Todo lo que debes Capítulo 1 — Pistis, o lo que sostiene el mundo #2
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Capítulo 1 — Pistis, o lo que sostiene el mundo #2

III. Lo que le pasó a un náufrago en Feacia

Hubo un mundo en el que a los desconocidos sin scoring (puntuación crediticia) se les trataba de otra manera. Lo cuenta Homero, y el anfitrión de aquella historia se llamaba Alcínoo, rey de los feacios — un nombre que ya no lleva ningún director de sucursal, y se nota [10] .

Ulises — el de Ítaca, el único, el que todavía no había prestado su nombre a ninguna asesoría fiscal — llega a la isla de los feacios en el peor momento de su carrera crediticia.

Acaba de naufragar. No tiene barco, ni ropa, ni documentación, ni una sola referencia bancaria en regla: técnicamente es un señor desnudo y salado que aparece entre unos matorrales dándole un susto de muerte a unas muchachas que lavaban la ropa.

Su perfil de riesgo, en términos de Fráncfort, es sencillamente impublicable.

Si aquel hombre entrara esta mañana en cualquier oficina con ese aspecto y esa historia — “vengo de la guerra, me retuvo una ninfa (calipso significa ‘la que oculta’), mi tripulación se comió unas vacas equivocadas —, el sistema no le denegaría el crédito: llamaría a seguridad.

¿Y los feacios qué hacen? Lo bañan, lo visten, lo sientan a la mesa, le sirven vino, organizan unos juegos en su honor, le cargan la bodega de regalos y le ponen una nave — volveremos a esas naves, que son las más extraordinarias de la literatura — para llevarlo a casa.

Y solo entonces, con el huésped comido, bebido y honrado, el rey Alcínoo se permite preguntarle quién es [11] .

La pregunta por la identidad después de la hospitalidad: el orden inverso al de cualquier ventanilla del mundo moderno, donde uno debe demostrar quién es antes de que le dejen sentarse, y demostrar que no necesita el dinero antes de que se lo presten.

Esto se llamaba xenía (ξενία: hospitalidad ritual, vínculo huésped-anfitrión), y no era buenismo de la Edad del Bronce: era una institución, con su dios titular (Zeus Xénios, protector del extranjero), sus reglas, sus regalos de intercambio y sus sanciones [12] .

Era, si se quiere, el sistema crediticio de un mundo sin bancos: cualquier viajero podía presentarse en cualquier casa y obtener techo, mesa y pasaje, contra la única garantía de que algún día, en algún lugar, él o los suyos harían lo mismo.

Un sistema de crédito universal sin oficinas centrales, sin comisiones de apertura y sin letra pequeña, respaldado por la divinidad y por algo más fuerte que la divinidad: la certeza compartida de que un mundo donde no se acoge al náufrago es un mundo en el que nadie, tarde o temprano, llega a casa.

La palabra misma lo confiesa: xénos significaba a la vez “extranjero” y “huésped” — y de ahí, con los siglos, saldría también “cliente de hotel” y, torcida hacia el miedo, “xenofobia”.

Una sola palabra griega contenía la bifurcación entera: al que llega de fuera se le puede dar la mesa o el portazo, y cada civilización se define por cuál de las dos cosas hace primero.

No idealicemos: aquel mundo era brutal, y la xenía convivía con la piratería como el cobre con el estaño — a veces en el mismo barco y la misma tarde.

Pero la lección queda, y es de las que piden subrayado: hubo una economía cuya primera operación era fiarse, y la nuestra ha llegado a ser una cuya primera operación es verificar.

Ambas gestionan el mismo problema — ¿quién merece confianza?

— y no está de más saber que la solución de Fráncfort no es la única que la humanidad ha conocido.

Tomás Abril, que de Homero recordaba vagamente el caballo y una señora tejiendo, iba a tardar tres volúmenes en enterarse de que su propia historia — un hombre que pierde el rumbo por decir que no debía nada, y una casa que al final le pone la mesa — venía contada, con otros nombres, en el primer libro de todos.

(El expediente de Tomás Abril, entretanto, seguía su curso por los pasillos de Fráncfort: aquella misma semana un subalgoritmo verificó su antigüedad laboral, otro cruzó sus recibos de luz, y ninguno de los dos — esto es lo que Tomás no sabía mientras leía sobre náufragos — tenía competencias sobre casillas penúltimas.

La mentira viajaba en primera, indocumentada.)

IV. Antonio y Shylock, o las dos maneras de prestar

Shakespeare, que lo pensó todo antes que todos, puso las dos economías en una sola obra y en un solo contrato.

El mercader de Venecia empieza con un préstamo doble: Bassanio necesita dinero para cortejar a Porcia; su amigo Antonio, que lo tiene todo invertido en barcos, no dispone de efectivo, así que pide prestado al judío Shylock para prestárselo a su vez a Bassanio [13] .

