Todo lo que debes Capítulo 2 — El tributo deber, deuda, deberes #2
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Capítulo 2 — El tributo deber, deuda, deberes #2

La segunda figura está en Creta. Atenas, derrotada, paga a Minos un tributo periódico: siete muchachos y siete muchachas que se entregan al laberinto, donde espera el Minotauro [40] .

Es la deuda como institución del terror: abstracta, periódica, devoradora de futuro — los acreedores cobran siempre en la misma moneda, que es gente joven —.

Y lo decisivo del mito no es el monstruo, sino la arquitectura: el laberinto, esa deuda hecha edificio, diseñada expresamente para que el que entra no sepa salir.

Quien haya intentado leer las condiciones de una tarjeta de crédito revolving (revolvente: la que se rehace a sí misma cada mes, como su nombre confiesa) reconocerá el plano [41] .

Pero el mito guarda también la salida, y es la imagen más útil de este capítulo: Teseo no vence al laberinto con fuerza, sino con un hilo.

El hilo de Ariadna no mata al monstruo — permite recorrer el laberinto sin perderse : saber en todo momento dónde se está y por dónde se ha venido —.

Trasladado del mito a la mesa de la cocina: el que tiene sus deudas mapeadas — cuánto, a quién, a qué precio, hasta cuándo — puede tener un monstruo dentro, pero tiene un hilo en la mano.

La primera victoria sobre el Minotauro es siempre cartográfica.

IV. El favor del padrino

Hay deudas que no figuran en ningún cajón porque su fuerza consiste en no estar escritas.

La escena que abre El padrino es el tratado definitivo sobre ellas, y dura cinco minutos [42] .

El funerario Bonasera, con su digna americana de hombre que cree en América, pide a Don Corleone que castigue a los que han destrozado a su hija.

Discuten el precio: Bonasera quiere pagar — pagar y marcharse, como en la tintorería —.

Y el Don, con esa voz de gato afónico, lo reconviene: nunca me has invitado a un café, nunca has querido mi amistad, y ahora vienes a comprarme un servicio.

No habrá precio. Será un regalo. “Algún día, y puede que ese día no llegue nunca, te pediré un favor a cambio.” Bonasera sale del despacho sin haber pagado nada y debiéndolo todo: ha entrado siendo un cliente y sale siendo un vasallo.

La factura tiene importe y vencimiento; el favor no tiene ni lo uno ni lo otro, y por eso no se amortiza nunca.

Esta es la distinción que el capítulo necesita dejar grabada: hay deudas simétricas — entre iguales, con medida y con salida: el préstamo que se devuelve, el favor que se corresponde, el te-debo-una entre amigos que cualquiera de los dos puede saldar sin humillarse —.

Y hay deudas asimétricas — sin medida, sin vencimiento, sin salida: diseñadas no para ser pagadas sino para mantener al deudor en posición —.

Las primeras tejen; las segundas atan. Y la prueba del algodón es siempre la misma pregunta: ¿puede esta deuda terminar?

Si la respuesta es sí, hay relación; si es no, hay dominio con papeleo sentimental.

El economista Minsky describió cómo los sistemas financieros derivan, en tiempos tranquilos, de las deudas pagables hacia las impagables — la calma incuba el exceso, y el exceso cobra de golpe [43] —.

Las personas hacemos lo mismo en pequeño: ningún sobreendeudado eligió su laberinto de una vez; entró pasillo a pasillo, en tiempos tranquilos, sin hilo.

V. Una libra de carne y un chivo

Habíamos dejado a Antonio, el mercader de Venecia, debiendo a Shylock una libra de su propia carne, y la obra nos espera en el juzgado.

Los barcos de Antonio se han perdido; el plazo ha vencido; Shylock afila el cuchillo ante el tribunal con una insistencia que hiela: pide su garantía, lo pactado, la letra del contrato.

Le ofrecen el doble del dinero, el triple: lo rechaza.

Ya no quiere cobrar — quiere ejecutar —.

Es el retrato exacto del momento en que la deuda deja de ser economía: cuando el acreedor prefiere el castigo al pago, ya no estamos ante un crédito sino ante una venganza con notario.

Porcia, disfrazada de jurista, pronuncia entonces el discurso sobre la clemencia que los actores llevan cuatro siglos queriendo declamar: la clemencia no se fuerza — cae, como la lluvia fina del cielo, dos veces bendita: bendice al que la da y al que la recibe; es el atributo de Dios mismo, y el poder terrenal se parece más a Dios cuanto más la ejerce [44] —.

