Capítulo 3 — El oro de Midas lo propio y lo apropiado #5
Se llamaba El Faro Chico, nadie sabía por qué — el faro grande estaba en la otra punta y chico no era: tenía dos comedores y un billar averiado desde el Mundial de Corea —, y lo regentaba Requena, un ex marino mercante con antebrazos de estibador y lecturas desordenadas, que ponía los cafés sin que se los pidieran y las verdades igual.
El Faro Chico era, a su manera, la institución financiera más antigua y solvente del pueblo.
Tenía su sistema de pagos (la ronda, cuya contabilidad circular no fallaba nunca: aquí todo el mundo sabía a quién le tocaba, con una precisión que ya quisiera Fráncfort), su fondo de inversión colectiva (la peña de la quiniela, catorce socios, cuarenta años, un pleno al quince en el 96 del que todavía se hablaba con la voz que se habla de los milagros), su producto derivado (el dominó de los jueves, donde don Braulio, sin corbata, perdía con una deportividad que en la oficina nadie le habría supuesto) y, sobre todo, su sistema crediticio: la pizarra.
La pizarra de los fiados colgaba junto a la máquina de tabaco, escrita con la letra redonda de Requena: nombres y rayas, sin cantidades — las cantidades las llevaba Requena en la cabeza, que era su cámara acorazada —.
Fiar, en El Faro Chico, no era un favor: era un estatuto.
Se fiaba al que era de fiar, y ser de fiar no lo decidía ningún algoritmo sino treinta años de vermuts, entierros y veranos: el scoring más lento y más exacto del mundo.
Cuando a Perico el del camión lo dejaron seis meses sin trabajar, su raya creció en la pizarra sin que nadie dijera nada y se borró entera el primer viernes de su primera nómina, sin que nadie dijera nada tampoco: la operación completa — crédito, carencia, amortización y cancelación — se ejecutó en silencio administrativo perfecto, con Requena de banco central y la parroquia de mercado interbancario.
Tomás, que empezaba a mirar el mundo con los ojos del cuaderno rojo, pensó un mediodía, delante de la pizarra, que aquello era la tablilla de Uruk cinco mil años después, con mejor café: la deuda escrita a la vista de todos, el nombre como garantía y el dios testigo sustituido por algo más severo — la señora Remedios en la mesa del fondo, que lo veía todo —.
En esa pizarra descubrió Chano, una tarde, un café suyo.
De 2009. — Requena, esto prescribe. — El café no prescribe.
— ¡Todo prescribe! ¡Los delitos prescriben!
— Los delitos los persigue el Estado. El café te lo serví yo.
— ¿Y si te lo pago ahora, qué? — Peor. Si me lo pagas ahora es que has estado pudiendo.
— Chano se quedó con la moneda en el aire, atrapado en la única trampa perfecta de la economía popular: la deuda que ofende si se paga y ofende si no.
La dejó. La cogió. La dejó. Requena secaba un vaso con la serenidad de un banco central.
— Esto es extorsión sentimental — dijo Chano. — Esto es un bar — dijo Requena.
El nombre del bar, por cierto, le hizo a Tomás un efecto raro la primera vez que lo pensó despacio, semanas después, releyendo una carta: el faro no se mueve; para eso están los barcos .
El pueblo llevaba toda la vida llamando Faro Chico al sitio donde uno va a que lo encuentren.
Hay azares que trabajan como empleados fijos.
Interludio segundo — El tasador (scherzo)
El tasador vino recomendado por el primo puntual, lo cual ya era información, y llegó al piso de Cecilia con un maletín, un medidor láser y la conversación de un electrodoméstico.
Se llamaba, según su tarjeta, Onésimo L.
Peritaciones Integrales, y trabajaba en un silencio profesional interrumpido por pequeños veredictos que soltaba al aire, sin destinatario, como quien deshoja una margarita catastral: “Orientación sur, bien.” “Baño original, mal.” “Terrazo de época, según se mire.”
El láser era su órgano principal. Lo disparaba contra las paredes con un gesto de pistolero aburrido, y la casa entera de Cecilia — setenta y nueve años de vida, cuatrocientos botones, una teología del cepillo — fue quedando reducida a una constelación de puntitos rojos y decimales.
