Todo lo que debes Capítulo 2 — El tributo deber, deuda, deberes #3
20%

Capítulo 2 — El tributo deber, deuda, deberes #3

La segunda es la del hijo pródigo, y es la más escandalosa de las dos [47] .

El hijo menor pide la herencia en vida — que es tratar al padre de muerto en vida —, se la funde íntegra en el extranjero, y vuelve con un discurso de deudor perfectamente redactado: padre, he pecado, ya no merezco ser tu hijo, trátame como a un jornalero.

Trae, en suma, un plan de refinanciación: convertir el vínculo impagable en una relación laboral pagable.

Y el padre no le deja terminar el discurso.

Lo ve de lejos — lo que significa que miraba el camino —, corre (un patriarca oriental corriendo: el detalle escandalizaba más que todo lo demás), lo abraza y pide el anillo, la túnica y el ternero.

No renegocia la deuda: la disuelve en el abrazo.

Y entonces aparece el personaje en el que casi nadie repara y que es el espejo de la libreta de Alma: el hermano mayor, el que se quedó, el que cumplió, el que lleva años sirviendo “sin desobedecer jamás una orden” — y que se niega a entrar en la fiesta, recitándole al padre su contabilidad exacta: a mí nunca me diste ni un cabrito —.

Tiene razón, esa es la tragedia: su lista es correcta, asiento por asiento.

Y es perfectamente estéril. El hermano mayor es el hombre que confundió el amor con su contabilidad, y se quedó fuera de la fiesta abrazado a su libreta cuadrada.

Tomás no le contó a Alma que había visto la libreta.

Hizo algo mejor, o eso quiso creer: el domingo siguiente, sin anunciarlo, canceló su partida mensual de pádel y se llevó a Leo el día entero para que ella fuera, por fin, a aquel curso de Santander que ya no existía, a cualquier curso, a donde quisiera.

Alma no preguntó. Apuntó algo aquella noche en la última página — Tomás nunca supo qué — y a él le pareció oír, desde la cocina, el ruido de un asiento contable cerrándose, o abriéndose, que en la contabilidad de los abrazos viene a ser lo mismo: en ella el balance perfecto no es el cero del que ya no se debe nada, sino el desequilibrio fecundo del que quiere seguir debiendo, porque ha entendido que deberse mutuamente es el estado natural de los que se quieren.

El jubileo bíblico mandaba perdonar todas las deudas cada cincuenta años para que ninguna atadura fuera eterna [48] .

Los matrimonios que duran celebran jubileos más a menudo: cada vez que uno de los dos quema la lista que tenía toda la razón.

Semanas después, en la comida del domingo, Tomás vio a Marisa — la hermana de Alma, la mujer de Felipe — hacer un gesto mínimo que no habría notado antes de encontrar la libreta: al recoger el correo del buzón de sus suegros, donde ella y Felipe seguían teniendo domiciliadas “cuatro cosas”, separó un sobre del banco con el índice, lo dobló por la mitad y se lo guardó en el bolso con la naturalidad exacta de quien lleva meses haciendo el mismo gesto.

Nadie más lo vio. Tomás tampoco supo que lo había visto: el ojo aprende antes que su dueño, y archiva.

La libreta de lo que no se dice, comprendería mucho más tarde, la lleva cada casa — solo que en algunas las páginas están en blanco por pudor, y en otras porque alguien las arranca.

VII. La charla de las mariposas (scherzo)

Por aquellas semanas el banco de Tomás organizó, en la sala polivalente del centro cívico, una “Jornada de Salud Financiera para Mayores”, con merienda incluida, que la oficina de don Braulio tuvo que ejecutar porque la central medía estas cosas en un indicador llamado engagement (compromiso, vinculación) que nadie sabía pronunciar sin vergüenza.

Vino de la capital un formador joven con americana sin corbata y una presentación titulada “Tu dinero también quiere volar”, cuya primera diapositiva mostraba una mariposa saliendo de una hucha, imagen sobre cuyo simbolismo exacto — ¿el dinero se va?

¿el dinero se transforma? ¿la hucha era una crisálida?

¿estaba muerta? — el público de setenta y tantos abrió un debate inmediato y feroz que el formador ya no logró cerrar en toda la tarde.

A la señora Remedios, del tercero de Cecilia, que había criado gusanos de seda de niña, la metáfora le parecía directamente una falta de respeto a la sericicultura.

