Todo lo que debes Capítulo 1 — Pistis, o lo que sostiene el mundo #5
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Capítulo 1 — Pistis, o lo que sostiene el mundo #5

Y aquí, en la última página del primer día de viaje, digamos en voz baja la tesis que el resto del libro irá desplegando.

Fiarse es exponerse: el que da crédito — a una persona, a una promesa, a un futuro — renuncia a la garantía total, porque la garantía total no existe; hasta Shylock, con su contrato perfecto, acabó descubriendo que la carne no se deja cortar sin sangre y los contratos no se dejan cumplir sin mundo.

Nuestra civilización entera es un intento, cada vez más sofisticado, de asegurar la confianza: scoring, colateral (garantía pignorada), avales, algoritmos — la fe convertida en cálculo, Fráncfort en lugar de Feacia.

Algo se gana con ello, y no seamos ingenuos: se evitan muchos naufragios.

Pero algo se pierde también, y hay que saber qué: la confianza enteramente asegurada ya no es confianza, como el amor con contrato de servicios ya no es del todo amor.

Vivir es prestar sin garantía total: el que tiene hijos, el que planta un árbol, el que da su palabra, el que se casa, el que enseña, presta a un futuro que no firma nada.

A eso lo llamaremos aprender a amar como un mortal: cuidar lo que se puede perder, fiarse sabiendo que la fe puede ser traicionada, y volver a fiarse — no por inocencia, sino porque la alternativa, la vida enteramente garantizada, se parece demasiado a no vivir.

Tomás Abril no pensó nada de esto al salir del banco.

Pensó que doce mil euros dan para poco si el cuñado tiene razón con lo de las criptomonedas, que es el tipo de pensamiento del que se ocupará el capítulo cuarto.

Pero al pasar junto al cajero automático le sostuvo la mirada a su reflejo un segundo más de lo habitual, como quien saluda a un desconocido del que ha oído hablar.

Aquella noche, en la cama, Alma corregía exámenes con el bolígrafo rojo, que era su manera de rematar los días: el mundo podía ser un caos, pero al menos los sistemas de ecuaciones iban a salir corregidos.

Tomás le contó lo del banco. Le contó lo del perfil, lo del café de fotocopiadora, lo de las cuatro veces que don Braulio le llamó amigo.

No le contó lo de la casilla penúltima, y el silencio le pasó por dentro como pasa una sombra por una habitación: sin tocar nada, enfriándolo todo un grado.

—Así que Fráncfort dice que eres de fiar —dijo ella, sin levantar la vista del examen.

—Eso parece. —Fráncfort no tiene ni idea —dijo Alma, y tachó algo con una energía que dejaba claro que el tachón no era para el alumno.

Tomás tardó un momento en entender que aquello era, en el idioma conyugal de los Abril, una declaración de amor de las grandes — yo sé cosas de ti que no salen en ningún extracto, y aun así sigo aquí —, y cuando lo entendió hizo lo que llevaba demasiados meses sin hacer: le quitó a su mujer el bolígrafo rojo de la mano, despacio, como se desarma a alguien peligroso, y lo dejó en la mesilla con el capuchón puesto, que era el gesto más erótico que cabía hacerle a Alma, porque significaba esta noche ya no corriges nada .

Ella lo miró por encima de las gafas con esa media sonrisa de profesora que ha visto el truco y decide dejarse engañar, y los exámenes de segundo B pasaron la noche en el suelo, boca abajo, decentemente ignorados.

Lo que ocurrió después no lo registró ningún sistema: no generó apuntes, ni justificantes, ni scoring — fue, en el sentido técnico que este capítulo ha establecido, una operación de crédito mutuo sin garantía, a la vista, renovable por tácito acuerdo, con la piel por todo colateral y veintitrés años de historial impagable —.

Fráncfort, efectivamente, no tenía ni idea.

En algún momento, ya muy tarde, Alma murmuró contra su hombro una frase que Tomás guardó donde se guardan los asientos importantes: “A ti te fío sin nómina, tonto.” Y se durmió antes de oír la respuesta, que fue lo mejor, porque la respuesta le habría salido a Tomás con la voz rota, y con la casilla penúltima doliéndole por primera vez en el sitio exacto donde duelen las deudas que no salen en los formularios.

El viaje había empezado.

EL CUADERNO ROJO (i)

Asientos del capítulo primero — letra de Tomás Abril · cuaderno rojo

Que el dinero es un papel, y que el papel vale porque todos creemos a la vez, y que eso no lo hace menos serio sino más: las cosas sostenidas por la fe son las que más cuidado piden.

Que crédito viene de creer, y que cuando el banco me da crédito me está creyendo, y que cuando yo no me atrevo a pedir, lo que no me atrevo es a ser creído.

Que primero fue la promesa y luego la moneda: que debo desde antes de tener, y que eso no es una desgracia — es la definición de vivir con otros.

Que hay dos maneras de prestar, la de Antonio y la de Shylock, y que toda garantía dice “te cortaré algo” en letra pequeña, y que lo civilizado no es que no se corte.

Que el dinero de todos a la vez no existe en ningún banco del mundo, y que el sistema aguanta como un puente colgante: por tensión de fes cruzadas. No mirar abajo. O sí: pero agarrado.

Que la confianza del todo asegurada ya no es confianza, y que vivir es prestar sin garantía total — hijos, árboles, palabras—. Aprender a amar como un mortal.

Que le debo tres mil euros a una muerta. Este asiento no cuadra. Todavía.