Capítulo 2 — El tributo deber, deuda, deberes
I. El tercer habitante
Intermedio — La empresa con nombre de perfume
El trabajo de Tomás Abril merece una visita, porque en él pasaba cuarenta horas semanales y porque el lugar era, a su manera, otro capítulo del libro.
La empresa se llamaba de toda la vida Transportes Insular Cabrera, y desde hacía dos años se llamaba también — encima, en la fachada, en un rótulo con tipografía de startup — VOLTRA, que era el nombre que le había puesto el fondo comprador, elegido según los veteranos por un algoritmo y según Chano por un sobrino.
Chano era el compañero de mesa de Tomás desde hacía diecinueve años: un hombre con don de gentes desperdiciado en albaranes, capaz de venderle rutas a un naviero y motes a toda la plantilla — al director de operaciones nuevo, que decía “alinear” cuatro veces por reunión, lo llamaba “el Sastre” —.
Con el fondo habían llegado las novedades: una aplicación para pedir los días libres que exigía justificar “el propósito del descanso” (Chano escribía siempre “descansar”, y llevaba dos años sin que nadie lo leyera); una máquina de café nueva que ya no aceptaba monedas sino una app con saldo — el dinero en efectivo expulsado del office como un fumador, y los veteranos haciendo colecta digital para el café de la señora de la limpieza, que no tenía smartphone: la economía moral abriéndose paso por la puerta de atrás de la transformación digital —; y unas pantallas en las paredes con los KPI del mes, siglas que nadie de la nave preguntaba ya qué significaban porque la respuesta iba a ser en inglés.
“Antes el jefe te miraba a ti”, resumía Chano, señalando las pantallas con el bocadillo.
“Ahora miráis los dos el mismo número, como dos que ven el fútbol. El número no sabe que existes, pero tú al número le rezas.” Tomás apuntó la frase en el cuaderno rojo aquella misma tarde, en la sección de los filósofos sin saberlo, entre la señora Remedios y el Rubio de Águilas, donde Chano, por otra parte, siempre había merecido estar.
II. El animal que promete
La palabra deuda viene del latín debere , que es contracción de de habere (tener de otro): el que debe tiene en su poder algo ajeno — el deudor es, gramaticalmente, un custodio—.
Y la palabra obligación lo dice aún más claro: ob-ligare (quedar atado hacia).
La lengua no conoce deudas sueltas: deber es siempre deber a , estar ligado con .
Antes que un número rojo, la deuda es una cuerda.
Nietzsche, que tenía un olfato de perdiguero para los sótanos de la moral, encontró debajo de esa cuerda nada menos que el origen del ser humano tal como lo conocemos.
En la segunda parte de su Genealogía de la moral plantea la pregunta con su brutalidad característica: ¿cómo se fabrica un animal al que le esté permitido prometer?
[34] Porque prometer es un prodigio antinatural: exige memoria, constancia y futuro.
El animal humano, sostiene Nietzsche, se fabricó a sí mismo en el taller más antiguo del mundo: la relación entre acreedor y deudor.
Ahí aprendió a medir, a comparar, a responder de sí — ahí se hizo calculable, y de paso se hizo persona—.
Y dejó una cicatriz en el idioma alemán que Nietzsche señala con el dedo: Schuld significa, a la vez, deuda y culpa.
Una palabra para las dos cosas. El que debe se siente culpable; el culpable se siente en deuda.
No es un juego de palabras: es una radiografía.
Por eso las deudas pesan más de lo que suman, y por eso pagar la última cuota de algo produce un alivio que no es financiero sino casi sacramental: no se salda un número, se desata un nudo.
Hay una demostración empírica de la tesis de Nietzsche, y no está en ningún archivo: está en cualquier disco de Miles Davis.
Póngase, si quiere, Kind of Blue — el disco se grabó prácticamente sin partituras, con apuntes mínimos repartidos horas antes [35] — y oirá, en tiempo real, a cinco animales que prometen: cada músico entra en el tiempo de los otros fiado de que los otros sostendrán el suyo, el contrabajo presta un pulso que el trompetista gasta por adelantado, el batería avala compases que aún no existen, y el silencio de Miles — esos huecos escandalosos que dejaba, y que eran su firma — es la operación de crédito más elegante de la historia de la música: callar es prestarle al otro el espacio, con la certeza de que lo devolverá con intereses.
El jazz es la Schuld redimida: una economía de deudas cruzadas donde nadie ejecuta la garantía y todo el mundo cobra.
Por eso una banda que suena bien produce en el oyente esa alegría que no es solo estética: está oyendo funcionar, durante cuarenta minutos, la sociedad que le prometieron de pequeño.
Y no hace falta cruzar el Atlántico. En este país hubo hombres que hicieron esa misma operación con los materiales de aquí: juntar lo culto y lo popular hasta que dejara de notarse la costura — un filósofo con guitarra eléctrica poniéndole rumba a la semilla negra del son, un flamenco de Figueras cantando a Lorca con acento de Dylan [36] —.
