Todo lo que debes Capítulo 1 — Pistis, o lo que sostiene el mundo
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Capítulo 1 — Pistis, o lo que sostiene el mundo

El hombre que espera delante de él es un agricultor con las manos agrietadas y el gesto de todos los que han pedido algo en todas las épocas: la barbilla alta de más, para compensar.

Necesita cebada para sembrar. La cosecha anterior se la comió la crecida, o los soldados, o esa mezcla de crecida y soldados que es la historia antigua vista de cerca.

El templo tiene cebada de sobra en los graneros —el templo siempre tiene de sobra; para eso es el templo— y se la prestará.

El escriba toma la tablilla y presiona la caña: tantas medidas de cebada, entregadas a tal hombre, hijo de tal otro, que devolverá tantas medidas más un quinto después de la cosecha, ante el dios Anu como testigo.

Aprieta el sello cilíndrico. La arcilla se cuece al sol.

Y en ese gesto mínimo —una promesa apretada contra el barro— acaba de inventarse casi todo lo que este libro necesita explicar.

De modo que la fábula que a todos nos contaron —primero el trueque, qué engorro, luego la moneda, qué alivio, finalmente el crédito, qué sofisticación— tiene la historia al revés.

Los antropólogos llevan un siglo buscando — desde el clásico ensayo de Marcel Mauss hasta el reciente y polémico David Graeber — la famosa aldea del trueque, donde el zapatero cambia botas por gallinas, y no la han encontrado en ningún tiempo ni en ningún continente: lo que encuentran, allí donde miran, son redes de deudas y favores, gente que se debe cosas y lo recuerda, comunidades que funcionan porque la memoria y la confianza llevan las cuentas.

El crédito es más viejo que el dinero. Mucho antes de que existiera una moneda que prestar, la gente ya se debía cosas y lo recordaba: la promesa vino primero, y el precio llegó tarde, casi de visita.

Quédese, si quiere, con esta tablilla, como el escriba la guardó en el archivo del templo.

Dentro de cinco mil años, un profesor español de cuarenta y nueve años entrará en la sucursal de su banco a pedir cebada para sembrar —ahora se dice liquidez (dinero disponible)—, y un templo con la sede en Fráncfort consultará sus archivos de arcilla —ahora se dicen servidores — para decidir si su promesa vale.

Han cambiado los soportes. El gesto es idéntico.

La humanidad lleva cinco milenios haciendo lo mismo a la puerta del mismo templo, y a eso es a lo que este capítulo quiere ponerle nombre.

El nombre es griego, tiene seis letras y sostiene el mundo.

I. Tomás Abril solicita un crédito

A las diez y cuarto de la mañana de un martes, Tomás Abril, cuarenta y nueve años, profesor de instituto en Arrecife — de los tardíos, de los que llegaron a la tiza pasados los cuarenta — que acababa de ser adquirida por un fondo con nombre de perfume, entró en la sucursal de su banco con la firme intención de que le prestaran doce mil euros, y salió hora y media después habiendo firmado un seguro de decesos, un plan de pensiones “dinámico” y la vaga sensación de haber sido lentamente digerido por un sofá.

El director de la sucursal, un hombre llamado don Braulio Encinas cuya corbata costaba más que la primera bicicleta de Tomás, le había recibido con esa cordialidad exacta, milimetrada, que los bancos enseñan en cursos de fin de semana en hoteles con spa.

Le había llamado “amigo” cuatro veces. Le había ofrecido un café que sabía a fotocopiadora.

Y le había explicado, con la paciencia de quien le habla a un labrador especialmente leal, que el banco estaría encantadísimo de prestarle el dinero en cuanto el sistema verificara su perfil.

—¿Mi perfil? —preguntó Tomás, que solo tenía uno y de frente.

—Su scoring (puntuación crediticia), amigo Abril. Su puntuación de confianza.

Y ahí estaba la palabra, agazapada entre el olor a moqueta nueva y los folletos de hipotecas con familias rubias: confianza .

El sistema —un algoritmo alojado en un servidor de Fráncfort que no había visto a Tomás Abril en su vida, que ignoraba que llevaba veintidós años pagando todo puntualmente, que no sabía nada de cómo cuidó a su madre los últimos tres inviernos— iba a decidir si Tomás Abril era de fiar .

La fe, que durante milenios fue asunto de dioses, sacerdotes y suegras, era ahora competencia de Fráncfort.

El trámite exigía un formulario, porque los templos nuevos conservan la liturgia de los antiguos: don Braulio giró la pantalla con el mismo gesto con que el escriba de Uruk presentaba la arcilla, y fue leyendo las preguntas en voz alta, rellenándolas él, que es como los bancos hacen firmar a la gente lo que la gente no leería.

Ingresos mensuales. Gastos fijos. Otros préstamos.

Y entonces llegó la pregunta pequeña, la penúltima, la que no parecía nada: ¿Tiene usted otras obligaciones de pago pendientes?

Tomás dijo que no.