Es la teología del perdón de deudas en cinco versos.

Acto seguido, eso sí, la misma Porcia derrota a Shylock con un literalismo aún más feroz que el suyo (la libra de carne, sí, pero sin una gota de sangre, que no figura en el contrato) y el tribunal lo despoja de su fortuna y hasta de su religión.

La clemencia, tan bonita en el parlamento, no alcanza para el judío.

Y aquí hay que detenerse, porque la obra sabe más que sus personajes.

Venecia entera vive del crédito: sus barcos, sus sedas, su Rialto flotan sobre el dinero prestado.

Pero la Venecia cristiana tiene prohibido prestar con interés, así que subcontrata el oficio a los judíos, los encierra en el gueto, les escupe en el puente por la mañana y les pide liquidez por la tarde.

Shylock no es un accidente: es una pieza fabricada por el sistema que lo desprecia.

La ciudad necesita el préstamo y necesita odiarlo, y resuelve la contradicción cargándola entera sobre un hombre: que el judío sea la usura, para que Venecia pueda ser el comercio.

A ese mecanismo — una comunidad que descarga su violencia y su mala conciencia sobre una víctima señalada, y compra con ello una inocencia de mentira — el pensador René Girard le dedicó una obra entera y le dio un nombre que ya usábamos sin saber lo que decíamos: el chivo expiatorio [45] .

Lo veremos funcionar a plena potencia en los volúmenes segundo y tercero, cada vez que una crisis financiera estrene culpables.

Quede aquí su primera ficha: el odio al acreedor es, a menudo, la forma que tiene una sociedad endeudada de no mirarse las cuentas.

VI. La contabilidad de los abrazos

Alma llevaba las cuentas de la casa en una libreta de espiral que escondía, por pudor y no por secreto, debajo de los manteles buenos.

Tomás la encontró un sábado, buscando los manteles, y la hojeó con la sensación culpable de estar leyendo un diario.

Era peor que un diario. En la libreta, con la letra clara de profesora de matemáticas, estaban todos los números de los que nunca hablaban: lo que faltaba para terminar el préstamo del coche, lo que se llevó el arreglo de la caldera, una columna mensual rotulada “imprevistos” que era de una exactitud escalofriante, y, al final, en una página aparte, una lista distinta.

No tenía título. Decía cosas como: “Marzo: su madre, tres semanas. Junio: renuncié al curso de Santander. Octubre: pidió el cambio de turno por mí”.

Era una contabilidad, comprendió Tomás con un escalofrío, pero no de dinero.

Alma llevaba — ¿la llevamos todos? — una doble entrada de renuncias y cuidados: quién cedió, quién acompañó, quién se quedó. La libreta de lo que no se dice.

Aquella noche no durmió, y no por la hipoteca.

Pensó que veintitrés años de matrimonio eran, entre otras cosas, una inmensa deuda cruzada que ninguno de los dos había firmado y los dos pagaban y cobraban a diario; que él debía a Alma tres mudanzas, un duelo entero y aquella década en que él estuvo más dentro de sí que en casa; que ella le debía — y aquí se detuvo, porque descubrió que no sabía hacer la lista de lo que ella le debía, y sospechó que esa asimetría era la noticia —.

¿Se podía vivir así, debiéndose tanto? ¿Se podía vivir de otra manera?

A las tres de la mañana, con la lucidez carbonatada del insomnio, a Tomás Abril se le apareció la verdad del capítulo: el problema no era que el amor llevara cuentas. El problema era qué hacía con ellas.

Porque hay dos parábolas sobre esto, y hacen falta las dos.

La primera es la del siervo despiadado [46] : un hombre debe al rey diez mil talentos — una cifra deliberadamente absurda, el PIB de una provincia —, suplica, y el rey le perdona todo.

A la salida, el perdonado se cruza con un compañero que le debe cien denarios — el sueldo de tres meses —, lo agarra del cuello y lo hace encarcelar.

El rey, al saberlo, revoca el perdón. La parábola es un teorema: el que cobra con dureza lo poco habiendo sido perdonado de lo mucho no ha entendido su propio balance — todos somos deudores netos: de quien nos crió, nos enseñó, nos esperó, nos perdonó —; la memoria de lo recibido es la única vacuna contra la ferocidad del cobrador.