Capítulo 1 — Pistis, o lo que sostiene el mundo #3
Buñuel, que era el reverso exacto de Capra y por eso lo complementa, filmó la otra cara: lo que pasa cuando la confianza es ciega.
En Viridiana , la novicia idealista abre la casa a los mendigos por pura caridad sin lucidez, y los mendigos, una noche, toman la casa y montan aquella cena que parodia la Última Cena con el “Aleluya” de Haendel de fondo — una de las escenas más feroces del cine español, que le costó a la película la prohibición en España y a Buñuel la Palma de Oro, las dos cosas por el mismo motivo [19] —.
Capra y Buñuel, juntos, dan la lección completa del capítulo: sin confianza no hay mundo (Bedford Falls se hunde), y la confianza sin ojos tampoco lo sostiene (la casa de Viridiana arde por dentro).
La pistis adulta camina entre ambos: ni la ventanilla que verifica todo y no cree en nadie, ni la santa que cree en todos y no verifica nada.
La travesía entera de Tomás Abril consiste en encontrar el paso de montaña entre esas dos maneras de perderse.
(En Fráncfort, mientras tanto, el expediente cruzó su penúltimo control.
Faltaba uno. Tomás, aquella noche, soñó — no lo recordaría — con una ventanilla.)
VI. La ira del templo y la deuda del Padrenuestro
De Jesús de Nazaret, que habló del dinero más que de casi cualquier otra cosa — hagan la cuenta en los evangelios: sorprende [20] —, este capítulo necesita dos momentos, y ninguno es el que la estampita esperaría.
El primero es el único episodio en que los evangelios lo muestran ejerciendo la violencia.
No contra los soldados, ni contra los recaudadores, ni contra los pecadores de catálogo: contra los cambistas de moneda instalados en el patio del Templo, a los que volcó las mesas [21] — las trápezai (τράπεζαι: mesas), que es como se llamaba también a los bancos griegos.
Nuestra palabra banco no desciende de la griega — viene de banca, la mesa del cambista medieval —, pero la coincidencia no es casual: en las dos lenguas el dinero se llamó por el mueble sobre el que se contaba, la mesa: el mobiliario es el negocio, entonces y ahora—.
No era una enmienda al comercio: era una enmienda a la ubicación .
Hay esferas donde el dinero no debe sentarse [22] , lugares cuyo sentido se corrompe no porque el dinero sea sucio, sino porque su lógica (todo se cambia por todo) disuelve lo que esos lugares custodian: lo que no se cambia por nada.
La ira del templo es la primera ley de zonificación del dinero: hasta aquí.
El segundo momento es una palabra que mil millones de personas repiten cada domingo sin oírla.
La oración central del cristianismo, en su griego original, no dice “perdona nuestras ofensas”: dice perdona nuestras deudas — opheilémata (ὀφειλήματα: deudas, débitos), término contable, de libro mayor, el mismo que usaría un acreedor del puerto [23] —.
La petición espiritual suprema está formulada en lenguaje de morosos.
Y no es metáfora floja, sino teología exacta: la tradición que desemboca en esa oración sabía — lo veremos en el próximo capítulo, con el jubileo y sus deudas canceladas por calendario — que deber y ser, culpa y cuenta, perdón y condonación, están trenzados en la raíz misma de la vida con otros.
El alemán, idioma que no perdona, lo dice todavía con una sola palabra: Schuld (deuda y culpa a la vez).
El cristianismo puso una operación financiera en el corazón de su plegaria.
Llevamos veinte siglos pidiendo una quita cada domingo, y luego decimos que la economía y el alma son departamentos distintos.
Intermedio — La cocina de los sábados
Entre tanto templo y tanto náufrago, toca enseñar la casa, porque en esta historia la casa trabaja tanto como los personajes.
Los sábados por la mañana, la cocina de los Abril alcanzaba su régimen de máxima potencia.
Alma hacía sofrito grande — “el sofrito de la semana no se negocia: se hereda”, decía, y era literal: la sartén honda había sido de su madre y el punto del pimiento, de su abuela, de manera que en aquel aceite chisporroteaban tres generaciones a fuego medio —, y mientras tanto corregía exámenes de pie, con el bolígrafo rojo en la oreja como un lápiz de carpintero, porque Alma pertenecía a esa estirpe de mujeres capaces de detectar a la vez un error de signo en una ecuación y el punto exacto en que el tomate pide la hoja de laurel.
La radio iba puesta en la emisora que mezclaba cosas — esa mañana sonaba uno de Sevilla cantando que lo quería a morir en un idioma que era mitad rumba y mitad Francia, y Alma lo tarareaba con la eme del bolígrafo en los labios —, y por la ventana entraba la luz gorda de la isla y el olor a mar de fondo que los de fuera creen brisa y los de dentro saben que es el clima dándose importancia.
