Todo lo que debes Capítulo 3 — El oro de Midas lo propio y lo apropiado #6
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Capítulo 3 — El oro de Midas lo propio y lo apropiado #6

Fue la señora Remedios quien, sin saberlo, encendió la mecha, una tarde en El Faro Chico, hablando de otra cosa — que es como se encienden las mechas de verdad —.

Comentaba los carteles nuevos de la parroquia y dijo, con su memoria de archivo parroquial andante: “Como aquellas charlas de finanzas de hace tres años, ¿te acuerdas, Requena? Un chico muy apañado, muy bien hablado, con esos vídeos que hacía. Tu tía no se perdió ni una, que me lo decía a mí: Remedios, este muchacho explica el dinero mejor que el del banco. Y mira que tu tía era de poco fiarse.”

Tomás dejó el café a medio remover. Tu tía no se perdió ni una.

Aquella noche, en casa, con Alma dormida y el portátil en la cocina, buscó.

La parroquia tenía una página parada en el tiempo, con fotos de rifas y catequesis — y allí, en una entrada de tres años atrás, “Jornadas de economía familiar”, un puñado de fotografías de sillas plegables, meriendas con termo y público de pelo blanco, y el enlace a un vídeo de agradecimiento de un canal que ya casi no se llamaba de ninguna manera —.

Tomás le dio al play con la aprensión de quien abre un cajón ajeno.

Un joven con micrófono de diadema daba las gracias “a las comunidades que nos abren sus puertas”, y sobre su voz pasaban, tres segundos, las fotos de aquellas charlas.

Tercera foto: el salón parroquial que Tomás conocía porque había ayudado a colgar el cartel de la rifa dos veranos atrás.

Congeló la imagen. Amplió. Y allí, en la segunda fila, con su rebeca buena y las manos sobre el bolso, escuchando con la cabeza ligeramente ladeada — el gesto exacto con que escuchaba los sermones que no la convencían —, estaba su tía.

La fecha de la entrada entraba, con margen, en los dos años de la libreta gris.

Tomás se quedó mirando la pantalla mucho rato, con el cuaderno rojo abierto y el bolígrafo quieto.

La hipótesis se escribió sola, con la letra fea de las hipótesis que uno no quiere: ¿“Saldado” era esto?

¿Sesenta y ocho mil euros a un chico con micrófono de diadema?

No cuadraba — a Cecilia, que despidió a un datáfono por exceso de confianza, no se la imaginaba nadie entregándole su vida a un neón —, pero las cosas que no cuadran son las que la partida doble obliga a investigar.

Del joven del vídeo no averiguó aquella noche ni el nombre: el canal llevaba años sin actualizarse, como una tienda con el género en el escaparate y la persiana a medio bajar.

Apuntó en el cuaderno la descripción completa — la diadema, la sonrisa calibrada, la palabra comunidad dicha demasiadas veces — y una instrucción para sí mismo que el segundo volumen se encargaría de honrar con creces: “Encontrar a este chico.” Luego apagó el portátil, y la cocina se quedó a oscuras con dos investigadores dentro: él, y la pregunta.

Final del volumen primero — La víspera

El último domingo de aquel invierno, con Alma en la piscina, Tomás subió a por la carta de la semana — le tocaba la cuarta — y no la leyó.

La sostuvo un rato, cerrada, sentado en el borde de la cama, y comprendió que había llegado a una frontera.

Las tres primeras cartas eran de un hombre que se iba haciendo un porvenir; la cuarta, se notaba en el grosor, en la letra del sobre, más apretada, venía cargada.

Y leerla — leerlas todas, seguir tirando del hilo de la libreta gris, del “Saldado”, de la corona de flores de Mazarrón — significaba abrir expedientes que no se cierran solos: el de su tía, el de la familia partida, y el suyo, el del sobre de la clínica dental, que llevaba tres capítulos esperándolo con la paciencia de las cosas que saben que uno vuelve.

Devolvió la carta al altillo. Se dijo — la frase de todas sus vísperas — que ya seguiría cuando supiera más.

Y bajó a poner la mesa, porque era domingo y venían Felipe y Marisa a comer, y Felipe había anunciado por el grupo familiar, con tres emoticonos de cohete, que traía “una cosa que os va a cambiar la vida”, y Alma había contestado con un pulgar que era, en su idioma, una ceja levantada.

Así termina el primer volumen de esta historia: con un hombre que ha aprendido lo que es el dinero (una fe), lo que es la deuda (una cuerda que elegir) y lo que es la propiedad (el equipaje del entretanto) — y que guarda, sin embargo, tres silencios en tres cajones: una casilla de formulario, una libreta gris y una carta sin abrir.

La sabiduría, ya lo advertimos, no protege de la vida: la ilumina, que es distinto y a veces es peor, porque lo iluminado se ve.

En el aire del piso, aquella víspera, estaban ya todos los vientos del segundo volumen metidos en su odre: la línea verde subiendo en el móvil de un cuñado, un sobre doblado en el bolso de Marisa, un asesor con coche alquilado dando rondas por las parroquias de la isla, y un chico de dieciséis años componiendo listas de canciones para la hija de un director de banco.

El saco estaba bien atado. Pero esta familia, como la otra flota, navegaba dormida — y ya se sabe lo que pasa con los sacos cuando el que los custodia cierra los ojos a la vista de casa.

(Fin del Volumen I — La caja de zapatos. El Volumen II — La línea verde — comienza en la sobremesa del domingo siguiente, con un powerpoint y un pollo asado.)