Todo lo que debes Capítulo 4 — Hijo de Poros y Penía el precio del deseo #4
44%

Capítulo 4 — Hijo de Poros y Penía el precio del deseo #4

No compró. En su lugar hizo una cosa que no supo explicarse y que le llevó tres tardes: rescató del trastero un walkman amarillo de su padre — un aparato del pleistoceno que Tomás guardaba “por si acaso”, ese por-si-acaso de los cajones que es la fe de los objetos —, lo abrió con los tutoriales, le cambió la correa por una de las gomas de la caja de botones (azul, pidió permiso), y le grabó una cinta.

Una cinta de verdad, de casete comprado en el chino, con las canciones pasadas una a una en tiempo real, que es la única manera de grabar una cinta: escuchándola entera mientras se hace, como se hacen las cartas.

En la cara A puso lo que sabía que a ella le gustaba.

En la cara B puso lo que quería que a ella le gustara, que es la declaración más antigua del mundo.

Y en la pegatina escribió, con su letra de examen: “No se puede adelantar. Es la gracia.”

Alba abrió el paquete delante de todos esperando auriculares, y se quedó mirando aquel artefacto amarillo con la perplejidad arqueológica de su generación, y Leo vivió tres segundos de pánico mimético puro — todo el mundo regala auriculares por algo, pensó; la serie existe por algo; fuera de la serie hace frío —.

Y entonces Alba entendió lo que tenía en las manos — no el aparato: el asunto —, y se puso un casco, y le dio al play, y lo que le cambió la cara no fue la primera canción sino el descubrimiento de que aquello no se podía adelantar, ni mezclar, ni saltar: que alguien había decidido un orden para ella y había gastado tres tardes de su vida en no poder corregirlo.

“Es lo más raro que me han regalado nunca”, dictaminó por fin, que en el idioma de los dieciséis años — Leo lo tradujo correctamente, porque el temblor se hereda pero el diccionario también — era la nota más alta de la escala.

De la carta undécima

…y me preguntas qué recuerdo, con tanta mina y tanto barracón por medio, y te lo digo aunque te rías: el agua dulce.

Aquella tarde de la cala, cuando saliste del mar con el salitre trenzado en el pelo, y yo calenté agua en la lata grande de las conservas, sobre las piedras del fuego, y te la fui echando a cucharones, despacio, con la radio de pilas sonando bajito lo que quisiera sonar.

Tú de rodillas en la arena, con los ojos cerrados y las manos en las rodillas, y yo desenredándote el pelo con los dedos como quien deshace un nudo que no tiene prisa.

No hablamos. No hacía falta: el agua iba diciendo lo suyo.

Yo no sé rezar, Cecilia, nunca supe; pero aquello fue lo más parecido que he hecho en mi vida, y lo hice con una lata de conservas.

Tú dices que te miro las manos. Es verdad.

Pero fue aquella tarde cuando entendí para qué son las manos, y desde entonces no he vuelto a usarlas del todo bien: las mías mejor empleadas quedaron allí, escurriendo agua dulce sobre tu pelo, con música de pilas y sal en la orilla.

Cuarta carta de Amadeo

Freiburg im Breisgau, 17 de febrero de 1973

Cecilia, mía — que ya sé que no se dice, que una persona no es de nadie, me lo escribiste tú muy puesta en razón, pero es que resulta que yo tampoco soy mío desde la barca, así que estamos en paz y la gramática que se aguante:

Ya estoy en Friburgo. Esto es el sur y se nota hasta en los tejados.

La ciudad tiene una catedral con una sola torre, como un candelabro al que le falta el hermano, y por las calles corren unas acequias pequeñas, canalillos les llaman aquí, y dice la gente que el que mete el pie sin querer se casa con una de Friburgo.

Yo voy por el centro pisando como en los desfiles, no te creas que no, que una cosa es el destino y otra darle facilidades.

El taller es cosa hecha. El maestro Brenner pone la nave y las máquinas y yo pongo lo mío — lo del sobre, Cecilia: entero —.

Me ha temblado el pulso al firmar, no te digo que no, que era el pulso de seis años de madrugones, pero el Rubio, que vino a la firma de testigo con su corbata de los entierros, me dijo una cosa que te la traslado porque es de las suyas: “El dinero guardado es una canción que no tocas, Amadeo. Y las canciones que no se tocan se desafinan solas.” Así que ya está tocando.

La sociedad se llama Brenner y Marín, con mi apellido detrás pero en la puerta, que para un hijo de la mina ver su apellido en una puerta que no es la de la mina, tú me entiendes.

Y ahora lo otro, que llevo tres párrafos dándole vueltas al tintero.

Anoche soñé contigo de una manera que no es de contar por carta, y te lo voy a contar.

Estábamos en el cuarto de la pensión de Fráncfort, adonde tú no has venido nunca, pero los sueños hacen las maletas de cualquier manera, y hacía calor de agosto en febrero, y tú llevabas el pelo recogido con el lápiz de la pescadería, y te lo quité.

