Capítulo 4 — Hijo de Poros y Penía el precio del deseo #3
Queda una forma del deseo mimético tan venenosa que merece parábola propia, y la tiene [84] .
Un propietario contrata jornaleros al alba por un denario — el jornal justo —; vuelve a la plaza a media mañana, al mediodía, a media tarde, y contrata más; y a la hora undécima, casi de noche, contrata a los últimos, los que nadie quiso en todo el día.
Al pagar, empieza por los últimos: un denario.
Los de la primera hora, viendo aquello, hacen sus cuentas miméticas y esperan más; reciben su denario — lo pactado, lo justo — y estalla la protesta.
La respuesta del dueño es uno de los bisturíes morales más finos jamás escritos: amigo, no te hago injusticia; ¿no acordamos un denario?
; toma lo tuyo y vete — ¿o va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?
El ojo malo: la envidia, que en media humanidad se conjura todavía con amuletos.
A los jornaleros del alba no les han quitado nada — tienen lo que era justo y lo que era suyo —; lo que les arde no es la carencia sino la comparación : el denario del otro envenena el propio.
La envidia es el deseo en su forma terminal — ya no quiere el objeto: quiere que el otro no lo tenga —, y es el más caro de los sentimientos: no cobra en lo que falta, cobra en lo que se tiene, devaluándolo.
La mitad de la infelicidad financiera del mundo es gente con denario mirando el denario de al lado.
La otra mitad, apuntó Alma cuando Tomás le leyó la parábola en voz alta, es gente pagando a plazos el amuleto contra el ojo malo.
Hay un mercado para todo, incluida la protección contra el mercado.
VIII. La cena de las dos familias (scherzo)
La cena de Navidad se celebró aquel año en casa de los Abril, con las dos familias completas y un pavo cuya biografía merece contarse, porque aquel pavo llegó a la mesa cargado de más filosofía de la que ningún ave ha soportado desde el búho de Minerva.
Alma lo había comprado grande, contra el criterio de todos, con el argumento irrebatible de que “sobrar es la manera que tiene la comida de decir os quiero”.
Leo lo bautizó Bertrand a las cinco de la tarde, cuando su madre, embridándolo, le contó lo del pavo del filósofo — aquel pavo inglés al que daban de comer todas las mañanas a las nueve, y que concluyó, con rigor científico impecable, que todas las mañanas a las nueve le darían de comer, hasta la mañana de Nochebuena, en que en lugar del desayuno llegó el hacha [85] —.
“O sea, que el pavo murió de estadística”, resumió Leo.
“Murió de confiar en que mañana es como ayer”, dijo Alma, metiendo a Bertrand en el horno a 180 grados, “que es de lo que muere casi todo el mundo, pero al pavo al menos le pusieron nombre.”
Felipe llegó con turrón del caro y la línea verde en modo festivo — la moneda llevaba tres meses subiendo y él tres meses de powerpoint triunfal, con esa magnanimidad insoportable de los profetas en racha: “yo no digo nada”, decía, diciéndolo todo —.
La velada navegó razonablemente hasta los postres, que es cuando las familias españolas sacan la artillería, y entonces ocurrieron, con dos minutos de diferencia, dos escenas que nadie había ensayado.
La primera: la abuela, desde su extremo de la mesa y su audífono en modo aleatorio, preguntó a Felipe con toda inocencia “¿y ya habéis recuperado lo del verano?”, frase que abrió en el aire un silencio con forma de extracto bancario — porque nadie sabía de qué verano hablaba la abuela, salvo, por lo visto, Marisa, que se levantó a por el aguinaldo de los niños con una prisa que era la respuesta —.
La segunda: en la cocina, adonde Tomás había ido a rescatar a Bertrand, se encontró a Marisa de espaldas, quieta frente al horno encendido, mirando el pavo dorarse como se mira una chimenea, y ella, sin volverse, con la copa en la mano y la voz más serena del mundo, dijo: “Tu cuñado cree que yo no sé sumar. Yo era la primera de mi clase en sumar, Tomás.” Y volvió al comedor con la bandeja de mantecados y la sonrisa puesta, dejando a Tomás a solas con un pavo llamado Bertrand y la certeza de que en aquella familia había, como mínimo, dos contabilidades paralelas más que cubiertos.
Bertrand, por lo demás, quedó jugoso. Sobró la mitad, como Alma había planeado, y las dos familias se repartieron los táperes en el recibidor con esa liturgia del táper que es la forma española del jubileo: nadie se va de una casa buena sin deuda comestible para el día siguiente.
Felipe se llevó tres. El lector querrá recordarlo cuando llegue el capítulo del telefonillo.
IX. Fuera de serie: lo que no tiene equivalente
Y aquí el capítulo da su giro, porque todo lo anterior dibuja por contraste aquello de lo que el deseo nos aparta.
Si se mira bien, el genio del régimen del dinero es la equivalencia .
