36. Domingo
Domingo
Octavo día. Domingo quince de agosto, el día después de todo.
El domingo por la mañana el hotel estaba destrozado, que es como está un hotel el día después de todo.
Me desperté a las nueve y veinte, que para mí es tardísimo, en una suite nupcial cuya ocupación real había sido, a lo largo de la semana, del cincuenta por ciento salvo dos noches.
Bajé a desayunar a las diez menos cuarto, sin maquillar, con el pelo mojado, con la sensación física de resaca que no era resaca sino ocho días.
La mesa de dos de la terraza este estaba puesta. Dos zumos, dos cafés, la cesta, la fruta cortada en forma de flor, la tetera de hierba luisa, una rosa y una tarjeta.
La novena rosa y la última.
Dani ya estaba, con el pelo mojado, y la cara de haber dormido nueve horas seguidas por primera vez en una semana.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Has visto la tarjeta?
Le di la vuelta a la tarjeta. Ponía lo mismo que las ocho anteriores: Para que vuestra vida juntos empiece aquí.
—Es la última —dije—. La novena y la última de la serie.
—Ya.
—Es un poco tarde para eso.
—A mí me parece que llega bien.
—¿Has dormido? —dije.
—Nueve horas.
—Yo once.
—Eso no es dormir. Eso es apagarse.
Hicimos las cuentas en esa mesa, porque hay que hacerlas y porque yo no sé empezar un domingo de otra manera.
Las hicimos en voz alta, una por una, como se revisa un expediente.
El acta. Se la lleva a Marta Trujillo el lunes a las diez de la mañana en mano, en el despacho de Las Palmas, porque no admite presentación telemática y porque Dani no se fía de nadie que no sea Dani.
Con el acta y el material entregado, el crédito de los seis mil doscientos euros se reconoce por prestación efectiva durante el procedimiento.
Los nueve mil cuatrocientos de julio y septiembre siguen siendo ordinarios y probablemente no se cobren nunca.
O sea: cobra seis mil doscientos de quince mil seiscientos.
—Es un cuarenta por ciento —dije—. Redondeando.
—Es más de lo que tenía el viernes.
Los doce mil euros de la producción. Perdidos enteros.
El equipo de Madrid se iba el domingo a las tres y el material de isla no se rodó.
Falcón se lo comunicó a Dani el sábado a las once de la noche, en el salón, con una copa en la mano y una honestidad que le honra: «El punto uno decae.
El punto dos es tuyo y lo firmas cuando quieras. »
El contrato marco de 2028. Suyo entero. Entre dieciocho y veintidós enlaces, tarifa cerrada, facturación mensual, pago a treinta días. Lo firmó el lunes.
—Un año más de bodas —dije.
—Un año más de bodas.
—¿Y luego?
—Y luego ya veremos. —Se echó café—. Con veinte bodas pagadas a treinta días yo puedo pagarme un montador y trabajar por las noches. Tardaré dos años en vez de seis meses.
—Tardarás dos años.
—Tardaré dos años, sí.
Y ahí nos quedamos los dos mirándonos por encima de dos zumos y dos cafés, porque los dos sabíamos perfectamente lo que yo estaba a punto de decir, que era que dos años son muchos años y que yo tengo catorce mil doscientos euros en un fondo indexado.
No lo dije. Ni ese domingo ni el siguiente.
Es, probablemente, la segunda cosa más difícil que he hecho en mi vida adulta —la primera fue quedarme quieta once segundos un jueves—, y consistió en no decir una frase durante unos cuatro segundos.
—Bien —dijo Dani Perdomo.
—No he dicho nada.
—Ya lo sé. Por eso he dicho bien.
Los treinta y un mil euros. Consumidos enteros, hasta el último céntimo. Íntegramente, conforme a lo estipulado y sin modificación alguna. No queda nada. No hay reembolso, no hay certificado, no hay compensación, no hay semana en otra fecha.
Yurena me pasó por debajo de la puerta el domingo por la mañana, a las ocho y diez, un documento de dos folios con las veintidós líneas y el estado de cada una.
Veintiuna prestadas. Una no prestada: la quince, la sesión de fotografía prenupcial, asumida por el establecimiento como cortesía y cerrada como resuelta.
En el pie, escrito a mano, ponía: Ejecución 95,45 %. Y con la quince, 100 %. — Y. C.
Veintiuna de veintidós.
Enmarcaría ese papel si fuera el tipo de persona que enmarca papeles. Lo tengo en una carpeta, que es lo que hace la gente como yo.