Tomás lo seguía por las habitaciones con la incomodidad creciente de estar asistiendo a una autopsia con la difunta delante.
En el dormitorio, el láser barrió la pared del armario y el tasador anotó “armario empotrado: suma”, y a Tomás le subió por dentro una carcajada oscura, porque en aquel armario empotrado que sumaba estaba el altillo, y en el altillo la caja que no sumaba en ningún informe del mundo y valía más que el edificio.
El incidente ocurrió en la cocina. El tasador, midiendo, abrió sin pedir permiso el cajón de las tijeras — los profesionales del metro cuadrado abren cajones con la naturalidad de los cirujanos, para ellos una casa no tiene intimidad, tiene fondo de armario —, y el cajón, fiel a la teoría general de los cajones de esta familia, no contenía tijeras: contenía el calendario de la farmacia y, debajo, a la vista durante dos segundos enteros, la libreta gris.
Tomás cruzó la cocina con una velocidad de la que no se sabía capaz y cerró el cajón con la cadera, disimulando el movimiento con un gesto de ofrecerle café que le salió tan brusco que el tasador, por primera vez en toda la mañana, lo miró como se mira a una persona.
“¿Todo bien?”, preguntó. “Todo tasado”, respondió Tomás, que era justo lo contrario de la verdad.
El informe llegó por correo a los tres días: ciento cuarenta y un mil euros, más menos cinco por ciento según mercado.
De lo único valioso del inmueble, el documento no decía nada, porque lo único valioso del inmueble había estado a dos segundos de ser descubierto por un láser, y se había salvado — como se salvan las cosas importantes — por una cadera y una mentira.
Interludio tercero — Leo, Alba y la economía del corazón
Leo Abril, dieciséis años, conoció el capitalismo por dentro antes que su padre, porque su generación no estudia la economía: la habita.
Su cuarto era una pequeña plaza de mercado: compraba y vendía por Wallapop con criterio de chamarilero veterano — una consola averiada por veinte, reparada con un tutorial, revendida por sesenta y cinco —, administraba en el móvil una cartera imaginaria de criptomonedas que consultaba con la misma fe irónica con que su bisabuela leía el santoral, y llevaba, esto no lo sabía nadie, una contabilidad exacta de otra divisa: los mensajes de Alba Encinas.
Alba Encinas, hija del director de la sucursal, iba a su clase desde enero.
La economía de aquello era la más antigua y la más volátil de todas: un “jaja” valía poco, un “jajaja” cotizaba al alza, un audio de más de un minuto era prácticamente un dividendo, y la vez que ella le mandó una canción — una de Los Planetas, precisamente, “de parte de mi lista, que te va a gustar” — Leo experimentó en el pecho el fenómeno que su tío Felipe perseguía en las gráficas y no encontraría jamás: la subida vertical, el máximo histórico, la línea verde de verdad [71] .
La escuchó diecinueve veces. No le dijo a ella que la había escuchado diecinueve veces, porque hasta un chico de dieciséis años sabe que en ese mercado la sobreexposición hunde el precio; contestó “no está mal” con el pulso de un artificiero, y pasó la tarde componiendo en su cabeza la lista de respuesta, que es el género epistolar de nuestro tiempo — otro hombre de esta familia, cincuenta años antes, había hecho lo mismo con un transistor y una playa: la tecnología cambia, el temblor se hereda.
Su padre lo encontró aquella noche estudiando — es un decir: el libro de historia abierto en la Revolución Industrial y los cascos puestos — y le preguntó, por preguntar, qué escuchaba.
Leo, en un arrebato de generosidad que no supo explicarse (los hijos tienen esos deshielos súbitos, hay que estar ahí cuando ocurren, duran minutos), le pasó un casco.
Sonaba aquella canción sobre un buen día que era, en realidad, la contabilidad de un día cualquiera con la persona que ya no está.
Padre e hijo la oyeron enteros, cada uno con su auricular, unidos por un cable y separados por todo lo demás, y al terminar Leo dijo “¿a que sí?” y Tomás dijo “sí”, y no hizo falta acta.
En la libreta de las cosas que no se dicen, aquella noche, hubo un asiento a favor de los dos.
La segunda fila