37. Comité de octubre
Comité de octubre
Eso es lo primero que hay que decir del regreso: que no pasó nada. Madrid en agosto está vacío y cerrado y la oficina huele a aire acondicionado de edificio antiguo, y yo entré con dos semanas de correo atrasado y un asunto pendiente en la cabeza, y nadie me miró raro.
Nadie me preguntó por la boda. Ni uno. Dos semanas fuera, sesenta y dos invitaciones canceladas, y en Atlántica Previsión la palabra no se pronunció en todo el mes de agosto, que es la manera que tiene una oficina de portarse bien.
Rebeca me esperó junto a la máquina del café con dos vasos ya servidos, que en Rebeca Salas es una declaración de intenciones.
—A ver.
—A ver qué.
—Estás distinta.
—Estoy morena.
—No estás morena, estás distinta. —Cogió su vaso—. Cuéntamelo.
Se lo conté en dos cafés, que es un tiempo razonable para ocho días, y cuando terminé Rebeca se quedó mirándome un momento.
—O sea que has vuelto sin el dinero.
—Sin un euro.
—Y con un tío en Lanzarote.
—Con una fecha en octubre.
—Nora.
—¿Qué?
—Que eso son dos cosas distintas y tú lo sabes.
—Ya lo sé —dije—. Por eso he dicho la que es.
Lo que no hice al volver, y me lo preguntó Rebeca dos veces, fue reclamar mi expediente.
No presenté queja al defensor del cliente.
No fui a la vía de reclamación ante la Dirección General de Seguros.
No pedí que me revisaran la desestimación, que es lo que hace todo el mundo y lo que me habría atendido personalmente Estefanía, que me pregunta a mí cuando tiene una duda con este producto.
Porque la cláusula estaba bien aplicada.
Ese es el asunto entero. La cuatro siete ce se aplicó correctamente a un caso al que estaba pensada para aplicarse, por un chico llamado Óliver que hizo su trabajo, siguiendo un texto que escribí yo y que defendí en un comité con una frase que le hizo gracia a dos personas.
No hay nada que reclamar cuando el sistema funciona. Solo se puede cambiar el sistema.
El punto tres del comité de producto de octubre era la revisión anual del Nupcial Serena. Estaba desde febrero. Lo había puesto Bermejo y lo habían aplazado dos veces.
Yo pedí la palabra en septiembre para llevar una propuesta al punto tres, y me la dieron, porque llevo el producto y porque nadie discute que lleve el producto.
Trabajé en ello cinco semanas. De noche, en casa, en la mesa de la cocina, que es donde hago todo lo que me importa.
Rebeca me preguntó una vez si no era un poco mucho dedicarle cinco semanas a un producto que factura ochenta y cuatro mil euros al año.
Le dije que sí.
Le dije que sí y seguí.
La propuesta se llamaba Cobertura opcional de desistimiento y ocupaba once páginas.
La idea es simple y es la de Bermejo: una garantía adicional, contratable aparte, que cubre la anulación del evento por decisión de cualquiera de los contrayentes.
Con carencia de noventa días desde la contratación, para que nadie la compre en la puerta de la iglesia.
Con franquicia del cuarenta por ciento, para que duela.
Con un tope de diez mil euros. Y con una exclusión propia, redactada por mí, que impide reclamar dos veces sobre el mismo evento.
Prima estimada: veintidós euros al año sobre una póliza media.
Veintidós euros. Menos que la cata de la línea once para una persona.
Lo defendí el martes diecinueve de octubre, en la sala grande, con once personas alrededor de la mesa y dos conectadas.
Hablé nueve minutos. Llevaba los números: dos mil trescientas pólizas vivas, catorce reclamaciones al año por este motivo, siniestralidad esperada del uno coma nueve por ciento, impacto en la prima media del producto de un dos coma seis.
Llevaba el análisis de la competencia, que no tiene nada parecido en España.
Llevaba el argumento comercial, que es el bueno: una compañía que cubre la cancelación de una boda y no cubre la única cancelación que se le ocurre a la gente tiene un problema de relato.
Y llevaba, en la página nueve, un caso.
No dije que era mío. Lo puse como el expediente 27-1147, desestimado el 23 de julio por aplicación de la cláusula 4.7.c, con los importes, las fechas y el desglose de los treinta y un mil euros. Cambié los nombres.
Un caso real, con los importes reales, con el desglose de veintidós líneas y con la fecha de la desestimación.