Los cincuenta y tres minutos. Suyos, no míos.
No se borró nada. Están en el material entregado el lunes al administrador, dentro de los cincuenta y un minutos y cuarenta segundos que constan en el acta, y por lo tanto están, técnicamente, en un archivo de un procedimiento concursal del Juzgado de lo Mercantil n.º 3 de Las Palmas de Gran Canaria.
—Es el sitio menos romántico del mundo —dije.
—Es un sitio donde se conservan las cosas cincuenta años —dijo él.
Lo que no hicimos aquel domingo fue prometernos nada.
Ni esa mañana, ni por la tarde en el murete, ni el lunes en la puerta de salidas.
Así de seco, sin adornarlo, porque es exactamente lo que pasó y porque he leído muchas historias en las que a estas alturas alguien dice algo definitivo, y no fue el caso.
Yo tenía un vuelo el lunes a las 11:05 desde Arrecife y no lo cambié. Tenía comité el martes. Tenía nueve años de trabajo y un piso alquilado en Prosperidad y un fondo indexado que no iba a tocar.
Él tenía un despacho en Las Palmas el lunes a las diez, veinte bodas firmadas para 2028 y cuatrocientas horas de su madre en un disco duro.
Y entre las dos cosas hay mil ochocientos kilómetros, un océano pequeño y dos horas y media de vuelo.
Lo hablamos en la playa pequeña, por la tarde, sentados en el murete, en el mismo sitio del martes.
—¿Y ahora qué? —dije.
—Y ahora nada. Ahora te vas mañana a las once y cinco.
—Ya.
—Y luego yo tengo dos bodas en septiembre en Fuerteventura y una en Madrid en octubre.
Levanté la cabeza.
—¿Una en Madrid?
—Una en Madrid. Los Bernabéu. —Se encogió de hombros—. Es una pareja de aquí que se casa allí. Me la dieron en mayo.
—¿Y cuándo en octubre?
—El nueve.
—El nueve de octubre.
—El nueve de octubre.
Y no dijimos nada más sobre el asunto en toda la tarde. No hizo falta, porque los dos habíamos entendido lo mismo: que aquello no era una promesa. Era una fecha. El nueve de octubre.
Y una fecha es una cosa mucho más pequeña y mucho más seria, porque una promesa la puedes romper por dentro y una fecha se cumple o no se cumple y se ve desde fuera.
Hubo una conversación más, a última hora del domingo, que hay que contar porque es la que ordena todo lo demás.
—Nora.
—Dime.
—Yo no voy a poder darte nunca lo que tú puedes darme a mí. —Lo dijo mirando el mar, sin ninguna autocompasión, como quien lee un dato de un parte—. Eso no se va a arreglar en dos años ni en cinco. Tú ganas cuatro veces lo que gano yo y vas a seguir ganándolo.
—Ya lo sé.
—Y va a haber cosas que tú puedas pagar y yo no, y va a pasar muchas veces.
—¿Y entonces?
—Entonces se pregunta —dijo—. Cada vez. Antes de hacerlo, no después.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo. Es lo único que había que hacer el viernes.
Y tenía razón, y era una regla de una sola línea, y me costó más aceptarla que las ciento cuarenta y una cláusulas del contrato de Bodas Álamo.
Al final me llevó al aeropuerto el lunes por la mañana en una furgoneta de 2011 con el filtro medio limpio.
Aparcó en doble fila, en salidas, que es donde aparca todo el mundo.
Nos despedimos en la puerta de salidas, con dos coches pitando detrás, y fue una despedida de gente adulta: corta, mal, en medio del tráfico, con un «llámame cuando aterrices» que él dijo y que yo cumplí.
Y en el mostrador de facturación del aeropuerto César Manrique de Lanzarote, cuando la chica me preguntó si llevaba equipaje que facturar, me di cuenta de que llevaba en el bolso, doblado en cuatro, el desglose original del paquete.
Las veintidós líneas. La hoja que me había dado el chico de la bandeja el primer día, con mi bolígrafo en el margen de la línea catorce y la anotación ¿pax 2?
Lo miré unos segundos. Veintidós líneas, treinta y un mil euros y una anotación a bolígrafo del primer día.
Lo tiré en la papelera del control de seguridad.
Es lo único de aquella semana que tiré. Lo tiré yo, con la mano, y me acuerdo del ruido que hizo al caer sobre las botellas de agua.