Todo lo que debes Capítulo 5 — Entre Escila y Caribdis lo sólido y el aire
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Capítulo 5 — Entre Escila y Caribdis lo sólido y el aire

Guarde el lector la carretilla junto a la tablilla de Uruk y el pavo Bertrand, porque los tres objetos triangulan el territorio de este capítulo: la promesa (que funda el dinero), la confianza en que mañana será como ayer (que lo sostiene y que un día falla), y el fuego (adonde va lo sólido cuando resulta que era aire).

Este capítulo va de navegar entre dos monstruos: el que se come a los que creyeron que nada cambia, y el que se traga a los que creyeron que todo sube.

Los griegos les pusieron nombre hace tres mil años, y los folletos de los bancos llevan tres mil años sin nombrarlos.

I. Tranquilidad Garantizada Plus

A don Braulio Encinas le llegó de la central, con la primavera, el producto estrella de la campaña: se llamaba Tranquilidad Garantizada Plus, rentaba un dos coma uno por ciento y venía con un folleto donde una pareja de jubilados rubios paseaba por una playa báltica riéndose de algo que no se especificaba — presumiblemente del dos coma uno —.

Don Braulio debía colocar cuarenta antes de junio, y por eso llamó a Tomás “para un café informal”, expresión que en el dialecto bancario significa que el café lo pone el banco y la formalidad la pones tú.

—Garantizado, Tomás. Ga-ran-ti-za-do. Duermes tranquilo.

La palabra hizo su efecto de siempre, porque garantizado es a los ahorradores lo que “todo el mundo está entrando” a los especuladores: la llave que abre sin llamar.

Pero Tomás llevaba ya volumen y medio de cuaderno rojo, y preguntó — con una tranquilidad, esta sí, no garantizada sino ganada — qué garantizaba exactamente el garantizado.

Y don Braulio, que era mejor persona que su argumentario, se lo dijo: el capital nominal.

Los mismos euros al final que al principio.

“¿Y lo que esos euros compren al final?”, preguntó Tomás.

Hubo una pausa pequeña, del tamaño de una nota a pie de folleto.

“Eso”, concedió don Braulio, “depende de la vida.” Y ahí estaba, servida con el segundo café: la distinción que la señora Hoffmann de Fráncfort habría explicado con una estufa.

El producto garantizaba los números , no lo que los números pueden : con inflación al tres, el dos coma uno garantizado era una pérdida garantizada — pequeña, educada, anual: el ladrón más silencioso del mundo, que no fuerza cerraduras porque vive dentro —.

Alma, aquella noche, lo tasó con bolígrafo rojo en el margen del folleto, junto a la pareja báltica: “Garantizado que te ríes menos que estos dos.” Y debajo, porque la profesora nunca descansa: “Pregunta para el señor del banco: ¿tranquilidad de qué monstruo?”

La pregunta de Alma merecía un mapa. Porque monstruos hay dos, y están uno enfrente del otro, como en el estrecho que el navegante de Ítaca tuvo que cruzar sabiendo que esquivar del todo a uno era caer en las fauces del otro [89] : de un lado Escila, la de las seis cabezas, que se cobra siempre su peaje en tripulantes — llamémosla por su nombre moderno: la inflación, el monstruo de los prudentes, que devora poco a poco a los que se quedan quietos en lo “seguro” —; del otro Caribdis, el remolino que se traga los barcos enteros tres veces al día — el mercado en sus malos días, el monstruo de los audaces, que no mordisquea: engulle —.

Toda decisión de ahorro es una singladura entre ambos, y el primer timo del mundo financiero — el primero: antes que las criptomonedas de Felipe y que los vídeos de Yago — es el folleto que promete el estrecho sin monstruos.

No existe. Existe elegir a cuál se le paga peaje, cuánto y con qué parte de la carga; y existe, sobre todo, saber que el que no elige también ha elegido: Escila cobra en silencio a los no presentados.

Intermedio — El dominó de los jueves

Para calibrar bien lo que el producto garantizado garantizaba, convenía ver a don Braulio Encinas los jueves a las siete, porque los jueves a las siete don Braulio dejaba de ser el banco.

Llegaba a El Faro Chico ya sin corbata — se la quitaba en el coche, se sabía, con la solemnidad inversa de un torero desvistiéndose —, pedía “lo de siempre en vaso corto”, y se sentaba a la mesa del fondo con Requena, el practicante jubilado y el que hiciera cuarto, a jugar un dominó de una seriedad casi diplomática.

Y allí ocurría la transfiguración que media isla conocía y nadie comentaba: el hombre que por las mañanas decía “producto estructurado con horizonte conservador” decía por las tardes “esa blanca la llevas atragantada desde la segunda mano, Requena, no me insultes”, y acertaba.

Jugaba, contaban los entendidos, justo al revés de como vendía: sin garantías, de memoria, contando las fichas de los otros, asumiendo riesgos calculados con una frialdad de tahúr de casino fluvial — “es que aquí”, explicó una vez, señalando la mesa con el vaso corto, “aquí pierdo mi dinero; en la oficina administro el de ustedes: son deportes distintos” —.

