Capítulo 5 — Entre Escila y Caribdis lo sólido y el aire #2
El cisne de Tomás Abril no salió en las noticias.
Un lunes de marzo, el fondo con nombre de perfume que había comprado su empresa convocó a la plantilla a una reunión titulada — los títulos, siempre los títulos — “Alineando el futuro”, donde un joven con jersey de cuello alto explicó, mediante diapositivas con muchas flechas, que la compañía iba a “optimizar sinergias operativas”, expresión que en el idioma de los fondos significa que sobran ochenta personas.
Tomás asistió desde la tercera fila de la nave, de pie, junto a Chano, que tradujo la presentación en tiempo real y en voz baja, como los intérpretes de las cumbres: “Flecha para arriba: ellos. Flecha para abajo: nosotros. Cuando digan ‘poner en valor el talento’, agárrate, que ese es el redoble.” Lo dijeron.
El Sastre añadió que el proceso sería “transparente y acompañado”, y la nave entera, doscientos hombres y mujeres que llevaban décadas cargando camiones de verdad con bultos de verdad, escuchó en silencio cómo les explicaban su futuro con el vocabulario de un balneario.
La lista salió el jueves, en el tablón de siempre, sujeta con las chinchetas de siempre — la modernidad llega hasta donde llega, y a la hora de la verdad vuelve al corcho —.
Ni Tomás ni Chano estaban. Ochenta compañeros sí, y algunos llevaban en la casa más años que el propio tablón.
Tomás no estaba entre las ochenta — esta vez —, pero pasó la peor semana de su vida adulta haciendo una cuenta que nunca había hecho: la de qué pasaría con el cuadro de amortización, con los botones azules y con todo lo demás si la flecha siguiente lo señalaba a él.
Y descubrió, con el vértigo del pavo en noviembre, que el mayor activo de su vida — veintidós años de nómina puntual — era también su mayor riesgo, precisamente porque jamás lo había contado como riesgo: no estaba en ninguna pantalla, no tenía línea verde ni roja, no cotizaba.
El cisne negro de la gente corriente no es Lehman Brothers: es la carta del ERE (expediente de regulación de empleo), la avería del cuerpo, la letra pequeña de la vida.
Contra él no protege ningún producto con nombre de ataúd: protegen el colchón, los meses de gasto ahorrados, la pareja con dos nóminas, el oficio que se puede ejercer en otra parte — la estructura, no el envase.
En El Faro Chico, aquella semana, Requena lo miró servirle el segundo café sin habérselo pedido y diagnosticó, secándose las manos: “A ti te han enseñado la lista y no estabas. Es peor que estar, los primeros días. Luego es mejor.” Requena había estado, en su día, en una lista de un naviero.
Los bares buenos tienen eso: jurisprudencia.
III. Los hinchadores, o el robo más silencioso del mundo
Y ahora, Caribdis con nombre y apellidos.
Hay una manera de robar a un pueblo entero sin entrar en ninguna casa, sin forzar ninguna cerradura y sin que la víctima presente denuncia, porque no sabe que ha sido robada.
Es antigua, es legal cuando la practica quien hace las leyes, y tiene la elegancia suprema de los crímenes perfectos: la víctima guarda el botín del ladrón en su propia cartera, creyendo que es suyo.
Se llama degradar la moneda, y su historia es la sombra de la historia del dinero.
Los emperadores romanos la practicaron con método: el denario de plata fue perdiendo ley — más cobre, menos plata, el mismo cuño — hasta que en la gran crisis del siglo III la moneda “de plata” era una lenteja de bronce con un baño que se iba en el bolsillo [92] .
Los reyes de después refinaron el oficio — Castilla conoció en el siglo XVII oleadas de resellos que multiplicaban el valor facial del mismo cobre cansado [93] —, y la era del papel lo industrializó: donde antes había que fundir metal, ahora bastaba la imprenta, y donde la imprenta, el teclado.
El mecanismo es siempre el mismo: el que emite gasta primero, con el dinero nuevo a precios viejos; cuando el dinero nuevo se difunde y los precios suben, el que cobra salarios y guarda ahorros descubre que sus números siguen intactos — y compran menos —.
