Capítulo 3 — El oro de Midas lo propio y lo apropiado #3
El segundo país está delante. Imaginémoslo en serio, porque el cuñado de Tomás Abril — se llama Felipe, vale la pena irlo conociendo: el volumen próximo es suyo — lo imagina con powerpoints.
Felipe se había apuntado aquel otoño a un seminario en línea titulado “La muerte es opcional: longevidad exponencial y usted”, impartido por un visionario con chaleco que aseguraba que la ciencia estaba a punto de ir ganándole a la muerte un año por año, y que los presentes — por un módico acceso premium — podían aspirar a no morirse nunca.
Felipe lo contó en la sobremesa de Navidad con los ojos húmedos de futuro.
La abuela, que llevaba audífono, entendió que Felipe no pensaba morirse y comentó que eso era de mala educación.
Pero hagamos el experimento en serio. Año 3000 y pico: la medicina ha vencido; nadie muere.
Lo primero que se evapora es la herencia — sin muertos no hay testamentos, y sin testamentos el rey Lear no tiene obra —.
Lo segundo, la urgencia: ¿ahorrar para cuándo, si todos los cuándos están garantizados?
Con tiempo infinito por delante, el interés compuesto haría billonario a cualquier titular de una cartilla — bastaría esperar —, y una riqueza que cualquiera alcanza esperando deja de distinguir, y una riqueza que no distingue deja de desearse.
Los inmortales serían todos ricos, es decir, ninguno lo sería.
Y lo tercero que se apaga es el cariño por las cosas.
Solo los hombres guardan, porque solo los hombres pierden.
Borges imaginó una ciudad de inmortales y los encontró tirados en la arena, indiferentes [55] : cuando se tiene todo el tiempo, ninguna tarde es valiosa, y ningún objeto que la guarde lo es tampoco.
La caja de zapatos de la tía Cecilia es preciosa porque Amadeo fue tres veranos y luego no fue más; en el reino donde nadie muere no hay cajas de zapatos.
La propiedad es una institución de mortales: poseemos porque estamos de paso.
Y eso no la condena: la pone en su sitio, que es provisional, como su dueño.
V. El rey del toque y el saco de los vientos
De lo que pasa cuando un mortal intenta poseer como un dios trata el mito más famoso del dinero.
Midas, rey de Frigia, hace un favor a Dioniso y el dios le concede un deseo [56] .
Midas pide lo que pediría cualquier suscriptor del seminario de Felipe: que todo lo que toque se convierta en oro.
Y el deseo se cumple, que es la forma más refinada que tienen los dioses de castigar.
La rama que arranca: oro. El pan que parte: oro.
El vino en sus labios: oro líquido, incomible.
Y entonces su hija corre a abrazarlo — en las versiones más crueles del mito, que son las verdaderas — y Midas la toca.
Lo que queda en sus brazos es una estatua perfecta, valiosísima y muerta.
El rey había conseguido el poder absoluto de convertir el mundo en patrimonio, y descubrió en qué consiste ese poder: en que el mundo deje de estar vivo.
Todo lo que el toque alcanza se vuelve valor; nada de lo que el toque alcanza puede ya comer con él, reírse con él, abrazarlo.
Midas es el patrono de todos los que llegaron a casa con el patrimonio hecho y la mesa vacía: el hombre que aprendió, demasiado tarde, que lo vivo y lo atesorado son estados incompatibles de la materia.
Homero contó la versión marinera. Eolo, señor de los vientos, regala al capitán de Ítaca un odre de cuero donde ha encerrado todos los vientos contrarios; con el único viento favorable soplando a popa, la flota navega nueve días, y al décimo aparece la isla — tan cerca que se ven las hogueras de los pastores en la costa [57] —.
El capitán, agotado, se duerme. Y sus compañeros, mirando el saco misterioso que el jefe custodia, deciden que dentro tiene que haber oro y plata que no piensa repartir, y lo abren.
A la vista de casa. Los vientos escapan aullando y la tempestad devuelve la flota al punto de partida, deshaciendo nueve días de mar en una hora de codicia.
No hay en toda la literatura una imagen más exacta de cierto tipo de ruina: la de los que, teniendo ya el regreso ganado — la casa, la jubilación a la vista, la vida resuelta —, abren el saco por sospechar que dentro había más.
El saco de Eolo se sigue abriendo todos los días, generalmente en productos de inversión que prometían viento.
VI. El oro que disuelve y el reino subastado
Shakespeare dedicó al asunto dos tragedias enteras, una por cada cara del problema.
La primera es la menos representada y la más feroz: Timón de Atenas .
