Todo lo que debes Capítulo 4 — Hijo de Poros y Penía el precio del deseo
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Capítulo 4 — Hijo de Poros y Penía el precio del deseo

Los pitagóricos sacaron de ahí una religión entera, con sus silencios, sus prohibiciones y su música de las esferas.

Nosotros vamos a sacar algo más modesto y más útil para este capítulo: la sospecha de que también el deseo tiene sus intervalos — consonancias que sostienen y disonancias que enganchan —, y de que igual que hay proporciones que descansan el oído, hay desproporciones que lo esclavizan: la nota que se queda a medio resolver, suspendida, pidiendo la siguiente — los músicos la llaman sensible, y los diseñadores de aplicaciones, casinos y criptomonedas la llaman modelo de negocio —.

Todo lo que Felipe va a traer a la sobremesa del domingo, con su corbata de los grandes anuncios y su powerpoint, es una cuerda pisada exactamente ahí: en el punto donde el oído no puede dejar de esperar la resolución.

La línea verde no es una información: es una sensible sin tónica.

Sube, y al subir promete, y al prometer suspende, y lo suspendido — Pitágoras lo supo con una cuerda, Fráncfort lo sabe con nosotros — no deja dormir.

I. El evangelio según Felipe

El domingo del powerpoint hacía uno de esos mediodías de la isla en que la luz trabaja sin cobrar: el mantel bueno — el de debajo del cual, en otra casa de esta historia, dormía una libreta —, un pollo asado con limón y tomillo cuyo perfume tenía autoridad propia sobre la conversación, las puertas del patio abiertas al volcán, y Alma con su vestido de los domingos, el del estampado grande, moviéndose por la cocina con esa soberanía de directora de orquesta que hacía que hasta poner una fuente pareciera un pronunciamiento.

Marisa había traído flores y una tarta de la buena pastelería, y venía luminosa y conversadora, con los pendientes largos, contando una historia estupenda de una compañera del trabajo — Marisa contaba mejor que nadie las historias de los demás; con la suya propia, ya lo sabe el lector, llevaba meses más callada —.

Leo apareció el tiempo exacto de cargar un plato y desapareció con la cortesía sin palabras de los dieciséis años.

Era, en suma, una de esas mesas que salen bien solas, y quizá por eso Felipe esperó al café: ningún evangelista siembra antes del azúcar.

Llegó con la corbata de los grandes anuncios y el móvil boca abajo junto al plato, que es como los conversos llevan ahora el escapulario.

Y a la segunda ronda de café giró la pantalla hacia la mesa con el gesto de Moisés mostrando las tablas: una línea verde que subía, subía, subía.

—Esto —anunció— es el futuro del dinero.

Y nosotros —el plural fue un zarpazo— todavía estamos a tiempo.

La moneda se llamaba algo así como LunarX o NeoCoin, daba igual entonces y da igual ahora; lo que importaba era la liturgia.

Felipe explicó que su asesor de confianza — un chico de veinticuatro años con un canal de vídeos grabados desde un coche alquilado — ya había multiplicado por once.

Que el vecino del cuarto había entrado. Que el de la gestoría había entrado.

Que “todo el mundo está entrando”, dijo con esas palabras, y Tomás Abril notó en ese instante, con vergüenza de notarlo, un tirón en alguna parte del estómago que no era hambre: era la frase.

Todo el mundo está entrando. Once veces once mil son ciento veintiún mil.

La línea verde subía como sube el mercurio en agosto, y Tomás, que un volumen atrás había aprendido lo que era un laberinto, sintió el deseo — físico, indiscutible, instalado ya — de entrar en uno nuevo.

Alma, desde el otro lado de la mesa, lo miró por encima de la fuente del pollo con la expresión exacta de quien ve a su marido acercarse en pijama al borde de un acantilado.

Fue Marisa quien preguntó, con una ligereza que no era ligera, cuánto había puesto ya.

Y fue una décima de segundo — la pausa de Felipe antes del “lo nuestro, cariño, lo hablado” — lo que se quedó suspendido sobre el mantel como una nota sin resolver.

La sobremesa siguió, porque las sobremesas son misericordiosas y la tarta era muy buena.

Pero en la partida doble de aquel domingo, que nadie llevaba y este libro lleva, quedaron asentados un Debe y un Haber que tardarían un volumen en cuadrar: en el Haber, una familia riéndose al sol con el café servido; en el Debe, una décima de segundo.

