Todo lo que debes Capítulo 3 — El oro de Midas lo propio y lo apropiado
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Capítulo 3 — El oro de Midas lo propio y lo apropiado

El pueblo llevaba dos mil años cobrándole a la tierra, y la tierra, aquel año, dejó de pagar.

Y entonces el pueblo hizo lo que hacen los deudores cuando el acreedor es el subsuelo: emigró.

A Barcelona, a Alemania, a la isla de enfrente donde decían que el turismo iba a necesitar manos.

Las familias se partieron como se parten las herencias pobres: mal, deprisa y para siempre.

En el muelle — retenga usted este muelle, porque esta novela va a volver a él — se dijeron frases que costaban más que los pasajes, y hubo hermanas que se repartieron una casa con pozo y una barca con nombre de mujer, y no encontraron manera de que las dos cosas cupieran en dos orgullos, y resolvieron el reparto con el procedimiento más caro que existe: dejar de hablarse.

El silencio es la única deuda que cobra interés compuesto en las familias.

Sesenta años después seguía corriendo, y este libro es, entre otras cosas, la historia de su cancelación.

De aquel muelle salieron, con meses de diferencia y en direcciones opuestas, dos personas que nos importan: una muchacha llamada Cecilia, rumbo a la isla del turismo con una maleta y una hermana con la que ya no se hablaba; y un muchacho llamado Amadeo, hijo y nieto de mineros, rumbo a Alemania con otra maleta y un proyecto sin nombre para no gastarlo.

La tierra había dejado de pagar, y ellos salieron al mundo a cobrarle a otra cosa. El resto está en ciento catorce cartas.

I. Cuatrocientos botones y un primo puntual

La tía Cecilia se murió un jueves, con esa puntualidad administrativa que tienen los muertos de las familias modestas, y su funeral fue, como casi todos los funerales verdaderos, una obra en dos pisos: arriba el dolor, que era auténtico, y debajo, circulando entre los bancos de la iglesia como un camarero invisible, la contabilidad.

El cura era nuevo, supliendo al titular, y llevaba los datos de la difunta en una ficha que consultó dos veces de más: la llamó Celia en el responso y Cecilia en la despedida, y en la comunión, ya crecido, se lanzó a improvisar una semblanza — “mujer entregada a los suyos, esposa y madre ejemplar” — que obligó a las cuatro primeras filas a un ejercicio de contención facial digno de la escuela japonesa de teatro, porque Cecilia había sido soltera con la contundencia con que otros son notarios, y la única vez que una vecina bienintencionada le preguntó si no se arrepentía de no haberse casado, contestó, sin levantar la vista del punto: “Arrepentirse es de cosas que se hacen, Encarnita.” La frase era patrimonio del barrio.

El cura, ajeno, siguió adelante, y remató deseando a la difunta que descansara “junto a su esposo, que la espera”, momento en el cual la señora Remedios, del tercero, emitió un sonido que quedó oficialmente registrado como sollozo.

El primo segundo llegó al velatorio con la puntualidad de los que solo tienen una cita en la agenda del alma, guardó ante el féretro su famoso minuto de silencio inmobiliario — un minuto en el que, para desgracia suya, el reloj de pared del comedor eligió dar las doce: sesenta segundos de bronce con todos mirando al suelo y los labios del primo moviéndose solos, contando —, preguntó lo del piso — renta antigua o propiedad —, y a la salida, ya en el aperitivo, se le oyó explicarle a un camarero, con la voz didáctica de los que confunden el bufé con un aula, que “los sesenta y dos metros de antes son como setenta de los de ahora, porque antes se medía de verdad”.

En el turno de pésames le estrechó la mano a Tomás reteniéndosela un segundo de más, que es como los tasadores dan el pésame, y le dijo, textualmente: “Estamos en contacto.” No especificó para qué.

No hacía falta. Hay familiares que son una notificación certificada con piernas [52] .

La rama de Mazarrón no vino. Mandó una corona — “Tus primos, que no te olvidan”, leyó Tomás en la cinta, y pensó que el verbo estaba elegido con pinzas: no olvidar no es lo mismo que recordar, igual que no venir no es exactamente faltar —.

Alma, a su lado, leyó la misma cinta y dijo en voz baja la frase que abriría, sin que ninguno de los dos lo supiera aún, la investigación entera: “Sesenta años sin hablarse y se gastan cuarenta euros en flores. Algo quedó a deber alguien.” Tomás asintió por asentir.

Tardaría dos volúmenes en saber cuánta razón cabía en una cinta de flores.

Del inventario del piso — la noche de la caja de zapatos — ya se habló donde debía hablarse, en el prólogo, porque hay descubrimientos que no admiten esperar al capítulo tercero.