Bermejo me miró en la página nueve y no dijo nada.
Rebeca sí lo sabía y tampoco dijo nada.
Cuando terminé, el director de producto se quitó las gafas.
—Nora, está muy bien trabajado.
—Gracias.
—Y no lo vamos a hacer.
Lo que dijo no era estúpido. Yo, en su silla, probablemente habría dicho lo mismo cinco años antes.
Dijo que el producto lleva cuatro años con la siniestralidad más baja de la cartera de particulares.
Dijo que meter una cobertura de desistimiento con una franquicia del cuarenta por ciento genera reclamaciones al defensor del cliente por el importe no cubierto, y que catorce reclamaciones al año se convertirían en ciento cuarenta.
Dijo que el canal bancario no sabe venderlo y que si no lo sabe vender, no lo vende, y que un producto que no se vende ocupa sitio en el catálogo.
Dijo que la palabra «desistimiento» en un folleto de boda es comercialmente venenosa.
Y yo, mientras hablaba, tomé nota, porque cuatro de esas objeciones eran buenas y dos de ellas las he acabado incorporando.
Y dijo, al final, la frase por la que llevo trece meses volviendo a la carga:
—Además, Nora, honestamente: ¿quién compra esto?
Y ahí, en la sala grande, con once personas mirando y dos conectadas, contesté lo siguiente.
—Nadie. —Cerré la carpeta—. Nadie que esté a punto de casarse compra una cobertura por si deja de quererse. Por eso es tan barata, por eso la siniestralidad es del uno coma nueve, y por eso deberíamos tenerla. Estamos hablando de veintidós euros.
—Es un producto que no se vende.
—Es un producto que no se vende y que, el día que alguien lo necesita, es lo único que le queda de doce mil euros de sus padres.
Silencio.
—Lo dejamos para el comité de febrero —dijo el director de producto.
Y salí de la sala grande, y bajé al office, y me tomé un café de máquina apoyada en la misma encimera en la que catorce meses antes había recibido una desestimación por teléfono de un chico llamado Óliver.
Y no me hundí, que es lo único que quiero dejar apuntado del mes de octubre.
En febrero lo volví a llevar. Con la franquicia bajada al treinta y con un informe actuarial que me hizo un compañero de Actuarial por amistad y a cambio de dos comidas.
Lo rechazaron otra vez, y me pareció bien, porque en febrero el argumento ya no fue «quién compra esto» sino «no en este ejercicio», que es un paso.
En junio lo aprobaron como piloto en el canal de mediadores. Tres oficinas. Doce meses.
Nueve meses desde octubre. Tres presentaciones. Dos rechazos.
Se llama Nupcial Serena — Garantía Adicional D y se contrata aparte, y en los cuatro primeros meses se han vendido treinta y una pólizas.
Treinta y una.
Rebeca me dijo, cuando salió la nota interna, que treinta y una pólizas es un fracaso comercial absoluto y que no lo van a renovar.
Probablemente tenga razón.
Yo tengo la lista impresa en un cajón, con los treinta y un códigos, y a veces la miro. No sé quiénes son. No lo sabré nunca, porque los datos de los tomadores no llegan a producto y porque, aunque llegaran, no es asunto mío.
Yo no puedo saber si alguna de ellas la va a usar. La siniestralidad esperada del uno coma nueve por ciento sobre treinta y una pólizas da cero coma cinco siniestros al año, o sea, ninguno, o sea, uno cada dos años.
Son treinta y una personas que van a casarse y que, por veintidós euros, han comprado la posibilidad de no hacerlo.
Y a veces, cuando la miro, pienso en una señora de Telde que hizo sesenta y dos invitaciones a mano y cobró diez euros con nueve céntimos, y en que a esa señora no la cubre ninguna póliza de ninguna compañía y no la va a cubrir nunca, y en que eso también es verdad y no lo arregla un piloto en tres oficinas.
Bermejo me paró en el pasillo de la tercera planta el día que salió la nota, con un vaso de agua en la mano, igual que catorce meses antes.
—Requena.
—Bermejo.
—Tres oficinas.
—Tres oficinas.
—Bueno —dijo, y siguió andando hacia Suscripción—. Yo tardé nueve años en que me aprobaran lo de los cascos.
Y esa es toda la escena de reconocimiento profesional que ha habido en esta historia, y a mí me pareció suficiente.