Solo eso te cuento: que te lo quité, y lo que el pelo hizo al caer, y lo que tardamos en volver a acordarnos de que existía el mundo, que fue — calculo — lo que tarda en enfriarse un café entero, porque el café estaba ahí al despertarme, frío de verdad, y yo me quedé mirándolo con un respeto enorme, como se mira a un testigo.

Tengo veintiocho años, Cecilia, un taller con mi apellido en la puerta y un café frío que sabe más de nosotros que tu hermana y la mía juntas.

Ven. O espera. No: ven. Ya encontraré la manera de que sea posible, que para eso soy hijo de Poros por parte de padre, aunque el nombre no lo sepa hasta que tú me lo enseñes, que tú sabes de estas cosas de los griegos por las novelas de la biblioteca.

Dile al mar que ya falta menos. Y esta vez es verdad contable.

Tuyo con apellido en puerta,

Amadeo

P. D. — El Rubio pregunta si en tu pueblo hace falta un electricista que toque la guitarra. Le he dicho que en todos los pueblos hace falta eso. Se ha quedado pensando. Yo también.

X. Lo que Tomás no compró

Tomás Abril estuvo nueve días — los mismos que la flota con el saco a bordo — consultando la línea verde a escondidas, en el baño, con la puerta cerrada, como se consultan las cosas que ya nos tienen.

El décimo día, la moneda de Felipe subió un cuarenta por ciento en una sola tarde y Tomás tuvo el dedo sobre el botón de “comprar” — la cantidad ya tecleada: doce mil euros, los mismos del préstamo del primer capítulo, que llevaban un volumen entero esperando destino en la cuenta como un actor secundario al que por fin llaman a escena —.

Y no compró. No fue la prudencia, le explicaría años después a quien quisiera oírlo, ni la sensatez, ni siquiera Alma: fue una pregunta que se le presentó sin avisar, con la voz de nadie, mientras miraba el botón: ¿de quién es este deseo?

Lo rastreó como quien tira de un hilo — el capítulo dos le había enseñado el oficio — y encontró el triángulo entero: el vértice era Felipe, y detrás de Felipe el chico del coche alquilado, y detrás una multitud fundida y danzante, y en ninguna parte de aquella genealogía aparecía nadie que se llamara Tomás Abril.

Aquel deseo estaba en él, pero no era suyo: era un inquilino, como la deuda del cajón — solo que la deuda al menos había firmado —.

Cerró la aplicación. La moneda, por cierto, siguió subiendo tres meses más, lo que le costó varios domingos de powerpoint triunfal de Felipe, y luego pasó lo que pasa siempre, que no hace falta contarlo.

Pero el final del capítulo no es ese, demasiado fácil.

El final es la noche del décimo día, cuando Tomás, con la aplicación ya cerrada, se quedó un rato a oscuras en el salón sintiendo el frío raro — unheimlich, aunque él seguía sin saber la palabra y esta vez no fue a por la rebeca — de no saber qué deseaba, ahora que había devuelto el deseo de otro; y oyó a Alma canturrear en la cocina, mal, bajito, algo de los Beatles mientras colocaba el frasco de botones azules un centímetro más a la izquierda; y notó que la quería con una precisión que no se parecía a nada de lo que subía y bajaba en las pantallas — la quería a ella, exactamente a ella, fuera de toda serie —; y entendió, sin palabras todavía (las palabras son este libro), que acababa de cruzar la frontera de los dos reinos: del que se compra al que se atreve.

En el primero había estado a punto de invertir doce mil euros.

En el segundo acababa de invertir, sin botón y sin recibo, todo lo que tenía.

EL CUADERNO ROJO (iv)

Asientos del capítulo cuarto — letra de Tomás Abril · cuaderno rojo

Que el deseo es hijo de la Pobreza y del Recurso, y salió a los dos: siempre le falta, siempre se las apaña. No matarlo — no se puede —; educarlo: preguntarle qué quiere de verdad cuando quiere esto.

Que el querer y el disfrutar van por circuitos distintos, y el primero no se cansa nunca. Cuando algo prometa más persecución que captura, mirar quién cobra la persecución.

Que no deseo las cosas: deseo según otros. Cuando alguien me diga “todo el mundo está entrando”, traducir: “el argumento se ha terminado”.

Que el becerro se funde con el oro de todos y luego se adora como si viniera de fuera. No bailar alrededor de nada que hayamos fabricado nosotros esa misma tarde.

Que la envidia no cobra en lo que falta: cobra en lo que se tiene, devaluándolo. Vigilar el ojo. El malo es siempre el propio.

Que un euro es igual a otro euro y una persona no es igual a nada. Que soy fuera de serie, y que eso da frío antes de dar libertad. Atravesar el frío. Rebeca opcional.

Que amar es el único órgano que percibe lo insustituible. Invertir ahí el principal.

Que no compré. Y que la noche que no compré fue la más rentable de mi vida.