Capítulo 3 — El oro de Midas lo propio y lo apropiado #4
La sabiduría antigua legisló sobre todo esto con una precisión que sigue sin ser mejorada.
En el desierto, al pueblo hambriento se le da el maná con una sola regla de uso: recoja cada cual lo de cada día, y nadie guarde para mañana [64] .
Los que guardaron — siempre hay quien guarda — encontraron al alba el excedente agusanado y hediondo.
El maná es el alimento con fecha de caducidad teológica: la prueba piloto de una economía de la confianza diaria, diseñada contra el instinto del granero — instinto al que el Evangelio dedicó su propia parábola, la del rico que agrandaba graneros la víspera de que le reclamaran el alma [65] : la pregunta de la notaría de la tía Cecilia, formulada mil novecientos años antes —.
Todo granero es un malentendido sobre el calendario.
Quedan las dos sentencias mayores, que piden leerse juntas porque se corrigen mutuamente.
La primera: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino [66] .
No hace falta teología para extraerle el jugo económico: cargado no se pasa por lo estrecho — el patrimonio es equipaje, y hay umbrales de la vida (los importantes son todos estrechos) que exigen viajar ligero —.
Pero la tradición que dijo eso contó también la parábola de los talentos, donde el señor reparte capital entre sus siervos y, al volver, premia a los que lo arriesgaron y multiplicaron — y al que lo enterró por miedo, devolviéndolo intacto, lo reprende con dureza [67] —.
El pecado no fue tener: fue enterrar. Entre el camello y los talentos queda dibujada la doctrina completa de lo apropiado: ni tanto peso que no se pase por la puerta, ni tanto miedo que la vida se quede enterrada en el huerto.
Y la brújula para navegar entre ambos es la sentencia más exacta jamás pronunciada sobre patrimonio personal: donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón [68] .
No dice que el tesoro sea malo. Dice algo mucho más útil: que el corazón sigue al tesoro como el girasol a la luz — que uno acaba amando aquello en lo que invierte —, y que por tanto la decisión patrimonial es siempre, lo sepa el inversor o no, una decisión sobre dónde quiere tener el corazón.
IX. Lo que no puede comprarme
En 1964, en plena riada de dinero — giras, contratos, porcentajes, el mundo entero comprando lo que aquellos cuatro tocaran —, Paul McCartney compuso en un hotel de París una declaración de independencia de dos minutos.
Can’t Buy Me Love (El amor no me lo puedes comprar) viene a decir, con la alegría insolente de sus veintiún años: te compraré un anillo de diamantes si eso te hace ilusión, amiga, te daré lo que tenga que dar — pero hay algo que el dinero no me puede comprar [69] —.
Que lo cantara precisamente la banda que podía comprarlo casi todo no es una ironía: es la credencial.
El desprecio del dinero en boca de un pobre puede ser uva verde; en boca de los Beatles de 1964 era un informe pericial.
Ellos estaban viendo, desde dentro de la avalancha, lo que la avalancha no arrastraba: y dedicaron a esa diferencia la canción más alegre del año.
Midas con guitarras, sí — pero un Midas avisado a tiempo, que toca el oro todas las noches y todas las noches comprueba, aliviado, que la música sigue sin convertirse en lingote.
Del piso de la tía Cecilia habría que decidir — el primo puntual llamó dos veces aquella quincena “por si necesitáis tasación de confianza”, que es como llaman los buitres al vuelo de reconocimiento —, y las deudas del capítulo anterior opinaban en todas las conversaciones a favor de vender.
Pero Tomás pidió tiempo, con una firmeza que a Alma le resultó nueva y que no supo explicarle, porque explicarla habría exigido pronunciar las palabras libreta , saldado y sesenta y ocho mil , y esas palabras seguían en el cajón de las tijeras.
La verdad — la que no le dijo ni a ella ni del todo a sí mismo — era que vender el piso le parecía cerrar el expediente de una mujer cuyo expediente acababa de descubrir abierto. Los pisos se venden; los enigmas, no.
Dos cosas, en cambio, salieron de allí aquella misma semana.
Un frasco de Nescafé lleno de botones azules, que Alma puso en la estantería de la cocina sin dar explicaciones — hay mudanzas de un solo objeto que valen por un testamento —.
Y la caja de zapatos, que Tomás instaló en el altillo de su armario con una decisión que había tomado sin darse cuenta y que era, aunque él no lo supiera, la más importante del volumen: leer las cartas de una en una .
Racionadas. Una por semana, los domingos, cuando Alma salía a nadar — el maná de los archivos: recoja cada cual la carta de cada día, y nadie lea para mañana —.