Don Braulio, en la segunda fila, sonreía con los dientes de abajo, que era como sonreía cuando la central tenía razón en los papeles y toda la culpa en la sala.

El desastre técnico llegó, como llega siempre, por exceso de confianza en los cables.

En la diapositiva “SU DINERO ESTÁ SE- GURO” — mayúsculas corporativas, candado dorado, familia rubia — el proyector, un aparato veterano del centro cívico con más horas que el Cinexín, emitió un chasquido seco, un olor a plástico bíblico y una voluta de humo digna de cónclave, y se apagó para siempre, dejando la frase a medio proyectar en la pared: “SU DINERO ESTÁ SEGU”.

El formador, con el mando en la mano, dijo “un momentito” tres veces, en tres tonos descendentes de fe.

La señora Remedios, con la voz clara de quien ha sobrevivido a cosas peores que un PowerPoint, remató desde la tercera fila: “Ni el candado les ha llegado entero, hijo. Y así con todo.” Se sirvió la merienda antes de tiempo por consejo urgente de don Braulio, que sabía por experiencia que no hay crisis de confianza que un bizcocho no aplace, y aquella tarde el banco no vendió un solo plan de pensiones pero la sericicultura ganó siete conversas.

En el acta interna, el formador consignó “incidencia audiovisual ajena al mensaje”.

El mensaje, opinó después Alma cuando Tomás se lo contó, había sido la incidencia: no hay diapositiva que aguante lo que promete.

VIII. Nunca me das tu dinero

De cómo el dinero deshace lo que el amor ha hecho, los Beatles dejaron un documento sonoro que tiene la particularidad de ser, a la vez, la denuncia y la obra maestra.

En 1969, la banda más querida del planeta era también una pequeña empresa en quiebra técnica — Apple Corps, aquel sueño de mecenazgo psicodélico — y cuatro amigos de Liverpool enterrados bajo gestores, abogados y porcentajes que ya solo se hablaban a través de representantes.

De esa amargura McCartney destiló la canción que abre el gran popurrí final de Abbey Road , y cuyo título lo dice todo: You Never Give Me Your Money [49] — nunca me das tu dinero, viene a reprochar la letra, solo me das tus papeles graciosos, y en mitad de la negociación todos rompen a llorar —.

Es la radiografía del momento en que en una comunidad humana el vínculo muere y queda solo la contabilidad: cuando ya no circulan ni la confianza ni los favores ni la música, sino únicamente documentos — el papel gracioso —.

La banda que había cantado al mundo que el dinero no compra el amor descubría el corolario sombrío: pero sí puede embargarlo.

Que de aquella ruina saliera el medley (popurrí) de Abbey Road — la música más luminosa de su despedida — es la moraleja inesperada que este libro recogerá al final: también las deudas y las rupturas pueden, elaboradas, convertirse en obra.

Pero la advertencia queda en pie, y vale para matrimonios, para bandas y para países: cuando en una mesa ya solo se habla de quién debe qué a quién, la fiesta ha terminado, aunque la música siga sonando un rato por inercia.

IX. Las obligaciones elegidas

El cuadro de amortización sigue en el cajón de los papeles, debajo del manual de la freidora.

Tomás Abril ya no lo mira con vértigo, o no solo: lo mira como se mira el mapa de un laberinto del que se conoce el hilo.

Sabe lo que debe, a quién, hasta cuándo y a cambio de qué — la casa donde Alma corrige exámenes y Leo pierde las tijeras —, y ese saber no encoge la deuda pero la convierte en otra cosa: en una obligación elegida , con sentido y con final, una cuerda que ata, sí, pero que ata a algo que él quiere.

Esa es, al cabo, la línea que el capítulo ha venido persiguiendo por palacios, laberintos, juzgados y cocinas: no separa a los que deben de los que no deben — no existe la segunda orilla: vivir con otros es deber —, sino a los que eligen sus ataduras de los que son elegidos por ellas.

Deber la hipoteca de la casa que se habita, los cuidados que se corresponden, el favor que se honra: cuerdas que sostienen.

Deber sin saber cuánto, a interés de laberinto, a acreedores que prefieren el dominio al cobro: cuerdas que cuelgan.

La libertad no es vivir sin deudas. Es poder mirar cada una de las propias cuerdas y decir: esta la elegí, esta la honro, esta la corto.

Y luego apagar la luz, como manda Alma, que de números sabe más que nadie en esta casa y por eso guarda su libreta debajo de los manteles buenos: porque sabe que hay cuentas que solo cuadran si no se cierran.