Todo lo que debes Capítulo 1 — Pistis, o lo que sostiene el mundo #4
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Capítulo 1 — Pistis, o lo que sostiene el mundo #4

En 1967, en mitad del disco más célebre de la historia, los Beatles colocaron una confesión disfrazada de canción ligera y se la dieron a cantar al menos dotado de los cuatro, que era también el más querido: Ringo [24] .

With a Little Help from My Friends (Con una pequeña ayuda de mis amigos) es, despojada del vodevil, una declaración doctrinal sobre la pistis : el que canta admite que desafina, pregunta si por ello lo abandonarán, y responde que se mantiene en pie — que sale adelante, que lo intenta — con una pequeña ayuda de sus amigos.

No hay en todo el pop una definición más limpia del crédito en su sentido original: ser sostenido por la fe de otros precisamente en aquello en lo que uno no se sostiene solo.

Que la cante Ringo es la mitad del mensaje.

Los otros tres eran genios; él era el hombre que llegaba puntual, tocaba lo que la canción pedía y mantenía el tempo mientras alrededor se desataban las tormentas.

La banda más grande del mundo le dio su momento más entrañable al miembro que más necesitaba — y más merecía — el crédito de los demás.

Toda comunidad humana funciona así cuando funciona: no es una reunión de solventes, es una red de avales afectivos donde cada uno desafina en algo y es sostenido en ello.

La economía llama a esto riesgo compartido; la amistad no lo llama de ninguna manera, porque las cosas que funcionan de verdad no necesitan departamento de comunicación.

VIII. El cepillo, el diezmo y el cuenco

Puestos a hablar de fe y dinero, seamos ecuménicos, que el asunto lo merece: las tres grandes tradiciones que iremos visitando han pensado la relación entre lo divino y lo contante con una seriedad que solo se permite contar en chistes, y los chistes de las religiones sobre el dinero son, aunque no lo parezca, la parte más honesta de su teología.

El clásico del género es el del reparto [25] .

Un cura, un rabino y un monje budista discuten, en un congreso interreligioso con cóctel incluido, qué parte de los donativos entrega cada uno a Dios.

El cura explica su método: “Trazo un círculo en el suelo, lanzo el dinero al aire, y lo que cae dentro del círculo es para Dios; lo que cae fuera, para la parroquia.” El rabino asiente: “Parecido. Trazo el círculo, lanzo el dinero: lo que cae fuera es para Dios, lo que cae dentro, para la comunidad.” El monje budista sonríe con esa paz que tanto encarece los retiros: “Yo también lanzo el dinero al aire. Lo que Dios quiere, lo coge.”

Ríase usted, que para eso está, pero observe después lo que el chiste sabe: los tres lanzan el dinero al aire.

Los tres admiten, con la sinceridad que solo se permite el humor, que entre el cielo y la caja hay un momento de suspensión en que nadie —ni el más santo— sabe del todo de quién es el dinero, y que toda contabilidad sagrada es una manera más o menos elegante de resolver esa caída.

Las tres tradiciones, hablando en serio, resolvieron la caída de tres maneras que son tres filosofías completas.

El judaísmo inventó la tzedaká (צְדָקָה: justicia — que es como llama a la limosna, y el matiz lo es todo): dar al pobre no es generosidad, es justicia , restitución de algo que en rigor no era del todo tuyo; Maimónides ordenó los ocho grados del dar, y puso en lo más alto no la limosna más cuantiosa sino la que evita que haga falta — el préstamo o el empleo que devuelven al pobre su autonomía [26] .

El cristianismo inventó el secreto: que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha [27] — la donación desactivada como inversión en prestigio, el único mercado del mundo donde cotizar en bolsa anula el dividendo.

Y el budismo inventó el dāna (दान: don, generosidad): la primera de las perfecciones, donde lo decisivo no es lo que recibe el pobre sino lo que suelta el rico — dar como entrenamiento en desprendimiento, la limosna como gimnasio del desapego [28] .

Justicia, secreto, desapego: tres soluciones al mismo problema técnico, que es qué hacer con la propiedad para que la propiedad no haga algo contigo.

Tomás Abril conocía una cuarta escuela, la de su tía Cecilia, que era de misa de ocho y de teología propia: en el cepillo echaba siempre monedas, nunca billetes, “porque el billete no suena, y a Dios hay que dejarle oír que una cumple”.

Y cuando el párroco nuevo instaló un datáfono (terminal de pago con tarjeta) junto al cepillo —progreso pastoral, lo llamó—, Cecilia estuvo tres domingos sin ir a misa, no por el datáfono, explicó, sino por el recibo : “Si Dios me va a mandar justificante, esto ya no es fe: es una suscripción.” La familia lo contaba como anécdota de vieja cascarrabias.

Era, bien mirada, una objeción teológica de primer nivel, y que Simmel y Benjamin, de haberla conocido, le habrían pedido a Cecilia que firmara con ellos.

Y ya que estamos en el terreno del humor con sotana, no esquivemos el género negro, que también tiene su verdad.

En el velatorio de Cecilia —lo contaremos en su momento, porque aquel velatorio merece contarse despacio— un primo segundo al que nadie recordaba haber invitado se acercó al féretro, guardó un silencio respetuosísimo de casi un minuto y preguntó, sin transición y sin bajar apenas la voz, si el piso “era de renta antigua o de propiedad”.

Hubo un murmullo de escándalo, naturalmente.

Pero fue un murmullo hipócrita , y Tomás lo supo porque él también, en algún pliegue innoble del pensamiento, había hecho ya la misma cuenta, y usted, lector, la habría hecho, y no nos organicemos ahora un tribunal: la muerte ajena despierta en el vivo, junto al dolor auténtico, un contable diminuto y sin vergüenza que trabaja incluso durante los responsos, y la diferencia entre las personas decentes y las otras no es que el contable no exista — es quién manda en la oficina [29] .

El primo segundo era simplemente un hombre sin gerencia.

Se sirvió dos veces de las pastas y no volvió a saberse de él hasta la lectura del testamento, a la que llegó puntualísimo, con la puntualidad de los que solo tienen una cita en la agenda del alma.

IX. Lo que Tomás Abril firmó de verdad

El sistema de Fráncfort, por cierto, dijo que sí.

A media tarde, Tomás Abril tenía sus doce mil euros y don Braulio una comisión, y ambos se estrecharon la mano con la satisfacción de los hombres que creen haber hecho un negocio cuando han hecho, sin saberlo, un acto religioso.

Porque eso es lo que Tomás firmó de verdad entre los folletos y el café de fotocopiadora: un acto de fe recíproco.

El banco creyó en un Tomás futuro que devolvería el dinero; Tomás creyó en un sistema que mañana seguiría aceptando esos papeles, esos píxeles, esas promesas.

Ninguno de los dos puede demostrar que su fe está justificada.

Toda la operación — toda la economía, todo el edificio — flota sobre ese doble credo, como flota la nave de los feacios: sin piloto visible, sostenida por algo que nadie ve y todos ponen.