Timón es el anfitrión perfecto, el rico que regala, presta, dota y agasaja a media ciudad — hasta que el dinero se acaba, y con el dinero, descubre, se acaban los amigos, que se excusan uno tras otro con esa elocuencia que tienen los deudores ante el acreedor arruinado —.
Timón huye al bosque, reniega de los hombres, y cavando raíces para comer encuentra — oro.
Un tesoro enterrado. Y allí, de rodillas en el barro, pronuncia el discurso que Marx copiaría en sus cuadernos como la mejor definición jamás escrita del dinero [58] : este metal amarillo vuelve blanco lo negro, hermoso lo feo, noble lo vil — el oro como disolvente universal de las cualidades, la sustancia que convierte cualquier cosa en cualquier otra porque las iguala a todas en su medida —.
Marx lo llamó después fetichismo. Timón lo dice mejor, porque lo dice escupiendo.
La segunda tragedia es la del reparto. El rey Lear, viejo, decide jubilarse en vida y repartir el reino entre sus tres hijas mediante el procedimiento más insensato que ha concebido monarca alguno: una subasta de amor [59] .
Que cada hija declare públicamente cuánto me quiere, y reciba en proporción.
Goneril y Regan, que entienden el género, despachan sendos discursos de amor ilimitado con la fluidez de quien lee condiciones generales.
Cordelia, la pequeña, la única que lo quiere, no puede: “no consigo subir el corazón hasta la boca”, dice — el amor verdadero no cotiza, no licita, no redacta —.
Lear, que a esas alturas ya solo sabe leer balances, interpreta el silencio como saldo cero y la deshereda en el acto.
El resto de la obra es la factura: despojado por las hijas elocuentes, expulsado de sus propios castillos, el viejo rey acaba en mitad de una tormenta, sin séquito, sin techo y sin razón, descubriendo ante un mendigo desnudo lo que era un hombre sin propiedades: el animal desnudo y bífido, sin acomodos — y es entonces, justamente entonces, cuando empieza a ver —.
Hizo falta que la tormenta le quitara todo lo que tenía para que Lear distinguiera, por primera vez en ochenta años, lo que era suyo: Cordelia.
La herencia, repartida con vara de medir, había perdido lo que no se puede medir.
La tía Cecilia, con su caja de zapatos bajo los abrigos sin estrenar, habría entendido a Cordelia sin necesidad de tormenta: hay mujeres que no suben el corazón hasta la boca porque lo tienen ocupado en pagar, calladamente, lo que nadie les reclamó.
VII. Rosebud, una alfombra y el arte de soltar
El cine resumió todo lo anterior en una sola palabra, que es la última que pronuncia el hombre más rico del mundo.
Charles Foster Kane muere en su palacio de Xanadú — obra suya, montaña de mármol y cajas sin abrir — diciendo “Rosebud”, y la película entera es la investigación de qué demonios era Rosebud, que los periodistas buscan entre amantes, negocios y traiciones [60] .
Era el trineo. El trineo de madera con el que jugaba en la nieve el día en que se lo llevaron de casa para hacerlo rico.
El hombre que llegó a poseerlo prácticamente todo murió nombrando lo único que había poseído de verdad, que fue lo primero que el patrimonio le costó.
Xanadú entero — lo dice el plano final, ese almacén infinito de cajas embaladas — era el intento fallido de recomprar un trineo.
La versión cómica la dio el Nota, en El gran Lebowski , con su alfombra [61] : una alfombra usada que unos matones confunden y arruinan, y que el Nota reclama durante toda la película con una tenacidad teológica, porque aquella alfombra — explica a quien quiera oírlo — “le daba unidad a la habitación”.
Risa aparte, el Nota tiene razón en algo serio: poseemos casi nada por su valor y casi todo por su función de dar unidad — a la habitación, a la biografía, al yo —.
Freud, que de esto sabía, observó que nuestra relación adulta con el dinero se educa en la primera economía que conoce el cuerpo: la del retener y el soltar [62] .
Hay caracteres que retienen — ordenados, ahorrativos, obstinados, coleccionistas de botones en frascos de Nescafé — y caracteres que sueltan, y ninguno de los dos estilos viene de los tipos de interés: viene de mucho antes y de mucho más adentro.
Por eso la pregunta financieramente más rentable que puede hacerse una persona no figura en ningún manual: ¿qué estoy reteniendo cuando retengo?
¿Y qué suelto cuando suelto? Malick filmó la respuesta agraria en Días del cielo : la codicia que tuerce un amor para cazar una herencia en los trigales de Texas, y las langostas y el fuego — plagas de Éxodo — cobrándose la cosecha [63] .
Lo mal apropiado, viene a decir el cine entero, no se queda quieto: trabaja.
VIII. El maná, los graneros y el agujero de la aguja