Con los números de Tomás pasaba una cosa que en casa ya nadie comentaba, de tan vista.
Alma corregía en la mesa y él cruzaba la cocina con dos tazas: — Coma cuarenta y dos con cinco — decía al pasar, sin pararse, señalando el problema con la barbilla.
Alma lo comprobaba con calculadora, por principio, y era coma cuarenta y dos con cinco, y no era un problema fácil.
Lo mismo con las listas: Tomás sabía el número de lista y el de expediente de cada alumno suyo — y de bastantes de Alma — sin haberlos estudiado jamás.
— ¿Cómo lo haces? — le preguntó ella una vez, de verdad, con el bolígrafo quieto.
Y Tomás se quedó pensándolo con cara de sorpresa honesta, como quien busca en un bolsillo que no recuerda tener: — No lo sé.
Los números se me quedan pegados. Siempre ha sido así.
— No siempre, pensó Alma, y no dijo. Hay habilidades que son recibos de trabajos que uno no recuerda haber facturado.
A esa hora bajaba Leo con el pelo en estado de asamblea, abría la nevera, la contemplaba con la decepción estructural de los dieciséis años — “no hay nada” era el dictamen semanal ante ochenta euros de compra —, y se instalaba en la mesa a gestionar su cartera: aquel sábado tenía en marcha la reventa de unos cascos “prácticamente nuevos” y una negociación delicadísima por una consola averiada cuyo dueño no sabía que Leo sabía que solo era el cable.
“Eso es información privilegiada”, opinó Alma sin volverse.
“Eso es leerse la descripción, mamá. La gente no se lee ni sus propias averías.” Tomás, en su extremo de la mesa, con el café y el periódico del sábado — lo compraba en papel una vez por semana, por darse el lujo arcaico de pasar páginas que crujen —, levantó la vista para el veredicto arbitral y no lo dio, porque en el fondo no sabía quién tenía razón, y esa duda, bien mirada, era el índice de este libro.
La vecina del segundo, la señora Pino, llamó a media mañana con un táper de tomates de su hija de Tinajo — “que le han salido este año con más ganas que sitio” — y se quedó veinte minutos de visita reglamentaria en el quicio, sin pasar, que es como se hacen las visitas serias, poniendo al día el estado general del edificio: el del cuarto que había puesto placas, la del primero que alquilaba a ciclistas alemanes, y su nieto, que “estaba en las criptomonedas”, dicho con el mismo tono geográfico con que se dice que alguien está en Suiza.
Alma le devolvió el táper lleno de croquetas, porque en aquella escalera regía desde tiempo inmemorial un sistema de compensación de táperes cuya contabilidad no llevaba nadie y no fallaba jamás — años después, leyendo a un antropólogo francés, Tomás pensaría que el don, el contradón y la obligación de devolver estaban ya perfectamente implantados entre el segundo y el tercero sin que Mauss hubiera hecho falta para nada —, y la señora Pino se fue diciendo lo que decía siempre, “no os molesto más”, que en su idioma significaba que la visita había salido bien.
A las dos comieron los tres con la radio ya en otra cosa, y hubo una discusión razonable sobre si el arroz del lunes admitía o no chorizo — Alma sostenía que el arroz con cosas es un género honrado si no se le llama paella; Leo, que la tradición era un invento de los abuelos para no probar nada; Tomás, que ambas cosas, que para eso corregía exámenes —, y después Leo fregó su parte con cascos puestos, moviendo la cabeza a un ritmo que no era el del agua, y se fue a entregar los cascos prácticamente nuevos “en el banco de la plaza, que es territorio neutral”.
Alma terminó los exámenes en el sofá, con los pies en el regazo de Tomás, y en algún momento leyó en voz alta, indignada y feliz: “Escucha lo que me pone el de la tercera fila: ‘el resultado da negativo, pero yo creo que en la vida real sería positivo’. En la vida real, dice. Catorce años y ya distingue entre las matemáticas y la vida real. A este chico o lo fichamos para el claustro o acaba en un banco.” Se rieron.
La casa olía a sofrito hecho y a sábado gastado.
Nadie pensó en la hipoteca ni un minuto, y ese no pensar — se entendería mucho más tarde, cuando esta historia hubiera dado todas sus vueltas — no era inconsciencia: era lo que la hipoteca compraba, la mercancía verdadera detrás del cuadro de amortización del cajón: sábados en que no hace falta pensarla.
Los productos financieros, como los sofritos, se juzgan por lo que dejan hecho para la semana.
VII. Con una pequeña ayuda