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38. Partes

Partes

Vino el nueve de octubre.

No vino a verme: vino a trabajar. Una boda en Los Bernabéu, contratada en mayo por una pareja de Arrecife que se casaba en Madrid, con vuelo el viernes por la tarde y vuelta el domingo.

Yo estuve trabajando hasta las ocho y media el viernes porque tenía el comité de octubre encima, y quedamos a las nueve en un bar de Chamberí que eligió él y que había mirado en el móvil en el avión.

Y fue raro. Bastante raro.

Fue raro los primeros cuarenta minutos y es importante decirlo, porque nadie lo dice.

Habíamos pasado ocho días juntos dentro de un hotel, con un contrato encima, viéndonos catorce horas diarias, y llevábamos ocho semanas sin vernos, y de pronto había que hacer lo que hace la gente: sentarse en un bar de Madrid con abrigo, pedir, y hablar sin que hubiera una línea del desglose que nos obligara a nada.

Me abrazó en la puerta del bar y los dos calculamos mal la duración, él por arriba y yo por abajo.

A los cuarenta minutos se pasó.

Se pasó exactamente en el momento en que él dijo que el filtro de la furgoneta se le había vuelto a atascar en septiembre y yo dije que eso no era el filtro, que eso era el sensor, y estuvimos catorce minutos hablando de una furgoneta de 2011.

Cenamos, y luego anduvimos hasta Bilbao porque él quería ver el edificio ese de la esquina que sale en todas partes, y a la una de la mañana estábamos sentados en un banco de la calle Sagasta discutiendo si Madrid huele mal en octubre.

Huele mal en octubre.

Los partes siguieron llegando. Es lo más nuestro que tenemos.

El primero llegó el 26 de agosto por correo electrónico, doce días después de que yo me fuera, y venía en el mismo formato exacto: membrete de Perdomo Films, número de parte, jornada cubierta, tabla de tres columnas.

PARTE DE ENTREGA N.º 4

Jornadas cubiertas: 15 al 26 de agosto

Servicios prestados: dos bodas (Costa Teguise, Yaiza). Material almacenado: 6 tarjetas.

Observaciones del operador: y ahí, debajo, seiscientas palabras.

Le contesté con un correo normal, de esos que se escriben en veinte minutos, y él me contestó tres días después con el parte número cinco.

Y así seguimos.

Yo llevaba dos semanas esperando un mensaje normal. De los que manda todo el mundo. Un «qué tal» a las once de la noche.

Y me llegó una tabla de tres columnas con seiscientas palabras debajo, y me senté en la cama a leerla dos veces, y a la segunda me di cuenta de que aquello era exactamente lo que yo quería recibir y que no lo habría sabido pedir.

No es una cursilada, o no del todo: es que aquel hombre lleva toda la vida diciendo las cosas dentro de un formulario y yo llevo toda la vida diciéndolas dentro de un contrato, y lo que nos pasó es que encontramos el impreso común.

He guardado los veintiséis.

No en una carpeta del hotel esta vez: en una carpeta de verdad, de cartón, comprada a propósito en una papelería de Fuencarral un sábado por la mañana, que es una cosa que hace la gente cursi y yo la hice.

Los partes tienen reglas. Las hemos ido fijando sin hablarlas.

En la tabla van los hechos, y los hechos van con duración útil y formato, siempre, aunque no venga a cuento.

En observaciones va lo demás.

No se tacha nada. Eso lo dijo él en el parte seis, en una línea suelta: «En esta casa ya no se tacha.»

Y hay una regla más, que es mía y que puse en octubre después de la primera bronca de verdad que tuvimos —por teléfono, un jueves, sobre si él podía o no podía pagar la mitad de un vuelo que yo ya había pagado—: si algo se pregunta, se pregunta antes.

En el momento. No se apunta para el parte del domingo.

La bronca fue así, y la pongo porque es la única que hemos tenido de verdad y porque las broncas de verdad son cortas y feas.

—Es que ya está pagado, Dani.

—Ya. Y yo te digo que te lo devuelvo.

—No hace falta.

—Nora.

—Que no hace falta. Son ciento cuarenta euros.

—Para ti son ciento cuarenta euros —dijo—. Para mí son ciento cuarenta euros.

Y ahí me callé, porque no había manera de contestar a eso sin quedar como una idiota o como una miserable, y las dos cosas eran ciertas.

—Pregúntamelo antes —dijo—. Es lo único que te pido. Antes.

—Es que si te lo pregunto antes vas a decir que no.

—Pues entonces di que sí a que diga que no.

Colgamos mal. Los dos.

Los partes son para lo que ya está hecho. Lo que va a hacerse se habla.

Esa regla la escribí yo, en un correo, un domingo, y él la contestó con dos palabras: «Conforme. Incorporado.»

