta la noche del crimen: Macbeth, repasando los motivos para matar al rey, admite que no tiene ninguno — ningún agravio, ningún derecho, nada — salvo la ambición desbocada que salta sobre la silla al montar y cae del otro lado del caballo [98] .
Es la definición exacta del apalancamiento del alma: la apuesta cuyo tamaño ya no guarda relación con el jinete.
Y las tres brujas que se la susurraron merecen su ficha en este capítulo, porque son el departamento de análisis más antiguo del género: no mienten — todo lo que profetizan se cumple, literalmente —; dicen verdades seleccionadas, parciales, sin la letra pequeña, calculadas para que el deseo del cliente complete el resto.
Serás rey , dijeron; no dijeron a qué precio, ni por cuánto tiempo, ni qué quedaría de ti.
Toda burbuja tiene sus brujas: nadie las puede demandar, porque, técnicamente, acertaron.
Los vídeos de Yago Miral, revisados con esta ficha delante, eran un páramo escocés en horario de tarde: verdades seleccionadas, testimonios de los que salieron a tiempo, capturas de la línea verde en sus mejores días — todo rigurosamente cierto, como las brujas —, y el deseo de doña Angustias y los del cuarto completando, gratis, el trabajo caro.
VII. La roca, los lirios y el velo
¿Dónde está, pues, lo sólido, si el producto garantizado garantiza el envase, el empleo es un pavo en octubre y la propia moneda puede venir hinchada de fábrica? La respuesta de la sabiduría antigua tiene tres pisos, y se suben en orden.
El primero es la roca: dos hombres construyeron dos casas, cuenta el Evangelio, y vino la misma tormenta para ambas — el detalle decisivo es ese: la misma ; la lluvia no discrimina —; resistió la fundada en roca, cayó la fundada en arena [99] .
La solidez no es una propiedad de los materiales que se ven (las dos casas podían ser idénticas de tejado para arriba) sino del cimiento que no se ve: en los términos que venimos usando, la estructura — gastar menos de lo que entra, deber menos de lo que se puede, diversificar lo que se guarda, no tener todo el barco en el mismo estrecho —.
Gracián, desde su barroco de imperio en quiebra, lo cifró en oficio: prevenir en la bonanza lo que se agradecerá en la tormenta, no jugar toda la hacienda a un naipe, y tener por sospechosa toda fortuna demasiado sonriente [100] .
El segundo piso son los lirios: ni se afanan ni hilan, y van mejor vestidos que Salomón [101] — la instrucción de no angustiarse por el mañana, que no es un permiso para la imprevisión sino una enmienda a la ansiedad , ese interés compuesto del miedo que cobra todas las noches y no amortiza nada: el afán no añade un codo a la vida, descuenta —.
La neurociencia le da hoy la razón fisiológica: el cerebro es un gestor de incertidumbre que siente como dolor el error de predicción, y por eso la incertidumbre agota [102] — pero la respuesta adulta no es comprarle al miedo productos con nombre de ataúd, sino construirle estructura: el colchón de meses, la deuda corta, el oficio portátil —.
Una buena arquitectura financiera es un ansiolítico estructural: delega en el diseño lo que, sin diseño, gestiona el insomnio.
Y el tercer piso es el velo: cuando Poseidón deshizo a golpes de tridente la balsa del náufrago y el héroe quedó nadando, desnudo, sin nave, sin compañeros y sin nada — el cisne negro completo —, una diosa menor, Ino, le tendió un velo: átalo a tu pecho, nada, y suéltalo al tocar tierra [103] .
Con eso llegó a Feacia: con un velo y con el propio brazo.
La última solidez, cuando todas las demás fallan, no es patrimonial: es la capacidad de rehacerse — el oficio en las manos, la cabeza amueblada, la gente que te quiere, el cuerpo que aguanta —.
Esa cartera no cotiza, no se hincha y no se embarga.
Conviene, eso sí, hacerle aportaciones periódicas.
VIII. Socorro, y los sesenta y cuatro
Los Beatles dejaron las dos caras de este capítulo en dos canciones que se llevan dos años y un abismo.
La primera es un grito con traje de pop alegre: Help!
, de 1965 — Lennon contó después que era literal: el muchacho de Liverpool, sepultado bajo la fama y el dinero, pidiendo auxilio de verdad mientras el mundo coreaba el estribillo creyéndolo un baile [104] —.
La letra, despojada del tempo, dice lo que ningún cliente dice en la oficina de don Braulio: que ya no se siente tan seguro como antes, que ha cambiado de opinión, que ha abierto las puertas.
Es la canción del pavo que sospecha — y es, sostiene este capítulo, el momento más sensato de una vida financiera: el día en que uno admite que su solidez era en parte aire y pide ayuda con todas las letras —.
Reconocer la intemperie es el primer material de la roca.
La segunda es la pregunta más tierna del catálogo: When I’m Sixty-Four , esa estampa de vodevil donde un muchacho pregunta, entre clarinetes, si ella seguirá necesitándolo, si seguirá alimentándolo, cuando él tenga sesenta y cuatro años [105] — la pregunta de todas las pensiones, todos los planes y todos los productos garantizados, formulada por fin con honestidad: porque despojada del clarinete, la pregunta no es financiera —.
Lo que el muchacho quiere saber no es si habrá dinero a los sesenta y cuatro: es si habrá alguien .
Toda la industria de la seguridad vive de confundir adrede las dos preguntas.
Tomás Abril, que firmó finalmente un traspaso del producto Tranquilidad Garantizada Plus a un aburrido fondo diversificado de comisiones bajas (don Braulio encajó la noticia como una pequeña muerte familiar, y la vengó ganándole tres partidas seguidas al dominó del jueves con una agresividad que Requena calificó de “muy sana”), guardó tres meses de gastos en una cuenta que Alma bautizó “el velo de Ino”, se apuntó a un curso de logística aduanera por si las flechas, y una noche, fregando los cacharros, le preguntó a Alma, sin clarinetes, si lo seguiría queriendo a los sesenta y cuatro.
Alma se lo quedó mirando con el estropajo en alto y respondió que dependía de la inflación.
Y Tomás Abril, ciudadano con memoria, aprendiz de hidalgo, contable del pan, se rió como hacía meses que no se reía — porque entendió la respuesta, que era exacta: también el amor hay que protegerlo de la erosión silenciosa; también el cariño pierde poder adquisitivo si nadie le hace aportaciones; también ahí, sobre todo ahí, hay que vigilar a los hinchadores y construir sobre roca —.
Apagaron la luz. Afuera, en alguna parte, un cisne negro ensayaba en silencio su próximo estreno, como siempre, como todos los días desde el principio del mundo.
Dentro, dos personas dormían abrazadas a su velo. Y a seis días del domingo.
Quinta carta de Amadeo
Freiburg im Breisgau, 9 de junio de 1973
Cecilia:
Hoy te escribo con una carta de las de guardar, así que guárdala.