Lo dijo rápido, con esa velocidad ligeramente excesiva que los interrogadores profesionales y las esposas detectan al vuelo y los formularios no.

Porque la verdad —la verdad completa, la que no cabe en las casillas— era que Tomás Abril debía tres mil euros.

Se los había prestado su tía Cecilia cuatro años atrás, en billetes, dentro de un sobre de propaganda de una clínica dental, para tapar el agujero de una inversión de la que se avergonzaba tanto que ni en este párrafo vamos a detallarla todavía.

Cecilia se los dio sin preguntar, que era su manera de preguntarlo todo, y no los reclamó jamás, que era su manera de no olvidarlos nunca.

Y Tomás no los devolvió. No por no poder: por no volver.

Devolver aquel dinero habría sido nombrar la vergüenza, y hay deudas que no pagamos porque pagar sería confesar.

De modo que dijo que no, y técnicamente no mintió a nadie — ¿qué formulario contempla los sobres de las tías?

—, y mintió del todo. El sistema de Fráncfort, que lo sabía todo de sus nóminas y nada de sus sobres, parpadeó en verde.

Perfil validado . Don Braulio sonrió como sonríen los sacerdotes cuando el dios responde.

Y Tomás Abril firmó, con su letra de siempre, la promesa de devolver doce mil euros en sesenta cuotas, sin saber que acababa de cometer, en la casilla penúltima de un formulario, el error diminuto que iba a costarle tres volúmenes.

Las tragedias griegas empezaban con un oráculo; las nuestras empiezan con un desplegable [5] .

Mientras esperaba el justificante, a Tomás le dio por mirar el billete de veinte euros que pensaba gastarse en celebrar el préstamo.

Y entonces tuvo el primer pensamiento filosófico de su vida adulta, que es de lo que trata este capítulo, porque el pensamiento era correcto y casi nadie lo tiene: esto , pensó, es un papel .

II. El papel que vale porque usted cree

Tenía razón. Es un papel. Un papel estupendo, con su marca de agua, su banda holográfica y su ventanita con retrato de Europa, pero papel al fin: materialmente hablando, veinte euros valen menos que el cucurucho de las castañas.

Si mañana por la mañana todos los habitantes del continente decidieran simultáneamente que ese papel no vale nada, no valdría nada, y no habría policía, ejército ni Banco Central capaz de impedirlo.

No es una hipótesis extravagante: ha ocurrido.

Pregunten en cualquier país que haya conocido una hiperinflación qué se siente al usar billetes para encender la estufa; en Berlín, en 1923, volveremos a esa estufa con detalle, porque este libro tiene un capítulo entero esperándola.

El filósofo John Searle le puso a esto una fórmula tan sencilla que da rabia no haberla pensado uno: las cosas como el dinero existen porque colectivamente aceptamos que X cuenta como Y en el contexto C [6] .

Este papel cuenta como veinte euros en la eurozona; quiten la aceptación y queda el papel.

El dinero no está hecho de celulosa: está hecho de un acuerdo renovado cada mañana por millones de personas que no se conocen y que, sin embargo, se creen.

Un alemán melancólico y elegantísimo, Georg Simmel, dedicó seiscientas páginas a esta rareza y la resumió en una idea para llevar en la cartera junto al billete: el dinero es el medio absoluto — la herramienta que sirve para todo porque no sirve para nada en concreto — y por eso tiende, en almas descuidadas, a convertirse en fin absoluto [7] .

Walter Benjamin afiló la punta en un fragmento que cabe en una servilleta: el capitalismo no es como una religión; es una religión, y de las feroces [8] .

Guarde esa servilleta: cuando lleguemos a la deuda, la palabra alemana Schuld — a la vez “deuda” y “culpa” — nos estará esperando en ella.

Y aquí hay que desenterrar la palabra prometida, porque las palabras, como las casas viejas, guardan tesoros en el sótano.

Crédito viene del latín credere (creer).

Cuando el banco le “da crédito”, le está creyendo, técnicamente.

Y debajo del latín hay una palabra griega más honda todavía: pistis (πίστις: fe, confianza, garantía, fidelidad), que los griegos usaban para decir, con un solo término, lo que nosotros hemos repartido en cinco: fe, confianza, garantía, fidelidad y compromiso [9] .

Para un griego, creer en los dioses, fiarse de un socio, dar una prenda y mantener la palabra eran variaciones de una misma cosa.

Nosotros hemos astillado la palabra y luego nos sorprende que el mundo parezca roto.

El sistema financiero global, con sus torres de cristal y sus algoritmos de Fráncfort, es pistis con corbata: un edificio de fe mutua de proporciones planetarias, habitado por gente convencida de que la fe es cosa de las catedrales.

Tomás Abril no sabía nada de esto la mañana del martes. Pero sostenía el billete a contraluz con el ceño de quien mira una radiografía, y ese ceño —esa primera grieta en la costra de lo obvio— es por donde entra la filosofía en las vidas normales: no por las aulas, sino por las ventanillas.