33. Sesenta comensales
Sesenta comensales
Antes de subir al despacho me lavé la cara, me vestí y me peiné, porque las cosas se piden vestida.
Ismael Falcón me recibió a las nueve menos veinte sin cita, en mangas de camisa, y escuchó de pie durante cuatro minutos y medio.
Cuando terminé no dijo nada durante un rato bastante largo.
—A ver si lo he entendido —dijo—. Usted quiere ejecutar íntegramente el paquete hoy.
—Sí.
—Incluida la línea seis.
—Incluida la línea seis. Con la interpretación del artículo 6.1 que le acabo de leer.
—Y el banquete de sesenta.
—Y la barra libre, y los detalles, y la decoración floral, y los pétalos.
—¿Y los invitados?
—El personal del hotel —dije—. Los que libran y los que estén dispuestos.
Falcón se apoyó en la mesa.
—Señora Requena, no sé si es usted consciente de lo que me está pidiendo.
—Le estoy pidiendo que preste un servicio que está pagado desde febrero.
—Me está pidiendo que le quite a la producción de A&B la franja de las siete, que llevan seis días peleando, después de dos días de calima, con un equipo que se va mañana y una marca que ha puesto cuarenta mil euros.
—Se pasó la mano por la cara—. Y que además ponga a mi personal de invitado en un banquete servido por...
¿por quién? ¿Por el resto de mi personal?
—Por el turno de tarde, que ya está trabajando y cobrando.
—Ya.
—Señor Falcón, el miércoles usted me dijo que la franja era mía y que no se movía sin mi consentimiento. Lo dijo tres veces y lo puso por escrito.
—Y lo mantengo. Y voy a mantenerlo. —Cogió el teléfono de la mesa y lo dejó otra vez—. Lo que le estoy diciendo es que esto me va a costar una conversación muy larga con dirección de cadena, y que quiero que usted sepa que lo sé y que lo voy a hacer igual.
—Gracias.
—No me dé las gracias todavía. —Marcó una extensión—. Yurena, sube.
—Una cosa —dije, ya en la puerta.
—Dígame.
—Esto lo voy a hacer sin él. Se ha ido y no sé si va a volver. Si no vuelve, no hay reportaje, no hay acta y no cobra nadie, y usted habrá perdido la franja de las siete para nada.
Falcón se quedó pensando un momento.
—Señora Requena, yo llevo catorce años vendiendo semanas. —Se puso la americana—. Los sábados a las siete de la tarde en ese jardín pasan cosas que no salen luego como estaban previstas. Es prácticamente lo único que pasa ahí.
Lo que pasó entre las nueve y media y las cinco de la tarde fue lo siguiente.
Yurena Cabrera montó una boda en siete horas y media, sin levantar la voz ni una vez.
Yo he coordinado lanzamientos de producto con doce meses de plazo y treinta personas y no he visto nunca a nadie hacer lo que hizo aquella mujer aquel sábado.
Repartió el cuadrante en cuatro folios impresos por Nayra.
Reasignó a diecinueve personas del turno de tarde.
Llamó a cuarenta y tres teléfonos móviles ella misma, uno por uno, sin delegar ni uno.
Yo estuve a su lado escuchando las tres primeras llamadas y luego me tuve que ir, porque las tres primeras fueron así:
—Chana, buenos días, soy Yurena. Perdona que te llame en libranza. —Pausa—. No, no ha pasado nada. —Pausa—. Es que hay una cosa esta tarde a las siete en el jardín y te queríamos allí. —Pausa larga—. De invitada, Chana. De invitada.
Hubo una que no vino y que Yurena apuntó igual en el cuadrante, en la columna de invitados, con una raya al lado.
—¿Y esa?
—Esa es Vanesa —dijo Yurena—. La de Álamo.
—¿La ha llamado?
—La he llamado.
—¿Y qué le ha dicho?
—Que no puede venir. —Cerró el rotulador—. Y me ha preguntado si a usted le habían servido bien la semana.
De las cuarenta y tres, vinieron treinta y una.
Con el turno de tarde que estaba de servicio y quiso quedarse después —doce— y con los que llamamos de fuera, salieron sesenta y cuatro.
Cuatro de más. Yurena me dijo que los cuatro de más los ponía de pie al fondo, porque el aforo de la línea seis dice «disposición del aforo» y no dice número, pero que el banquete eran sesenta comensales sentados y ni uno más, y que los cuatro comerían igual pero en la mesa auxiliar, y que en el parte constaría sesenta.
Los de fuera fueron estos: Ovidio Betancort y su mujer, que cerraron la bodega a las seis.
Nauzet, el guía, que estaba de descanso.
Saray, la coreógrafa, que canceló una clase en Puerto del Carmen.
