Capítulo 4 — Hijo de Poros y Penía el precio del deseo #2
El mito griego guardó el retrato del deseo sin educar en un castigo.
Tántalo, condenado en el Hades, está sumergido hasta la barbilla en un lago: cuando inclina la cabeza para beber, el agua se retira; sobre su frente cuelgan peras, granadas, higos: cuando alza la mano, el viento aparta las ramas [77] .
Lo refinado del suplicio es que no le falta nada — todo está ahí, a un palmo — y precisamente por eso le falta todo: el retirarse es la estructura misma de su mundo.
Los neurocientíficos contemporáneos, que han llegado al lago con instrumental, confirman el diseño: el circuito del querer (la dopamina de la anticipación, la que dispara la línea verde y los escaparates) es distinto del circuito del disfrutar , y el primero es incansable mientras el segundo se sacia enseguida [78] .
Estamos cableados para que la persecución prometa más de lo que la captura entrega; conseguido el objeto, la maquinaria del querer ya está apuntando al siguiente.
A esto el dinero le añade su genialidad específica, que Simmel describió con precisión de relojero: como el dinero no es ningún bien concreto sino la posibilidad de todos, desearlo es desear la potencia pura — todas las puertas abiertas, ninguna cruzada —, y por eso es el objeto perfecto para un deseo que, en el fondo, tiene miedo de elegir.
El que desea dinero a secas desea seguir deseando.
Tántalo, al menos, sabía qué quería: agua.
IV. El triángulo: deseamos lo que otros desean
Pero falta la pregunta decisiva, la que el tirón del estómago de Tomás exige: ¿por qué esa moneda, ese piso, ese reloj, ese fondo — por qué esto y no aquello?
La respuesta del pensador René Girard es la más incómoda de las ciencias humanas, porque desmonta la fantasía que más queremos: la de la espontaneidad de nuestros deseos [79] .
No deseamos las cosas directamente, sostiene Girard: deseamos según otro.
El deseo es un triángulo — yo, el objeto y, en el vértice que nadie confiesa, el modelo: ese otro cuyo deseo imito —.
El niño no quiere el juguete: quiere el juguete que su hermano acaba de tocar (cualquier padre ha presenciado el experimento).
El adulto no quiere la casa: quiere la casa del barrio donde quieren vivir los que él quiere ser.
Y el inversor — aquí la teoría se vuelve fosforescente — no quiere el activo: quiere el activo que todos quieren, porque todos lo quieren.
Todo el mundo está entrando : la frase de Felipe no era información financiera; era el triángulo entero en cuatro palabras — el deseo de los otros ofrecido como argumento, que es exactamente lo que es una burbuja: deseo mimético cotizando en tiempo real, cada compra encendiendo el deseo del siguiente comprador, el precio subiendo no a pesar de no haber razones sino en lugar de ellas —.
Keynes lo había intuido con su célebre concurso de belleza (en bolsa no se trata de elegir el activo mejor, sino el que los demás elegirán) [80] ; Girard puso debajo la antropología: imitamos deseos como respiramos, y el dinero es el objeto mimético perfecto porque su valor es , literalmente, el deseo de los demás hecho cifra.
El cine lo filmó una vez con exactitud de notario: en Barry Lyndon , de Kubrick, un irlandés sin nada asciende media Europa deseando exactamente lo que ve desear a otros, mientras un narrador sereno le lleva la cuenta; la película entera es un cuadro de amortización con pelucas.
El Éxodo lo contó con un becerro [81] . Moisés tarda en bajar del monte, el pueblo se impacienta — el sentido siempre tarda, el ídolo siempre está en stock —, y Aarón funde los pendientes de todos en un becerro de oro ante el que el pueblo danza.
El detalle teológico-financiero es exquisito: el ídolo está hecho del oro de todos , fundido — es, materialmente, el deseo colectivo refundido en objeto, y luego adorado como si fuera un dios venido de fuera —.
No otra cosa es una burbuja: el deseo de todos, fundido y cotizando, adorado por los mismos que lo fabricaron.
Y la sentencia evangélica que ya conocemos — no se puede servir a Dios y a Mammón — gana aquí su matiz exacto: no dice no tener dinero; dice no servirlo , no arrodillarse ante el becerro que nosotros mismos fundimos.