Se dijo que era por respeto, y era verdad; se dijo que era por hacerlas durar, y era más verdad todavía.
Lo que no se dijo, porque los personajes nunca saben estas cosas de sí mismos, es que estaba administrando una herencia que ninguna notaría había tasado: la voz de un hombre que quiso a su tía, entregada a plazos, como se pagan — ya lo iba aprendiendo — todas las deudas que importan.
Al apagar la luz pensó, sin saber que pensaba el resumen del capítulo, que vivimos entre el jardín que no ocurrió y el reino que no llega, en el país del entretanto, donde las cosas cuestan y se acaban — y precisamente por eso importan —.
Poseer como mortal: tener lo necesario sin enterrar la vida en el huerto, viajar ligero de graneros, saber qué frasco de botones se queda y qué expediente no se cierra.
El corazón, ese girasol, hacia el tesoro que lo merezca.
Tercera carta de Amadeo
Frankfurt am Main, 30 de abril de 1972
Cecilia, mi vida — y no tacho el mi porque hoy vengo gastador:
Ayer hicimos fiesta en el barracón porque al Rubio le llegó un paquete de Águilas con longaniza y una guitarra pequeña que le manda su madre, que es la única de allí que le escribe, y ya con eso te digo de la señora todo lo que hay que saber.
El Rubio tocó hasta las tantas. Tocó cosas de aquí y cosas de allí, y una que dijo que era brasileña, del poeta ese diplomático que te conté, que va de que la felicidad es como una pluma que el viento lleva por el aire — vuela tan ligera, pero tiene la vida breve: necesita que haya viento sin parar [70] —.
Y mira lo que son las cosas: los alemanes de la mesa de al lado, que no entendían ni palabra, se callaron igual.
La música es la única moneda que no hay que cambiar en la frontera.
Y ahora te escribo lo que no le he contado a nadie, y me perdonas la letra, que me tiembla un poco y no es del vino.
Anoche, con la guitarra, cerré los ojos y estaba en la barca.
En la tarde de la barca. Tú con el vestido azul de los domingos, que te lo quitaste del hombro izquierdo primero — el izquierdo, Cecilia, que hay hombres que olvidan su número de la mili y yo me acordaré del hombro izquierdo el día del Juicio —, y el agua haciendo contra la madera ese ruido de cuchara en vaso, y tu pelo suelto que olía a sal y a algo tuyo que no he vuelto a encontrar en ninguna parte, y he buscado.
No escribo más de la tarde porque el papel es de la señora Hoffmann y hay cosas mías que no quiero que sean de su papel.
Pero que sepas que un hombre puede vivir semanas enteras de un hombro. Que se lo digan a este.
El proyecto marcha. He conocido a un maestro tornero de Friburgo, del sur, que dice que en su tierra hay trabajo mejor pagado y un aire que huele a madera. A lo mejor me muevo. Tú no te muevas de donde estás, que el faro no se mueve: para eso están los barcos.
Dile al mar lo de la barca. Bueno, no: eso no se lo digas ni al mar.
Tuyo entero, y lo que sobre, también tuyo,
Amadeo
EL CUADERNO ROJO (iii)
Asientos del capítulo tercero — letra de Tomás Abril · cuaderno rojo
Que la propiedad es cosa de mortales: en el jardín sobraba todo y en el reino inmortal no urge nada. Poseemos porque estamos de paso. No olvidar el paso; no olvidar el porque.
Que el toque de Midas funciona: todo lo que se convierte en patrimonio deja de estar vivo. Comprobar cada noche que la música no se ha vuelto lingote.
Que el saco de Eolo se abre siempre a la vista de casa. Cuando la vida esté resuelta y alguien diga que dentro había más: dormir con el saco debajo del brazo.
Que el oro iguala todo lo que toca — Timón lo dijo escupiendo — y que por eso lo que no quiero que se iguale no debe tocarlo: hay cosas que se defienden no vendiéndolas.
Que Cordelia no pudo subir el corazón hasta la boca, y que mi tía tampoco: las mujeres de esta familia pagan callando. Averiguar qué pagó. Aprender a hablar antes de que me toque pagar a mí.
Que ni camello ni talento enterrado: ni tanto peso que no pase por la puerta, ni tanto miedo que la vida se quede en el huerto.
Que donde está el tesoro está el corazón, y que por tanto la cartera es una confesión. Leer la mía como me leería un extraño. Corregir.
Que una carta por semana. Como el maná. No leer para mañana.
Interludio primero — El Faro Chico
Conviene, antes de seguir, presentar el edificio más importante de esta historia después de la cocina de Cecilia, porque en él van a pasar cosas y porque sin él no se entiende la isla: el bar.