Todo incluido, menos tú 34. Tinajo, otra vez
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34. Tinajo, otra vez

Tinajo, otra vez

Lo abrí allí mismo , de pie, sin buscar un sitio, que es una cosa que no hago nunca con un documento.

Lo leí de pie, en mitad del jardín de ceremonias, con sesenta sillas blancas puestas detrás y dos hombres de mantenimiento probando el sonido a veinte metros.

Lo leí entero y después lo leí otra vez.

No voy a transcribir aquí lo que ponía, ni entonces ni ahora, porque está en otro sitio y porque hay documentos que uno no debería tener que explicar.

Diré tres cosas, y las tres son de las que se dicen mirando el suelo. Cuatro, en realidad.

La primera es que el parte número tres estaba fechado el jueves por la noche. Es decir: lo escribió después de la calima, después de la biblioteca, después de la habitación. A las tres y media de la madrugada del viernes, sentado en el suelo de una furgoneta, con la copia corriendo.

La segunda es que no está tachado. Las líneas tachadas se acaban en el parte cinco.

En el seis ya hay una frase entera sin tachar, y en el tres —que es el último, aunque lleve el número tres, porque él numeraba los partes de entrega y no los días— ya no hay tachones en absoluto.

Ya no hay parte técnica. Hay un hombre escribiendo en un formulario porque no tiene otro sitio, y sabiendo perfectamente que lo está haciendo.

Y la tercera es esta, que es la que me hizo sentarme en una silla blanca de las sesenta:

Mañana viernes ella va a intentar darme el sábado. Y yo lo voy a coger, porque tengo cuarenta y siete euros en la cuenta y una furgoneta de 2011.

Él lo sabía.

Lo sabía y no me lo dijo, y no me lo dijo porque decírmelo habría sido pedírmelo.

Desde el jueves por la noche. Antes que yo. Antes de Bosco, antes de los contratos, antes de las dos y cuarto de la madrugada.

Aquel hombre pasó todo el viernes conmigo —el aparcamiento, la comida, la playa, las seis de la tarde, la cena con su madre, el descampado— sabiendo lo que yo iba a hacer y sabiendo lo que él iba a aceptar, y sin decir una palabra, y sin pedirme nada, y sin ponerme la conversación fácil ni una sola vez.

Y llevaba desde el jueves con el mismo miedo que me entró a mí en Tinajo. No el de que yo se lo diera.

El de que después ya no hubiera manera de saber.

Y la cuarta cosa, que no cuenta porque no es del documento sino mía, es que en el último párrafo hay una cuenta.

Cincuenta y tres minutos.

Aquel hombre, en un parte de entrega, a las tres y media de la madrugada, había sumado los minutos que tenía grabados de mí. Dieciocho de una cata, tres de unos hoyos, doce de un baile con el maître y veinte de sobras. Los había sumado.

Es la única operación aritmética de todo el documento y la hizo él.

Me quedé sentada en la silla de la fila cuatro con el folio en las rodillas unos cinco minutos.

Después doblé el folio en cuatro, me lo guardé, me levanté y fui a buscar a Ainhoa.

—Necesito un coche.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Adónde vas? —dijo Ainhoa.

—A Tinajo.

—¿Y si no viene?

—Entonces mañana no hay acta y esto habrá sido una cena para sesenta y cuatro personas.

Ainhoa se quedó pensando dos segundos.

—Oye, ¿tú sabes lo que es lo peor de mi trabajo? —dijo—. Que todo lo que sale bien está preparado. Todo. Llevo cuatro años sin que me salga bien una sola cosa que no estuviera preparada.

—Ya.

—Coge el coche —dijo—. Y el conductor.

Bajamos por la carretera de arriba, la larga, con un conductor de producción que se llamaba Miguel Ángel, que no preguntó nada en veintiséis minutos y al que le estaré agradecida el resto de mi vida.

Yo llevaba en el bolso dos cosas, y solo dos.

El acta de conformidad en blanco, que había impreso Nayra por la mañana en la impresora portátil.

Y nada más.

Eso es importante y quiero que quede escrito. No llevaba el portátil. No llevaba la hoja, ni el presupuesto del montaje, ni las tarifas de los freelance de Canarias, ni la estructura de financiación, ni el préstamo participativo. No llevaba una propuesta.

Llevaba un papel en blanco y una petición.

Llegamos a las cinco menos diez. Las cuatro señoras de las sillas de plástico seguían en la acera, o eran otras cuatro.