Atención al detalle, porque ahí está todo: Antonio presta a Bassanio sin interés y sin garantía , por puro afecto — es la pistis -don, el crédito de los feacios, el fiarse porque sí.

Shylock presta a Antonio con garantía — y qué garantía: si no paga en el plazo, una libra de la propia carne de Antonio, cortada de donde al acreedor le plazca.

El público lleva cuatro siglos estremeciéndose con la libra de carne, y hace bien, pero mírese lo que el estremecimiento tapa: Shylock no inventa nada — solo lleva al extremo, hasta la caricatura anatómica, la lógica de toda garantía.

¿Qué es un aval, sino un trozo de la vida del avalista puesto sobre la mesa?

¿Qué es una hipoteca, sino el techo de una familia ofrecido en prenda?

El derecho romano arcaico lo decía sin eufemismos: la ley de las Doce Tablas permitía a los acreedores, literalmente, partirse el cuerpo del deudor insolvente — partes secanto (córtenlo en partes), dice el texto, y los juristas llevan dos mil años discutiendo, con cierto nerviosismo, si era metáfora [14] .

El contrato de Shylock es el espejo monstruoso en el que la finanza garantizada no quiere mirarse: toda garantía dice, en letra más o menos pequeña, “si no pagas, te cortaré algo”.

Lo civilizado es que ya no sea carne; lo civilizado no es que no se corte.

Al lector que haya firmado alguna vez una hipoteca — Tomás Abril, sin ir más lejos, tenía la suya dormida en un cajón, y despertará en el próximo capítulo — se le invita a releer su cláusula de ejecución con los ojos de Porcia: verá que el documento contempla, con toda cortesía notarial, en qué orden le irán cortando.

La obra, leída con el siglo XXI encima, guarda una incomodidad más, y no hay que esquivarla: Venecia entera desprecia a Shylock por usurero mientras vive del comercio y del crédito que hombres como Shylock hacen posible — le escupen en el puente de Rialto por la mañana y le piden dinero por la tarde.

La trampa venía de lejos y estaba escrita: la ley bíblica prohibía prestar con interés al hermano y lo permitía al extranjero [15] , de modo que la Europa cristiana, que se prohibió la usura a sí misma durante siglos, la subcontrató a la minoría a la que a la vez le prohibía casi todos los demás oficios — y luego odió a esa minoría por ejercer el único que le dejó.

La ciudad fabrica al prestamista y lo convierte en el culpable de que exista el préstamo.

Guardemos esta figura — la comunidad que descarga sobre uno el pecado financiero de todos —, porque volverá más adelante con nombre propio y teoría completa [16] , y porque no ha dejado de funcionar: cada crisis estrena culpables con la misma puntualidad con que estrena pérdidas.

V. La tarde en que el dinero no estaba

Si quiere usted ver la pistis desnuda, en pánico y en blanco y negro, hay una escena que los profesores de economía deberían proyectar el primer día de curso, antes de la primera gráfica.

Es de ¡Qué bello es vivir! , la película de Frank Capra [17] , y ocurre la tarde en que los vecinos de Bedford Falls, oliendo la quiebra, se agolpan en la pequeña entidad de préstamos de George Bailey a sacar su dinero. Todo el dinero. Ahora.

Y George Bailey, sudando detrás del mostrador, con el viaje de novios convertido en fajo de emergencia, les dice la verdad — que es lo último que se le dice a una multitud y lo único que aquella tarde funciona—.

Que el dinero no está allí. Que nunca estuvo allí.

“Su dinero está en la casa de Joe… y en la de cien más.” El ahorro de cada uno está prestado en las viviendas de los demás: el dinero de la señora Davis es el tejado del matrimonio Martini, que a su vez debe lo que la señora Davis cree tener guardado.

El banco no es una caja fuerte: es un nudo de promesas cruzadas.

Mientras todos creen, todos tienen; en cuanto todos quieren tocar su dinero a la vez, se descubre que el dinero de todos a la vez no existe — nunca existió, en ningún banco del mundo, y sin embargo el sistema funciona, que es lo asombroso, como funciona un puente colgante: por tensión de fes mutuas.

Los economistas llaman a esto reserva fraccionaria, y a la estampida, corrida bancaria; dos teóricos, Diamond y Dybvig, demostraron con las matemáticas más elegantemente tristes del oficio que ambas cosas son inseparables: el mismo mecanismo que hace útil al banco (transformar ahorros que pueden pedirse hoy en préstamos que se devuelven en veinte años) lo hace estructuralmente vulnerable al pánico, de modo que un banco es, por definición, una institución que solo puede pagar a todos si no todos cobran — y les dieron el Nobel por decir con ecuaciones lo que Capra había filmado con nieve [18] .

Llamémoslo por su nombre de pila: la tarde en que la fe se retira.

Nada ha cambiado en las casas, en los tejados, en la solvencia de los Martini — solo ha cambiado la creencia, y con la creencia se va todo.

Las crisis financieras, vistas de cerca, tienen menos de matemática que de teología: son apostasías masivas.