Y hay una cosa que hemos aprendido a hacer y que no sabíamos hacer ninguno de los dos, y que aprendimos por teléfono un domingo de noviembre: colgar sin haberlo arreglado.

Dejar una conversación a medias, con las dos partes molestas, y colgar, y llamar al día siguiente. Sin anexo. Sin cierre. Sin la sensación de que si no se resuelve esta noche se rompe algo.

A mí eso me costó cuatro meses.

Llevo la cuenta de los vuelos.

Once. Seis suyos, cinco míos, entre agosto y junio. Dos mil ciento cuarenta euros entre los dos.

Y voy a ser honesta: intenté dejar de contarlos y no pude. Estuve dos meses sin apuntarlos y los contaba igual, de cabeza, en el taxi al aeropuerto, así que volví a apuntarlos.

Está en una hoja. Se llama VUELOS y tiene cuatro columnas: fecha, trayecto, importe y quién.

Se lo enseñé en enero, en la cocina de mi casa, con la sensación exacta de estar confesando una recaída.

Dani miró la pantalla treinta segundos.

—Falta una columna —dijo.

—¿Cuál?

—El motivo. —Cogió el ratón—. Aquí pone «21 de noviembre, Arrecife–Madrid, ciento cuarenta euros, él». Y no pone que era tu cumpleaños.

Y añadió la columna E él mismo, con dos dedos, escribiendo despacio, y puso en la primera fila «cumpleaños» y en la segunda «boda de Yaiza» y en la tercera «porque sí».

Esa hoja tiene ahora treinta y cuatro filas y sigue teniendo la columna E, y la rellena él, siempre, y hay tres filas en las que pone «no me acuerdo» porque se le olvidó rellenarlas en su momento y no quiso inventarse nada.

Lo que no hemos hecho, y llevamos un año sin hacerlo, es lo evidente.

Yo no me he mudado a Lanzarote. Él no se ha mudado a Madrid.

Y lo hemos hablado, claro que lo hemos hablado, y las dos veces ha terminado igual: con los dos de acuerdo en que sería más fácil y en que ninguno de los dos lo va a hacer todavía, y sin ninguna de las frases que se dicen en estos casos para tapar el hueco.

Y esto es lo que hay, y lo escribo sin ninguna épica: dos adultos con dos vidas montadas en dos sitios, que se quieren, y que no han resuelto el problema.

Yo tengo un producto en piloto en tres oficinas y nueve años de currículum y una madre en Alcorcón que ha empezado a hacer preguntas.

Él tiene la temporada 2028 firmada, veinte bodas, y una película.

En abril, en un parte, escribió esto, que es lo más cerca que hemos estado de una conversación sobre el futuro:

«Observaciones del operador: he mirado los alquileres en Arrecife y en Madrid. En Arrecife puedo. En Madrid no. Esto no es una queja ni una propuesta, es un dato, y lo pongo aquí porque en la tabla no cabe.»

Le contesté al día siguiente, en el cuerpo del correo:

«Recibido. Yo puedo en los dos sitios y eso tampoco es una propuesta. Lo pongo aquí porque tú lo has puesto ahí.»

Y ahí lo dejamos, los dos, durante cuatro meses.

Que es exactamente lo que hay que hacer con una cosa así cuando ninguno de los dos está preparado para resolverla: dejarla escrita y no tocarla.

Y en junio, en una comida, mi madre me preguntó por primera vez qué pensábamos hacer, con esa manera que tiene ella de preguntar mirando el plato.

Le dije la verdad, que era que no lo sabíamos.

Y mi madre, que lleva cuarenta y un años casada con un hombre que dobla los trapos de cocina en cuatro antes de decir algo importante, dijo:

—Bueno. Pues eso también es hacer algo.

En mayo terminó el montaje.

Me lo dijo por teléfono, un martes a las once y media de la noche, con una voz que yo no le había oído nunca.

—Ya está.

—¿Ya está qué?

—Que ya está. Que se acabó.

—¿Cuánto?

—Setenta y dos minutos.

Setenta y dos minutos de cuatrocientas horas.

Un cero coma tres por ciento. Lo calculé mientras hablaba, con el móvil en la oreja, y no lo dije en voz alta, que es el único progreso terapéutico que puedo acreditar.

—¿Y cómo es? —dije.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Que llevo nueve años dentro y no tengo ni idea de cómo es —dijo Dani Perdomo—. Lo tiene que ver alguien.

—Pues que lo vea alguien.

Y hubo un silencio, y en ese silencio los dos supimos exactamente quién lo iba a ver, dónde y cuándo, porque llevaba diez meses decidido desde un descampado.

—El segundo jueves de agosto —dijo.