La señora Remedios, que supervisaba las partidas desde su mesa como un organismo regulador con rebeca, sostenía que a don Braulio se le conocía el estado del banco en el dominó: “Cuando la central le aprieta, dobla a seises. No falla.” Aquel jueves, Tomás, que empezaba a frecuentar el bar con la asiduidad de los que han descubierto una biblioteca, lo vio perder una partida cerrada por dos puntos, encajar la derrota con un “bien jugado, coño” de una deportividad que sus clientes de la mañana no habrían reconocido, y pagar la ronda entera sin mirar el tique.

Y pensó, camino de casa, que llevaba años tratando con el don Braulio equivocado: que al de la corbata le preguntaba por productos, cuando todas las respuestas que importaban las tenía el del vaso corto — el que sabía perder, contar las fichas ajenas y pagar rondas —, y que quizá toda la educación financiera del mundo consistía en conseguir que esos dos señores, el de la mañana y el del jueves, se conocieran de una vez.

Intermedio — La semana de la abuela

En mitad de todo aquello vino la abuela a pasar su semana de mayo, que era una institución con equipaje: llegó con la maleta dura, dos barras de pan “por si aquí no había” — llevaba cuarenta años llegando a casas con pan — y su neceser de costura, y en cuarenta y ocho horas la casa entera estaba reorganizada según los principios de una economía que ya no existía.

Las bolsas de plástico, lavadas y tendidas como banderas de una república austera.

El pan duro, custodiado para un futuro de sopas hipotéticas.

Las gomas de los espárragos, incorporadas a un archivo de gomas cuya finalidad no se discutía.

Leo la seguía por la cocina como quien visita un museo vivo: “Abuela, ¿y esto para qué lo guardas?” — “Para cuando haga falta.” — “¿Y cuándo hace falta?” — “Nunca, si lo guardas. Esa es la gracia.”

Alma pasó los primeros días en un estado de exasperación filial clásica — encontró azúcar en el armario de las toallas, “porque el azúcar donde todos saben que está, vuela” — y el quinto día, viendo a su madre repasar el dobladillo de un mantel que no lo necesitaba, entendió de golpe lo que llevaba media vida sin querer mirar: que aquella mujer no guardaba cosas — guardaba una guerra —; que su cartera era su biografía, como todas; y que la niña que había pasado hambre en una posguerra seguía haciendo la compra dentro de la señora que ahora custodiaba pan en Lanzarote.

Se lo dijo a Tomás esa noche, en voz baja, con la lucidez que solo dan los manteles ajenos: “Mi madre no es tacaña. Es una superviviente en tiempo de paz. Y yo llevo toda la vida corrigiéndole el examen sin leerle el enunciado.” Y luego, más bajo todavía, la parte que no era de su madre: “En mi casa del dinero no se hablaba, Tomás. Se sufría en voz baja, que parecía más fino. Yo juré que en la mía se hablaría de todo. — Se quedó un momento con el ceño de las cuentas que no cuadran. — Lo juré callándomelo, ahora que lo pienso. Ya empezamos mal.” El domingo la abuela se fue como había venido, con la maleta dura y una barra de pan de vuelta “por si en el aeropuerto no había”, dejando la casa sutilmente mejorada y un archivo de gomas que nadie se atrevió a tocar en años.

Las herencias, ya lo dijo el capítulo tercero, no esperan a las notarías.

II. El pavo y el cisne

Antes, el pájaro doble — y el lector de esta casa ya conoce a la mitad de la pareja, porque cenó con nosotros en Navidad —.

El pensador Nassim Taleb, que ha hecho de la incertidumbre una obra completa, popularizó la fábula que Alma había servido con guarnición: un pavo es alimentado por el granjero todos los días; cada mañana confirma su teoría de que el granjero lo ama; mil días de datos la respaldan con una solidez estadística creciente — y la confianza del pavo alcanza su máximo histórico, exactamente, la víspera del hacha [90] —.

La moraleja no es que Bertrand fuera tonto: es que era un excelente estadístico con una base de datos fatal.

Todo lo importante de su vida estaba en el día que no figuraba en la serie.

A los sucesos así — improbables según todo lo visto, devastadores cuando llegan, y explicadísimos después por los mismos expertos que no los vieron venir — Taleb los llamó cisnes negros, porque Europa entera tuvo por imposible un cisne de ese color hasta que un barco llegó a Australia y encontró lagos llenos.

El mundo financiero es un criadero: 1929, que convirtió la prosperidad eterna en cola del pan; 2008, cuando resultó que las hipotecas empaquetadas con triple A contenían aire empaquetado con triple A.

Cada generación jura que la suya no tiene cisne, y la frase exacta con que lo jura — esta vez es diferente — es, según los historiadores de las crisis, el indicador más fiable de que el cisne está en la rampa [91] .