La idolatría es deseo mimético consagrado.
V. El nombre del predicador
El nombre lo soltó Felipe en la segunda sobremesa del evangelio, con la reverencia con que se citan las fuentes sagradas: “Mi asesor, Yago Miral — buscadlo, buscadlo, el chico se explica que da gusto —.” Tomás lo buscó aquella misma noche, por higiene familiar, y al tercer vídeo se le heló el café: conocía aquella sonrisa calibrada, aquel micrófono de diadema, aquella manera de decir comunidad como quien pasa el cepillo.
Era el chico de las charlas de la parroquia.
El de la tercera foto. El del vídeo donde, en la segunda fila, escuchaba con la cabeza ladeada una mujer con rebeca buena que llevaba meses muerta y una palabra a lápiz en una libreta.
Las dos investigaciones de su vida — el evangelio de Felipe y el enigma de Cecilia — acababan de resultar tener el mismo predicador, y Tomás sintió el vértigo particular de los mapas cuando dos caminos que uno creía de comarcas distintas se cruzan en el mismo kilómetro.
Se vio catorce vídeos seguidos con la mezcla exacta de superioridad y fascinación con que se mira un accidente por el retrovisor, tomando notas en el cuaderno rojo como quien levanta acta — y descubriendo, con incomodidad, que a la altura del séptimo vídeo el tirón del estómago había vuelto: la liturgia funcionaba incluso sabiendo que era liturgia; los becerros no exigen fe, solo audiencia —.
El corpus completo daba para una tesis: los vídeos abrían todos igual, con Yago sentado en coches — siempre buenos, casi nunca el mismo, con la tapicería impecable de lo alquilado por horas — y una pregunta retórica (“¿Sigues cambiando tu tiempo por dinero?”), y cerraban todos igual, con un enlace “a la comunidad” y un contador de plazas que siempre estaba a punto de agotarse y nunca se agotaba: la hora undécima como modelo de suscripción.
Había prometido lo mismo, comprobó Tomás fecha a fecha, con tres monedas distintas; dos de las tres ya no existían.
La de Felipe era la tercera. Aquella noche, por primera vez desde el funeral, Tomás no durmió por un motivo nuevo: ya no era la culpa.
Era la caza. El deseo había encontrado, por fin, un objeto a su altura — y la línea que separa al investigador del converso es más fina de lo que ambos creen: los dos se ven catorce vídeos seguidos; solo cambia lo que apuntan.
VI. La cena que no llega
Buñuel filmó el deseo con una crueldad tan elegante que sigue sin ser superada.
En El discreto encanto de la burguesía , seis personajes impecables intentan, durante toda la película, sentarse a cenar — y la cena no se celebra jamás: se equivocan de día, el dueño del restaurante ha muerto y está de cuerpo presente junto a las mesas, llegan los militares, irrumpe la policía, o descubren de pronto que el comedor es un escenario y el público los abuchea [82] —.
Setenta veces postergado, el banquete se revela como lo que era: la zanahoria estructural de una clase entera, que camina y camina (la imagen recurrente del filme: los seis andando por una carretera que no va a ninguna parte) hacia una satisfacción cuya función es no llegar.
Woody Allen, más tierno, le puso a lo mismo remate de chiste en Annie Hall : el hombre que va al psiquiatra porque su hermano se cree gallina, y no lo interna porque “necesitamos los huevos” [83] — así son las relaciones, concluye: absurdas, irracionales, imposibles…
y las necesitamos —. Entre la ferocidad de Buñuel y la ternura de Allen queda acotado el misterio: el deseo nos hace caminar por carreteras que no van a ninguna parte, y sin embargo sin él no hay película.
Tomás vio El discreto encanto aquella semana porque Alma la programó en casa con doble intención de profesora, y a la media hora Leo, que había entrado a por pan con aceite y se quedó atrapado, formuló la crítica cinematográfica más exacta que ha recibido Buñuel en medio siglo: “Es como cuando el repartidor te trae la pizza al portal equivocado seis veces seguidas, pero de ricos.” Alma dijo que era eso mismo.
Buñuel, donde estuviera, no habría protestado: llevaba toda la vida intentando que alguien se lo explicara así.
VII. La viña y el ojo malo