Rubén, el de pastelería, que libraba y que vino en moto y se metió directamente en el obrador porque dijo que la tarta de tres pisos que quedaba en la cámara era suya y que no la iba a sacar nadie más.
Chana dijo que sí en cuatro segundos. Aday dijo que sí sin preguntar de qué se trataba y luego preguntó de qué se trataba. Encarna, la de lavandería, preguntó tres veces si estaba segura de que la llamaban a ella.
Y Fefa Suárez, a la que llamé yo a las once de la mañana desde el pasillo de eventos, con el corazón haciendo cosas, y a la que le dije, en cuarenta segundos, exactamente esto: que había hecho una cosa muy fea la noche anterior, que su hijo se había ido, que a las siete de la tarde había algo en el jardín del hotel donde él llevaba seis años trabajando, y que me gustaría que estuviera.
Fefa se quedó callada cuatro segundos.
—¿Y él lo sabe?
—Todavía no.
—Ah. —Otro silencio—. ¿A qué hora hay que estar?
A las doce y media bajó Bosco al pasillo de eventos.
Se quedó en la puerta, con el móvil en la mano, y no entró.
—Nora.
—Bosco.
—Que sepas que lo he intentado por todos lados. —Levantó el móvil—. Falcón, la productora, la marca. Todo.
—Ya lo sé.
—Y que lo del otro día estuvo feo.
—Estuvo feo.
—Vale. —Se quedó un momento más—. Oye, ¿va a haber barra libre?
—Cuatro horas. Línea nueve.
—Joder —dijo Bosco Ariztegui, y se fue.
A la una menos cuarto vino Ainhoa.
Vino sola, al pasillo de eventos, donde yo estaba con Yurena y con cuatro folios pegados a la pared, y traía puestas unas gafas de sol dentro del hotel, que es una cosa que hace todo el mundo cuando ha discutido.
—¿Tú eres la que se queda con mi hora? —dijo.
—Sí.
—Vale. —Se quitó las gafas—. Pues necesito que me expliques por qué, porque llevo desde las diez oyendo cuatro versiones y ninguna se sostiene.
Se lo expliqué apoyada en la misma pared que ella, mirando los folios y no a la cara, que es como se cuentan estas cosas.
Le expliqué el concurso, el acta, los quince mil seiscientos, la línea seis y el artículo 6.1. Se lo expliqué como se lo habría explicado a un comité, en cinco minutos, sin adornos.
Ainhoa Bregante escuchó entero, sin interrumpir, apoyada en la pared.
—O sea que le has hecho una putada a un tío —dijo al final— y en vez de pedirle perdón le estás montando una boda para que cobre.
—Más o menos.
—Ya. —Se puso las gafas otra vez y se las volvió a quitar—. Mira, eso es exactamente lo que yo haría, así que no te voy a decir nada.
—Ainhoa, siento mucho lo de la...
—Que no. —Levantó la mano—. Que nos casamos el jueves en el registro de Getxo con mi madre y con la suya y con doce personas. Esto de aquí es curro. Y llevo cuatro meses de curro y estoy hasta el moño, y si se cae un día, se cae.
—¿Y Bosco?
—Bosco está arriba llamando a la marca de relojes. —Se encogió de hombros—. Que llame.
Y entonces miró los cuatro folios de la pared, con las sesenta y cuatro personas y las columnas, y dijo:
—¿Tú sabes lo que es un plan de rodaje?
—No.
—Yo sí. Llevo cuatro meses viviendo dentro de uno.
—Cogió un rotulador de la mesa de Nayra—.
A ver, esto que tienes aquí en la columna de las siete y media está mal, porque si sacas a sesenta personas del jardín al salón por el pasillo de servicio se te tapona en cuatro minutos.
Hay que sacarlos por fuera y en dos grupos.
Ainhoa Bregante estuvo tres horas y cuarenta minutos con nosotras.
A las cuatro y veinte, cuando ya estaban puestas las sesenta sillas, el arco montado —el suyo, el de cuatro metros, que dijo «déjalo, si ya está ahí»—, la decoración floral de la línea cuatro repartida y los pétalos de la línea cinco en su cofre de mimbre, Nayra vino a buscarme al jardín con un sobre en la mano.
—Señora Requena, esto estaba en el casillero de recepción desde esta mañana. Lo dejó el señor Perdomo a las tres y veinte de la madrugada y el chico de noche lo puso en el casillero de eventos en vez de en el de habitaciones.
Era un sobre del hotel, de los de cortesía, con el logotipo en relieve.
Dentro había un folio doblado por la mitad con un membrete que yo conocía perfectamente.
PARTE DE ENTREGA N.º 3.