Los nombres los pondremos más veces, porque se les debe método: la convicción de que no hay que elegir entre la copla de la abuela y el seminario alemán, entre el mostrador del bar y la biblioteca — que la sabiduría, como el dinero bien entendido, solo vale si circula entre clases, registros y orillas—.
Conviene decirlo aquí, en el capítulo de las deudas, porque es la deuda confesa de estas páginas: escribir sobre Anaximandro con ritmo de sobremesa es un intento de pagar, en la moneda de uno, lo que aquellos discos enseñaron.
Conviene decirlo ya, porque este capítulo va a caminar por una cornisa: nada de esto significa que la deuda sea mala.
Significa que es seria. La vida con otros es una red de dares y deberes — el antropólogo Mauss lo redujo a tres obligaciones que sostienen toda sociedad humana: dar, recibir, devolver [37] —, y el que no debe nada a nadie no es libre: es huérfano.
La cuestión, que es la cuestión entera del capítulo, no es cómo vivir sin deudas, sino cómo distinguir las deudas que nos hacen de las deudas que nos deshacen.
Primera carta de Amadeo
Frankfurt am Main, 14 de marzo de 1971
Cecilia:
Te escribo desde la pensión, en la mesa de la cocina que nos deja la señora Hoffmann los domingos, que aquí el domingo es un país aparte, cerrado y gris, donde solo abren las iglesias y la nostalgia.
Han pasado cinco semanas y dos días desde el muelle.
No te voy a decir que se me han hecho largas porque estaría feo empezar mintiendo: se me han hecho eternas.
Del trabajo no te quejo nada. La fábrica es grande como tres iglesias y más limpia que el comedor de tu madre, y a los españoles nos llaman Gastarbeiter, que quiere decir trabajador invitado, aunque de invitado tiene lo que yo de alemán: al invitado no le fichan la entrada.
Pago mi cama, mando a casa lo que puedo, y aparto — esto te lo digo a ti sola, Cecilia, y me lo guardas — un sobre aparte que es el nuestro.
El sobre del proyecto. No le pongo nombre por no gastarlo.
Aquí he hecho un amigo, el Rubio de Águilas, que trabaja en mi línea.
Los del barracón le hacen la vida un poco cuesta arriba porque el Rubio es como es — tú me entiendes, y si no me entiendes ya te lo explicaré mirándote a la cara, que hay cosas que por carta se estropean —, y yo le he dicho a más de uno que al que se meta con él le ajusto yo la cuenta, que para algo soy de Mazarrón y sé lo que es que a uno le miren torcido por no venir de donde hay que venir.
El Rubio sabe más música que un pentagrama.
Tiene un transistor y por las noches, bajito, pilla Radio Luxemburgo, y el otro día sonó una brasileña que decía — me lo tradujo él, que el Rubio hasta portugués saca de donde no hay — que la tristeza no tiene fin, y la felicidad sí [38] .
Nos quedamos los dos callados como en misa.
Luego dijo: “Eso es mentira, Amadeo, pero qué bien suena la mentira.” Y yo pensé en ti, en la felicidad esa con fecha de caducidad, y decidí no creérmela, la canción, con todo lo bonita que es: nuestra felicidad no va a tener fin porque la estoy pagando a plazos, que es la manera más segura de que una cosa sea de uno.
No le digas a nadie lo del sobre. Ni a tu hermana, Cecilia, a tu hermana menos que a nadie, que tu hermana quiere bien pero cuenta todo, y hay cuentas que solo salen si no se cuentan.
Cuídame la orilla. Dile al mar de mi parte lo que tú ya sabes.
Tuyo, con todo lo que la palabra aguante y un poco más,
Amadeo
P. D. — La señora Hoffmann dice que escribo demasiadas cartas. Le he dicho que usted no se preocupe, que es correspondencia comercial. No es del todo mentira: te estoy escribiendo lo que valgo.
III. Los pretendientes, el laberinto y el hilo
La Odisea contiene las dos figuras de la deuda mala.
La primera está en Ítaca, comiéndose la casa.
Mientras el dueño falta, ciento ocho pretendientes se instalan en su palacio a cortejar a la señora y, sobre todo, a devorar: sus vacas, su vino, sus reservas, año tras año, sin pagar ni pensar pagar [39] .
Homero los retrata con un detalle de contable indignado — se oye, bajo los hexámetros, el rechinar de un patrimonio consumido —.
Los pretendientes son la deuda en su figura más antipática: el consumo que carga la cuenta a un ausente, el presente que se come el futuro convencido de que el acreedor no volverá.
Aviso de hace veintiocho siglos: el acreedor siempre vuelve.
La segunda mitad de la Odisea es, entre otras cosas, la liquidación más sangrienta de la historia de la literatura: cuando el dueño por fin cierra la puerta del salón con los pretendientes dentro, lo que sigue no es una negociación.