Todo lo que debes Capítulo 3 — El oro de Midas lo propio y lo apropiado #2
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Capítulo 3 — El oro de Midas lo propio y lo apropiado #2

Y entonces, dos años antes de su muerte, la sonata cambiaba de tempo.

Reintegro en oficina: 6.000 €. Y al mes siguiente: Reintegro en oficina: 4.

000 €. Y así, con variaciones — tres mil, cinco mil, otra vez seis mil —, catorce reintegros en dos años, siempre en ventanilla, nunca en cajero, hasta dejar la cuenta de ahorro de toda una vida en el saldo exacto con que había empezado: setenta y nueve euros con cuarenta céntimos.

Sesenta y ocho mil euros retirados en mano por una mujer de setenta y ocho años que iba al banco con carrito de la compra, y de los que no había en el piso — Tomás lo comprobó aquella semana con una minuciosidad que le avergonzaba un poco, palpando abrigos, levantando colchones, desatornillando la tapa de la cisterna como en las películas — ni rastro, ni resguardo, ni destino.

Las hipótesis se le presentaron solas, por orden de periódico: el timo.

Una mujer mayor, retiradas regulares durante dos años — el guion del abuso clásico, el “hijo en apuros” telefónico, el falso técnico, el desconocido cariñoso —.

Pero el guion chirriaba por todas partes: a Cecilia, que despidió al del datáfono con una objeción teológica, no se la imaginaba nadie obedeciendo a una voz por teléfono; los timados retiran con miedo, deprisa, cantidades crecientes — esto era un plan de pagos: metódico, espaciado, casi administrativo —.

Y quedaba el detalle que ninguna hipótesis del periódico explicaba: la última página de la libreta.

Allí, en el margen, con el lápiz de apuntar la vez en la pescadería, Cecilia había escrito una sola palabra, pequeña, sin subrayar, como quien no quiere que la palabra se note a sí misma:

“Saldado.”

Tomás cerró la libreta y se quedó mirando la pared de la cocina, donde el calendario de la farmacia seguía en el mes de la muerte de su tía, y sintió — físicamente, en el sitio del pecho donde le dolía la casilla penúltima del formulario — que aquella palabra lo miraba a él.

Saldado. Su tía había pagado algo durante dos años hasta dejarlo en cero, y él llevaba cuatro años sin pagar tres mil euros a esa misma mujer, y ahora los dos verbos — saldar, deber — se le quedaron en la cocina, uno frente a otro, como dos parientes que no se hablan.

Aquella noche debió contárselo a Alma. Que conste en acta que lo pensó: llegó a sentarse en el borde de la cama con la libreta en la mano y la frase preparada — tengo que enseñarte una cosa —.

Pero Alma dormía con el sueño ganado de los que corrigen treinta exámenes, y despertarla habría exigido explicar por qué aquello le importaba tanto, y explicar por qué le importaba tanto lindaba peligrosamente con el sobre de la clínica dental, y así fue como Tomás Abril, por segunda vez en tres capítulos y por el mismo pliegue del alma, eligió el silencio: devolvió la libreta al cajón de las tijeras, donde nada está en su sitio, y se dijo la frase con la que se firman todas las hipotecas del alma — ya lo contaré cuando sepa más —.

Las dos investigaciones de esta historia — la del dinero de Cecilia y la de lo que Tomás no cuenta — son la misma investigación. Y las dos van a cobrar.

Lo que no consta en acta es lo otro: que antes de cerrar el cajón se quedó un momento con la mano encima de la libreta, como se deja la mano en la frente de un niño con fiebre — sin apretar, solo para saber que sigue ahí —; y que desde el dormitorio llegaba la respiración de Alma, regular, confiada, a treinta exámenes de distancia, y que esa respiración era la casa entera respirando.

Hay silencios que se eligen por miedo y silencios que se eligen por ternura, y aquella noche Tomás no habría sabido decir cuál de los dos estaba firmando.

Probablemente los dos, y en proporciones que nadie ha sabido nunca anotar.

Segunda carta de Amadeo

Frankfurt am Main, 21 de noviembre de 1971

Cecilia, vida:

Aquí ha pasado una cosa con el dinero que no sé si os habrá llegado, y que llevo días queriendo contarte porque no me la quito de la cabeza, y mira que es asunto de bancos y a mí los bancos, ya lo sabes, me dan el respeto que dan los perros grandes atados: mucho, y más si el atado es uno.

Resulta que en agosto el presidente de los americanos salió por la televisión — la vimos en el bar de la estación, el Rubio me traducía a su manera, que es mitad alemán mitad teatro — y dijo que el dólar ya no se cambia por oro [53] .

Así, de un día para otro. Que desde 1944 todo el dinero del mundo se sujetaba al dólar y el dólar al oro, como la cabra a la estaca, y que ahora la estaca la quitan y la cabra que ande sola.

