Capítulo 2 — El tributo deber, deuda, deberes #4
Quedaba una cuerda que Tomás no miró aquella noche, porque las cuerdas de uno son siempre las últimas que se ven: la de los tres mil euros del sobre de la clínica dental, que ya no ataban a ninguna acreedora viva — Cecilia llevaba semanas en el cementerio nuevo, con vistas al mar que ella decía que eran para los visitantes, porque los de dentro ya se sabían el mar de memoria —.
Una deuda cuyo acreedor ha muerto no se extingue: se queda sin ventanilla.
Y una deuda sin ventanilla, aprendería Tomás a lo largo de tres volúmenes, es la única que hay que pagar entera, porque ya no admite quita, ni plazo, ni abrazo — solo dirección contraria —.
Pero eso él aún no lo sabía. De momento apagó la luz.
EL CUADERNO ROJO (ii)
Asientos del capítulo segundo — letra de Tomás Abril · cuaderno rojo
Que deber viene de tener algo de otro, y que el deudor es un custodio: lo que debo no es un agujero — es algo ajeno que tengo en las manos y viaja conmigo.
Que somos el animal que promete, y que nos hicimos personas en el taller del acreedor y el deudor, y que por eso pagar la última cuota desata un nudo y no un número.
Que el que no debe nada a nadie no es libre: es huérfano.
Que la deuda buena tiene medida, sentido y final, y la mala tiene laberinto; y que la primera victoria sobre el Minotauro es siempre cartográfica: cuánto, a quién, a qué precio, hasta cuándo.
Que la factura se amortiza y el favor no; y que cuando alguien me diga “será un regalo” con voz de gato afónico, pregunte por el vencimiento antes de dar las gracias.
Que el amor lleva cuentas, y que el problema no es la libreta: es quién manda en ella. Que el hermano mayor tenía toda la razón, asiento por asiento, y se quedó fuera de la fiesta. No ser el hermano mayor.
Que hay una lista debajo de los manteles buenos que dice lo que Alma no dice. Corresponder sin nombrarla. Honrar sin saldar.
Que le debo tres mil euros a una acreedora sin ventanilla. Averiguar cuánto vale un euro en dirección contraria.
Intermedio — El paseo del acantilado
Los domingos por la tarde, si el viento lo permitía — en la isla el viento es la autoridad competente —, Tomás y Alma caminaban por el sendero del acantilado hasta el faro y volvían.
Era la institución más antigua del matrimonio: veintidós años de la misma hora, el mismo camino y distinta conversación, que es la fórmula exacta de la fidelidad según cualquier escuela que se respete.
Aquel domingo, con el mar abajo trabajando a destajo contra las rocas, hablaron de la herencia, de la caja, del enigma — de todo menos de la casilla penúltima, que paseaba con ellos a dos pasos, como un perro sin correa —.
Y Alma, parándose en el mirador de siempre, con el pelo en la cara, formuló una de sus sentencias de pizarra, de las que dictaba con la seguridad de quien ha corregido mucho examen ajeno: “En esta familia no va a pasar lo que pasó con tu tía. Aquí las cosas de dinero se hablan. Todo lo que se habla se arregla, Tomás; lo que no se habla, se hereda.” Sonó definitiva, como sonaban todas las suyas, y Tomás asintió con el entusiasmo específico de los que están ocultando algo en ese preciso instante.
El mar siguió a lo suyo. La sentencia quedó dicha, redonda, apuntada mentalmente por ambos — y el tiempo, que corrige los exámenes de los profesores, le pondría al margen, dos volúmenes más tarde, la anotación que merecía: incompleta —.
Porque hablarlo todo, descubriría esta familia, exige antes algo que la sentencia daba por supuesto y nadie en aquel mirador practicaba todavía: saber quién habla primero cuando los dos están callando.
Pero eso aquella tarde no lo sabía ni Alma, y el faro, que llevaba un siglo viendo pasar matrimonios con perros invisibles, encendió su primera vuelta y no dijo nada, que para eso es un profesional.
Intermedio último — El botón
La última vez que Tomás la vio viva fue tres semanas antes del funeral, un jueves, y no lo supo.
Había pasado a dejarle unas naranjas y ella lo recibió como recibía todo: mirando primero las manos — qué traían, cómo las traían — y después la cara.
— Ese abrigo pide un botón desde marzo — dijo —.
Quítatelo. Y Tomás, cuarenta y nueve años, profesor tardío, se quitó el abrigo como se lo había quitado a los nueve.
La vio coser sin gafas, al lado de la ventana, con el hilo entre los dientes y esa precisión sin edad de quien ha despachado cuarenta años de botones: las manos de su tía eran lo único de ella que no había envejecido.
En mitad de una puntada se quedó quieta.
— Tomás. — Qué. — ... — ¿Qué? — Nada. Que sujetes bien.
— Él sujetó. Sobre el armario del pasillo, medio asomada al borde del altillo, había una caja de zapatos; Tomás hizo el gesto de ir a empujarla hacia dentro, por si acaso.
— Déjala — dijo Cecilia sin levantar la vista —. Ya bajará ella sola cuando toque.
Le puso el abrigo como se le pone la manta a un caballo bueno, le hizo el café en el puchero de siempre y no consintió que fregara la taza.
— ¿Y qué te debo? — dijo él en la puerta, por decir algo, señalando el botón con la barbilla.
Cecilia lo miró un segundo de más, mordió el hilo que aún llevaba en la mano y contestó: — Las visitas no se cobran.
— Y luego, ya cerrando, en voz más baja: — Todo lo demás, sí.
— Se quedó en el umbral hasta que el coche dobló la esquina, como se despide a los barcos.
Tres semanas después, Tomás heredó dos misterios y la certeza tardía de que aquella tarde su tía le había estado tomando un examen: uno de esos que, según sabría mucho más tarde, no avisan de que lo son.