Añadamos ahora lo que aquella noche Tomás no miró bien: que el piso entero era un archivo de una precisión conmovedora — los botones por tamaños, las facturas por años en cajas de galletas danesas, tres décadas de recibos de la luz con una goma por década — y que en un archivo así, donde hasta la calderilla tenía expediente, la desaparición de sesenta y ocho mil euros no podía ser un descuido.

En las casas ordenadas no se pierde el dinero: se esconde o se destina.

Y Cecilia, que en paz descanse y en orden, no escondía. Destinaba.

Las hermanas

El sábado siguiente al funeral, Alma y Marisa quedaron en el piso de Cecilia para lo que las mujeres de las familias llaman “ir adelantando”, que es el nombre técnico del duelo con bolsas de basura de sesenta litros.

Tomás se ofreció a ayudar y fue rechazado por unanimidad con esa mirada de las hermanas que significa que hay liturgias con aforo.

Trabajaron toda la mañana con el método de siempre — Alma clasificaba, Marisa opinaba, las dos deshacían a ratos lo que la otra había decidido —, y el armario de los abrigos les dio la escena que el piso les debía: tres abrigos buenos, sin estrenar, con la etiqueta puesta, comprados a lo largo de veinte años y guardados “para una ocasión” que Cecilia, por lo visto, nunca consideró llegada.

Marisa se probó el de espiga delante del espejo del pasillo y se quedó un momento quieta, con las manos en los bolsillos ajenos.

“¿Tú te das cuenta”, dijo al espejo, “de que esta mujer iba de rebajas a comprarse ocasiones que luego no se daba permiso de tener?” Alma, desde la puerta, con una caja de galletas danesas llena de recibos en las manos: “Me doy cuenta de que eso lo hemos aprendido de alguien.” Se miraron por el espejo, que es como se dicen las hermanas las cosas de calibre, y les entró la risa floja — la risa de los duelos, que es la más honda que existe porque viene de la misma capa que el llanto y usa los mismos músculos —, y acabaron las dos sentadas en la cama de Cecilia, con un abrigo de espiga puesto y otro por poner, riéndose de nada con los ojos mojados.

Fue Marisa la que lo dijo, después, mientras liaban la cuerda de las bolsas: “Nosotras no vamos a acabar así, ¿verdad? Sesenta años sin hablarnos por una casa, por una barca, por lo que fuera aquello de la rama de Mazarrón.” Alma apretó el nudo.

“Nosotras no. Nosotras nos lo contamos todo.” Y en el silencio que siguió — medio segundo, no más, pero los silencios de las hermanas se miden en otra escala — el teléfono de Marisa vibró en el bolso por tercera vez en la mañana, y por tercera vez Marisa lo miró sin cogerlo y dijo “nada, cosas de Felipe” con una décima de segundo de más, y Alma pensó que ya preguntaría, y no preguntó, porque en aquella familia el respeto y el silencio compartían armario como los abrigos, y a veces una se ponía el que no era.

Al recoger, a Marisa se le abrió el bolso y Alma le alcanzó lo que se había caído: una libretita pequeña, de tapas de flores, con gomilla.

“¿Sigues apuntándolo todo?” — “Desde los doce años. Las de esta familia opinamos en libreta, ya lo sabes.” Se llevaron los abrigos — Marisa el de espiga, puesto, “que las ocasiones, hija, son un timo: la ocasión es que es sábado” —, dejaron el piso oliendo a cerrado y a limpio, que es el olor exacto de las herencias, y en el descansillo, ya con las bolsas, Marisa se volvió un momento hacia la puerta y le dijo al piso, en voz baja, sin ninguna vergüenza: “Adiós, guapa. Habernos dicho algo.” Que era, aunque ninguna de las dos lo supiera aún, el epitafio provisional de esta historia entera, pendiente de enmienda durante dos volúmenes más.

II. La libreta gris

La libreta estaba en el cajón de la cocina — el de las tijeras, donde las tijeras no estaban, con lo que en esta familia empezaba a perfilarse una teoría general de los cajones: el sitio de cada cosa es donde su nombre no llega —.

Era una libreta de ahorro de las de imprimir por ventanilla, gris, con las esquinas blandas de uso, y Tomás la abrió como se abren los documentos de los muertos: con dos dedos y permiso de nadie.

Las primeras páginas eran la biografía financiera de una hormiga: la pensión el día 25, la luz, el agua, la comunidad, veinte euros al cepillo en efectivo los lunes — Dios sin justificante, como mandaba su teología —, y un traspaso mensual pequeño y constante a una cuenta de ahorro, sesenta euros, luego ochenta, luego cien, con la regularidad de los que ahorran no para algo sino contra algo.

Así cuarenta años, imaginó Tomás, aunque la libreta solo alcanzaba los últimos seis: la vida entera de su tía cabía en cuatro movimientos mensuales, como una sonata muy austera.