Las quiebras — las de las monedas y las de los matrimonios — empiezan siempre así: no con un número, con una pausa.

II. El hijo de la pobreza y el recurso

De dónde sale ese tirón del estómago lo explicó, hace veinticuatro siglos, una mujer que no asistió al banquete.

En el Banquete de Platón, los comensales pronuncian discursos sobre el amor, cada uno más brillante, hasta que Sócrates hace trampa: en vez de discursear, cuenta lo que a él le enseñó una extranjera sabia, Diotima [75] .

Y lo que Diotima enseña es la genealogía del deseo.

Eros, dice, no es un dios espléndido, como creen los poetas: es un daimon (δαίμων: ser intermedio entre dioses y hombres) engendrado en una fiesta de los dioses por dos padres incompatibles — Poros, el Recurso, que andaba borracho de néctar por el jardín, y Penía, la Pobreza, que mendigaba a la puerta y se acostó junto a él con premeditación —.

Del Recurso y de la Pobreza nació el Deseo, y de cada padre sacó la mitad del carácter: por la madre es menesteroso, descalzo, sin casa, siempre carente; por el padre es ingenioso, cazador temible, fértil en recursos, capaz de procurarse lo que le falta.

Carencia con inventiva: no se ha hecho mejor retrato del animal humano — ni, de paso, del dinero, que es la más perfecta de las invenciones del hijo de Penía: nacido de la falta, promete la abundancia, y nunca cumple del todo porque la falta es de nacimiento, viene de madre.

Diotima añade el detalle que casi todo el mundo olvida y que aquí hace falta entero: el deseo, bien educado, es una escalera [76] .

Se empieza deseando cuerpos, luego almas, luego obras, luego saberes, y se asciende — si se asciende — hacia lo que de verdad se deseaba a través de todo lo anterior.

El deseo no es el enemigo: es el motor con el volante mal alineado.

La pregunta nunca es cómo dejar de desear (eso se llama morirse), sino qué se desea de verdad cuando se desea esto — la pregunta socrática que habrá que hacerle, antes de que acabe el capítulo, a la línea verde de Felipe.

Alma, que había leído el Banquete un verano de su adolescencia en Chaorna — se lo prestó Basilisa, la mujer del pastor, forrado con papel de periódico y con las esquinas de quien lo ha leído a su vez muchas veces — y lo citaba en clase cuando los de segundo B se enamoraban en horario lectivo, tenía su resumen doméstico de Diotima, que vale por media bibliografía: “Nadie quiere lo que quiere, Tomás. Quiere lo que le falta a lo que quiere. Por eso hay que preguntarse qué te falta a ti antes de firmar nada.”

La versión práctica la impartió Alma aquel jueves, en segundo B, sin avisar a Platón.

Había pillado a Nadia y a Hugo pasándose un papel — un papel, en la era de los teléfonos: el amor vuelve analógico lo que toca, por seguridad y por liturgia — y en lugar del decomiso reglamentario aparcó las ecuaciones y escribió en la pizarra, grande: ¿POR QUÉ QUERÉIS LO QUE QUERÉIS?

La clase, olfateando que se cancelaban las matemáticas, participó con entusiasmo forense.

“Porque sí” fue la primera escuela filosófica en manifestarse, seguida de “porque mola”, y entonces Ferrán, desde la última fila, aportó sin saberlo dos mil quinientos años de teoría del deseo: “Porque lo tiene todo el mundo, maestra. Tú ves que todos tienen una cosa y ya la quieres. Si no la tuviera nadie, ni te habrías fijado.” Alma lo miró como se mira un yacimiento.

“¿Y si todo el mundo la tiene, para qué la quieres tú también?” Ferrán meditó con la honradez de sus quince años: “Para no ser el que no la tiene.” Silencio de curso entero reconociéndose.

“Eso que acaba de describir el señor Ferrán”, dijo Alma, “mueve más dinero que el petróleo. Apuntadlo, que cae en la vida.” Y Nadia, la del papel, levantó la mano con la valentía de los pillados: “¿Y cuando quieres a una persona? Eso no es porque lo tenga todo el mundo.” Alma tapó el rotulador, que era su manera de ponerse seria.

“No. Eso es lo otro. Para eso no hay fórmula, y lo que no tiene fórmula” — señaló la pizarra llena — “es lo único que de verdad conviene despejar. Recoged, que mañana hay examen.” Hubo protestas.

El papel, por cierto, no lo confiscó: hay incautaciones que serían usura.

III. El lago de Tántalo, o por qué nunca basta