Nadie le ha quitado nada de la cartera: le han quitado valor a lo que la cartera contiene.
Keynes lo dejó dicho en una línea: no hay medio más sutil ni más seguro de subvertir una sociedad que corromper su moneda [94] — la clave del negocio es la invisibilidad, y Berlín, en la apertura de este capítulo, ya enseñó a qué temperatura arde —.
La inflación es el único impuesto que no pasa por las Cortes, no figura en la nómina y no envía carta — y recae con saña sobre los que menos tienen, que son los que cobran en moneda, ahorran en moneda y no poseen las cosas (pisos, tierras, acciones, deudas ajenas) que suben con la marea —.
El rico debe y posee: la inflación le encoge las deudas y le infla los activos.
El modesto cobra y guarda: a él le encoge todo. Es una redistribución al revés.
Dante, que organizó el Infierno con criterio de notario florentino, sabía dónde colocar a estos profesionales.
En el penúltimo foso del octavo círculo — más abajo que los ladrones comunes, nótese — gime Maese Adamo, el falsificador que acuñaba florines con tres quilates de morralla: el hombre que hinchaba la moneda.
Y su castigo es la hidropesía: está hinchado — el vientre como un laúd monstruoso —, y padece una sed eterna mientras sueña con los arroyos frescos del Casentino [95] .
El que infló la moneda, inflado para siempre; el que aguó el florín, muerto de sed junto a arroyos imaginarios.
La palabra lo había anunciado: inflación viene de inflare (hinchar) — y Dante, que escuchaba el latín como nadie, condenó al hinchador a su propia etimología —.
En la tertulia de El Faro Chico, donde Tomás probó una tarde a explicar el asunto, la señora Remedios lo tradujo al canon local sin haber leído a Dante ni falta que le hacía: “Eso es el que echa agua al vino, hijo, toda la vida de Dios. Lo que pasa es que ahora el vino es el país.” Requena apuntó la frase con tiza al lado de la pizarra de los fiados, donde estuvo tres semanas, hasta que hizo falta el sitio para apuntar un dominó.
IV. Se busca héroe (razón: ladrón invisible)
¿Y quién derrota a un ladrón así — uno que no tiene cara, no entra por la ventana y trabaja con el boletín oficial a favor?
Los villanos visibles tienen héroes a juego: para el dragón hay caballeros, para el pistolero hay sheriff.
El hinchador silencioso exige otro casting, y el escalafón antiguo, bien repasado, solo ofrece una pareja con el perfil completo: don Quijote y Sancho.
Don Quijote, porque es el especialista mundial en ver gigantes donde todos ven molinos, y aquí ocurre lo contrario de lo que su leyenda promete: hay un gigante — enorme, dañino, royendo las carteras del vecindario — y todo el mundo ve molinos: “es el mercado”, “son las cadenas de suministro”, aspas y más aspas girando inocentemente.
Contra un gigante disfrazado de molino, el único vidente es el que está dispuesto a hacer el ridículo señalándolo.
Y Sancho aporta la otra mitad, sin la cual el hidalgo es solo un accidente ecuestre: el realismo del que cobra en moneda — el que nota el pan, el que recuerda lo que costaba la fanega, el contable de lo concreto — y, no se olvide, el gobernante sorprendentemente justo de la ínsula Barataria [96] .
La pareja completa — el que ve el gigante y el que lleva las cuentas del pan — es el único héroe a la altura del hinchador: se llama, cuando funciona, ciudadanía con memoria. Ver el gigante, contar el pan.
V. La lista de la parroquia
Fue la señora Remedios quien trajo la noticia a El Faro Chico, un jueves de dominó, con la naturalidad devastadora de los servicios de inteligencia de barrio: que el chico aquel tan apañado de los vídeos volvía a dar charlas, que la de la semana que viene era en el salón parroquial — “de finanzas para mayores, hijo, con merienda” —, y que doña Angustias, la de la mercería, ya había apuntado a su marido, a su cuñada y a los del cuarto, “porque dice que esta vez es una oportunidad que no va a repetirse”.
Tomás sintió el vaso frío en la mano antes de darse cuenta de que lo había apretado.