Fefa abrió la puerta con un vestido azul marino y el pelo recogido, arreglada a las cinco de la tarde de un sábado.

—Ya voy, mi niña, que estoy acabando.

—¿Está él?

—Está en el patio desde las cuatro y media de la mañana. —Se apartó—. No ha dormido. Se ha tomado dos cafés y no ha dicho ni tres palabras.

—¿Le ha contado usted lo de esta tarde?

—No.

—¿Por qué no?

Fefa Suárez me miró desde la puerta de su casa.

—Porque no me toca a mí —dijo.

El patio olía a la parra y a la ropa tendida del vecino.

Estaba sentado en una silla de plástico debajo de la parra, con los codos en las rodillas, mirando la pared blanca del patio.

Levantó la cabeza cuando salí y no la bajó.

No se levantó de la silla. No dijo hola. Tenía la cara de alguien que ha estado despierto veintiséis horas y que ya no está enfadado, que es mucho peor.

—¿Qué haces aquí?

—Vengo a pedirte una cosa.

Nada más. Sin preámbulo.

Se enderezó un poco en la silla.

Y ahí se le movió algo, porque aquel hombre me conocía desde hacía ocho días y sabía perfectamente que yo no pido.

—Dime.

Y se lo dije de pie, sin sentarme, en cuarenta segundos y sin una sola pausa, porque lo había preparado en el coche y porque si me sentaba iba a hacerlo mal.

—A las siete de la tarde se presta la línea seis.

He leído el artículo 6.1 entero: el oficiante está condicionado a la petición de los contrayentes y el resto no está condicionado a nada.

Reserva de espacio, acondicionamiento y aforo.

Se puede prestar y se va a prestar. —Cogí aire—.

Hay sesenta y cuatro personas invitadas.

Están Yurena, Chana, Aday, Rubén, Nayra, Ovidio, Nauzet, Saray y treinta y una personas más que hoy libraban.

Están el banquete de la línea ocho, la barra libre de la nueve, los sesenta y dos detalles de la dieciocho, las flores de la cuatro y los pétalos de la cinco. Va a estar todo el paquete.

—Nora...

—No he terminado. —Saqué el sobre—. Falta la línea catorce.

Se lo puse delante. El acta de conformidad en blanco, con todas las casillas vacías.

—Sin reportaje no hay servicio prestado, y sin servicio prestado yo no puedo firmar esto, porque sería mentira y no la voy a firmar. —Tenía la voz más firme de lo que esperaba—. Necesito un operador. Está contratado en la línea catorce y es usted.

Y no lo dije de usted a propósito, y él lo notó.

Silencio en el patio. Se oía la tele de la cocina, a Fefa moviendo un cazo y, muy lejos, un perro.

—¿Me estás pidiendo que vaya a trabajar?

—Te estoy pidiendo que vengas a trabajar —dije—. Sí.

Dani Perdomo se quedó mirando el papel en blanco, con las casillas vacías y las dos rayas de firma.

—¿Y lo de anoche?

—Retirado. Todo. Punto por punto. No hay doce mil euros, ni presupuesto de montaje, ni proyector, ni película. Nada. —Y aquí sí me temblo la voz, y la dejé temblar, que también es la primera vez—. No te voy a comprar nada nunca. Lo he entendido. Tardé doce horas y lo he entendido.

—Vale.

—Y lo de borrar los cincuenta y tres minutos también está retirado. Haz con eso lo que quieras. Es tuyo. Lo grabaste tú.

Él seguía sentado, con el papel doblado en el bolsillo.

—¿Y qué sacas tú de esto? —dijo.

—Nada.

—Nora.

—Treinta y un mil euros consumidos y un banquete para sesenta y cuatro personas que no conozco. —Me encogí de hombros—. Es lo que hay. Ya no hay nada que recuperar. Llevaba ocho días equivocándome de columna.

Y entonces sí se levantó.

Se levantó despacio, con la espalda de quien lleva veintiséis horas sin dormir en una silla de plástico, cogió el folio, lo miró por las dos caras, lo dobló por la mitad y se lo guardó en el bolsillo de atrás.

Y esa fue toda la reconciliación que hubo, y a mí me pareció suficiente entonces y me sigue pareciendo suficiente ahora.

—¿A qué hora hay que estar? —dijo.

—A las siete.

—Son las cinco y veinte.

—Ya.

—Necesito pasar por casa a por la otra cámara —dijo Dani Perdomo—, porque la del contrato me la dejé encima de un capó como un imbécil.