Todo lo que debes
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Prólogo — La caja de zapatos
Cuaderno rojo — primera entrada
La noche del funeral de mi tía Cecilia me senté en su cama hecha —las camas de los muertos recientes tienen una lisura que no se atreve uno a estropear— con una caja de zapatos sobre las rodillas y una pregunta contable que no venía en ningún manual: ¿cuánto vale lo que hay aquí dentro?
Aquella misma tarde, la notaría había convertido setenta y nueve años de mi tía en una relación de bienes: un piso de sesenta y dos metros cuadrados, un saldo en cuenta, cuatrocientos botones clasificados en frascos de Nescafé.
El Estado, que es un contable escrupuloso, lo había tasado todo.
Pero la caja de zapatos no figuraba en la relación de bienes, y era —lo supe con esa certeza física que no necesita argumentos— lo único que aquella mujer había poseído de verdad. Lo único que se llevó.
Hay un segundo objeto en esta historia, y más vale presentarlo ya, porque los dos van a acompañarnos hasta la última página: una libreta de ahorro gris, de las de imprimir por ventanilla, guardada no en el armario sino en el cajón de la cocina, entre el manual de la freidora y las tijeras que nunca están.
La libreta registraba, en los dos últimos años de vida de mi tía, una serie de reintegros metódicos, pacientes, casi corteses, que sumaban sesenta y ocho mil euros.
Ese dinero no estaba en el piso. No estaba en el banco.
No estaba en ninguna parte. Una mujer que guardaba botones por tamaños no pierde sesenta y ocho mil euros: los destina . La pregunta era a qué. O a quién.
De modo que heredé dos misterios en una tarde: una caja que valía nada y lo era todo, y una libreta que registraba todo y no explicaba nada.
Con el tiempo entendí que eran el mismo misterio mirado por sus dos caras, el Debe y el Haber de una sola vida, y que para leerlos iba a tener que aprender —a mis cuarenta y nueve años, con una hipoteca dormida en un cajón y un algoritmo en Fráncfort opinando sobre mi honradez— qué es exactamente eso que llamamos dinero, por qué lo deseamos como lo deseamos y qué quiere decir, en el fondo del fondo, deber algo a alguien.
Este cuaderno — que acabó siendo un libro — es la historia de ese aprendizaje.
Lo cuento como lo aprendí: tarde, con ayuda, y agradeciéndolo.
Adelanto, por jugar limpio, que resolveremos los dos misterios: sabremos a dónde fue el dinero de Cecilia y sabremos qué es el dinero.
Aviso, por jugar limpio del todo, que el segundo es el difícil.
Y una cosa más, ya que estamos entre nosotros: la contabilidad por partida doble [1] —ese invento de un fraile que también escribió un tratado sobre la belleza— exige que cada asiento cuadre: nada entra en una columna sin salir de otra.
Esta historia está contada así. Al final del libro hay un asiento que cuadra.
Tardé tres volúmenes en poder escribirlo.