Un billete vale exactamente lo que otro billete; un euro es perfectamente sustituible por cualquier euro; el oro de Timón iguala todo lo que toca.
El dinero es el reino de la serie — y el deseo mimético es su súbdito perfecto, porque desear lo que todos desean es desear en serie, ser deseante de serie, copia de las copias —.
Pues bien: la tesis hacia la que asciende todo lo anterior, enunciada de una vez con todas sus palabras, es que no hay en el universo conocido nada más maravilloso, más único, más singular, más intransferible y más insustituible que una existencia humana concreta — esta, la de cada cual — descubriendo su ser en su propio acontecer.
No en una esencia recibida, no en un modelo imitado, no en la serie: en el acontecer — eso que va ocurriendo cuando vivimos y que no estaba escrito en ninguna parte, la vida de Cecilia que no cabía en su inventario, lo que Cordelia no podía subir hasta la boca —.
Cada ser humano es, en el sentido más riguroso del término, fuera de serie: sin equivalente, sin recambio, sin segunda unidad.
Y nótese la ironía de la lengua, que siempre llega antes: monstruo viene del latín monstrum , de monere (advertir), primo de monstrare (mostrar) — el monstruo es, originalmente, un prodigio que advierte, lo que se sale de la serie y por eso señala —.
Lo maravilloso y lo monstruoso comparten certificado de nacimiento: ambos son lo fuera de serie.
La serie tranquiliza; lo singular sobrecoge.
Porque hay un precio, y aquí no se engaña con los precios.
Descubrir la propia singularidad no es el momento de espuma que venden los anuncios de colonias.
Freud le encontró el nombre exacto en un ensayo de 1919: unheimlich (lo siniestro, lo inhóspito: literalmente, lo des-hogareño) — esa inquietud especialísima que no produce lo extraño sin más, sino lo familiar vuelto extraño, la propia casa con un desconocido dentro que resulta llevar nuestra cara [86] —.
Encontrarse de verdad con uno mismo es unheimlich por definición: el que descubro que soy no coincide con el que venía creyendo ser — aquel estaba hecho, en gran parte, de deseos prestados, de modelos imitados, de serie —, y el desconocido que me mira desde el propio acontecer trae una pregunta monstruosa en el sentido exacto: se muestra, y al mostrarse exige.
La versión doméstica nos espera a todos: el día en que uno sospecha que su carrera, su cartera o su línea verde eran el deseo de otro, hace frío.
(Tomás, que llegó a esta página del cuaderno un martes por la noche, la ilustró con el rigor de los conversos: sintió el escalofrío metafísico de lo unheimlich, lo reconoció, lo anotó — y fue a ponerse la rebeca, porque una cosa es el abismo del yo y otra coger frío, y su madre le había enseñado a distinguirlos.)
Y sin embargo — aquí está la apuesta, y va en serio — ese frío se atraviesa, y solo hay un equipamiento que haya demostrado funcionar: la aceptación (esto soy, esto está aconteciendo, no lo cambio por el modelo de nadie), la valentía (sostener la mirada del desconocido familiar sin salir corriendo hacia la serie, donde se está calentito) y la serenidad (la del navegante atado al mástil, la de los lirios del campo: el temple que no niega la tormenta sino que la cabalga).
Y las tres, miradas de cerca, son la misma cosa con tres nombres, y esa cosa tiene un solo proveedor: el atrevimiento a amar.
Porque amar — se habrá notado ya — es la única actividad humana estructuralmente incompatible con la serie: nadie ama “una mujer” o “un hijo” en general, como quien acepta un billete por otro; se ama a esta , a este , con nombre, con lunar, con manera de remover el café — se ama lo insustituible, y amándolo se aprende, de rebote, la propia insustituibilidad, porque ser amado es ser tratado, quizá por primera vez, como lo que no tiene recambio —.
El amor es el órgano de percepción de lo singular.
Por eso el deseo mimético no ama: colecciona equivalencias.
Y por eso el dinero, que todo lo puede en el reino de la serie, se queda en la puerta del otro reino haciendo eses, como un repartidor con un paquete sin dirección: en el país de lo insustituible no hay nada que entregar a cambio, porque allí nada se cambia.
Intermedio — El regalo
La teoría de lo fuera de serie tuvo su examen práctico aquel mes en el cuarto de Leo, con motivo del cumpleaños de Alba, y el examen estuvo a punto de suspenderse por consenso.
Leo había hecho la investigación de mercado reglamentaria — es decir, había preguntado en el grupo — y el veredicto era unánime: auriculares.
Todo el mundo regalaba auriculares. Había incluso un modelo concreto, el que llevaba media clase, y Leo tenía el dinero justo de la reventa de los cascos prácticamente nuevos, y el dedo sobre el botón de comprar, y una incomodidad sin nombre que le rondaba el estómago desde hacía dos días y que su padre, de haberla conocido, habría reconocido con un escalofrío de familia: era el tirón, pero al revés.