Los alemanes del barracón andaban revueltos, que aquí a la gente mayor le dices “dinero que no vale” y se les pone la cara de 1923, que fue cuando — me lo contó la señora Hoffmann con la voz que se cuenta lo de los muertos — su madre encendía la estufa con billetes porque los billetes calentaban más que la leña que se podía comprar con ellos.

Y yo le di vueltas, Cecilia, porque uno será de pueblo pero las vueltas las da igual, y se me quedó esta: si el dinero ya no se sujeta al oro, ¿a qué se sujeta?

Y la respuesta me la dio el Rubio, que estaba esa noche con el transistor y me dijo, sin venir a cuento, como dice él las cosas que vienen a cuento: “A lo mismo que lo nuestro, Amadeo. A la palabra.” Y se quedó tan ancho, y yo me quedé pensando que el mundo entero funciona ahora como tú y yo: sin oro, sin papeles que valgan nada por sí mismos, sujeto nada más que a que el otro cumpla.

Todo el dinero del mundo se ha vuelto una promesa, Cecilia.

Bienvenido al club, le dije yo al dinero.

El sobre va creciendo. No te digo cuánto por si esta carta la lee quien no debe, pero te digo cómo: como crecen las cosas que se riegan a diario.

Me acuerdo de tus manos más de lo que un hombre confiesa por escrito, y de la tarde de la barca — tú sabes qué tarde —, y ahí lo dejo, que la señora Hoffmann plancha los domingos aquí al lado y tiene el oído alemán, que es como el nuestro pero con contabilidad.

Dile al mar lo de siempre. Y a tu hermana ni los buenos días de mi parte, que ya sé lo que anda diciendo de mí por el pueblo: que me fui para no volver. Se equivoca en la mitad. Me fui para volver de otra manera.

Tuyo, con todo y con el resto,

Amadeo

P. D. — Dice el Rubio que si el dólar ya no es oro, a lo mejor el oro tampoco es oro. Le he dicho que no beba. Pero apúntala, que un día valdrá algo. La frase, digo.

La lectura del testamento (scherzo)

La lectura del testamento se celebró en una notaría de Arrecife con aire acondicionado de quirófano, y fue breve, porque Cecilia había dejado los papeles como dejaba los botones.

El primo puntual llegó, naturalmente, el primero, con una carpeta propia — traer carpeta a una lectura de testamento es toda una declaración de intenciones —, y saludó al notario con la familiaridad de los que frecuentan el género.

El documento tenía fecha de tres meses antes de la muerte — el dato pasó inadvertido a todos menos a Tomás, que ya llevaba la libreta gris en la cabeza e hizo la cuenta en el acto: Cecilia había ordenado su testamento justo después del último reintegro; primero saldó, luego testó: hay agendas que son autobiografías —.

Y era de una sencillez que desarmaba: el piso y sus enseres, para su sobrino Tomás, “que sabrá qué hacer con lo que encuentre” — el notario leyó la cláusula sin levantar la vista; Tomás sintió que la frase lo miraba a él —; sus ahorros, “los que hubiere”, para las misiones — hubo un silencio técnico: los que hubiere eran setenta y nueve euros con cuarenta céntimos, y el primo puntual, que llevaba semanas haciendo cábalas sobre aquella cuenta, encajó la cifra con un parpadeo de tasador ante una grieta estructural —; y para su primo Óscar — el puntual tenía nombre, resultó — “el reloj de pared del comedor, que tanto le gustaba, con lo que contiene”.

El primo, sorprendido en su única fibra sensible, se emocionó un poco: era verdad que el reloj le gustaba, llevaba años tasándolo con disimulo.

Lo descolgó él mismo aquella tarde, con guantes.

Dentro, pegado con celo detrás del péndulo, había un sobre con doscientos euros y una nota de la letra picuda: “Para que lo tases a gusto. Se adelanta ella, como siempre. — C.” El primo estuvo tres días sin saber si aquello era un cariño o una bofetada, hasta que comprendió que era lo que era: las dos cosas, con celo.

Enmarcó la nota. Hay gente a la que solo se le llega por la ironía, y Cecilia, que lo sabía todo de todos, había dejado a cada heredero su herencia en su idioma.

III. Los dos países sin propiedad

Para entender qué hacemos los humanos acumulando botones, hay que visitar los dos países donde la propiedad no existe. Ninguno de los dos está en el mapa: uno está detrás de nosotros y no ocurrió nunca; el otro está delante y no ha ocurrido todavía.

El primero es el jardín. Casi todas las culturas guardan la memoria de un tiempo en el que casi todo era gratis.

En el Edén, el hombre y la mujer disponían de todos los árboles — la cláusula de exclusión afectaba a uno solo, detalle sobre el que volveremos, porque donde hay una sola cosa prohibida acaba habiendo economía —.

En la Edad de Oro de los griegos, contaba Hesíodo, la tierra daba el fruto sola, sin arado, y los hombres vivían sin fatiga, ajenos a la vejez [54] .

El paraíso, en todas sus versiones, es el mundo anterior a la escasez: nada falta, luego nada hay que repartir, luego nada hay que poseer. En el jardín no hay vallas: ¿para qué?