32. Lo que no pone
Lo que no pone
Tardé una hora y cuarenta minutos, que es aproximadamente lo que tardo con un clausulado de este tamaño cuando busco algo concreto y sé que está.
Ciento cuarenta y una cláusulas, once anexos y una hora y cuarenta minutos.
Yurena estuvo a mi lado los primeros veinte y luego se fue a montar sillas, y volvió a las ocho con dos cafés más y con Nayra, la de eventos, que traía una impresora portátil porque yo se la había pedido.
El razonamiento, paso por paso y sin ahorrarme ninguno, porque es lo único que me sale bien en esta historia y porque aquella mañana, por primera vez en veinticinco días, me sirvió para algo.
Lo escribí en el bloc de notas del móvil, numerado, como escribo todo, y lo transcribo tal cual porque es la única página de esta historia en la que mi manera de pensar sirvió para algo que no era protegerme.
Uno. Para que Dani Perdomo cobre, tiene que existir un acta de conformidad firmada por las dos partes, presentada antes del lunes a las catorce horas. Eso está en el punto cuatro del primer correo de la administración concursal y lo he leído catorce veces.
Dos. Lo que hace ese papel no es una formalidad administrativa.
Un crédito reconocido por prestación efectiva durante el procedimiento no se clasifica igual que una factura antigua impagada.
Uno se paga; el otro se pone a la cola detrás de Hacienda.
La diferencia entre firmar y no firmar es la diferencia entre quince mil seiscientos euros y mil.
Tres. El acta dice, textualmente: el servicio arriba descrito ha sido efectivamente prestado en los términos contratados .
Cuatro. Yo no voy a firmar eso si no es verdad.
Ni por él, ni por nadie. No por escrúpulo moral, aunque también: porque el administrador concursal de una sociedad en liquidación revisa la documentación acreditativa y porque un acta falsa de un servicio inexistente no se la come nadie y encima me llevaría por delante a él, a Yurena y al hotel.
Cinco. Y aquí está el problema. La línea catorce es «reportaje cinematográfico».
Su objeto es el paquete nupcial completo.
A día de hoy hay treinta y cinco minutos de una cata, unos hoyos, un baile y un desayuno.
Eso no es un reportaje: eso son sobras. Si yo firmo hoy que el reportaje está prestado íntegramente, miento.
Seis. Por lo tanto, para que el acta sea verdad, tiene que prestarse el servicio. Y para que se preste el servicio del reportaje, tiene que existir el acto que el reportaje documenta.
Siete. Ese acto está en el contrato. No hay que inventarlo. Es la línea seis. Sábado catorce, diecinueve horas, jardín de ceremonias.
Ocho. La línea seis no es ejecutable, o eso llevo ocho días creyendo, porque el clausulado dice «los contrayentes» y no hay contrayentes.
Ahí es donde llevaba una semana parándome. Desde el sábado por la tarde, en aquella sala pequeña con el cuadro de la playa que no es ninguna playa. Ahí es donde se paró Yurena el miércoles con el clausulado abierto en la terraza este. Ahí es donde se para todo el mundo.
Y ahí es donde, a las ocho y cuarto de la mañana del sábado catorce de agosto, con la carpeta abierta por el anexo III y un café frío, hice lo que sé hacer.
Y aquí es donde por fin sirve de algo lo que soy.
Yo llevo nueve años leyendo contratos al revés.
La gente normal lee un contrato para saber qué le corresponde. Yo lo leo para saber por dónde se escapa la compañía, que es lo mismo pero mirando desde el otro lado de la mesa, y por eso soy incapaz de leer nada, ni un billete de tren, sin ir directamente a la letra pequeña.
Es una deformación profesional que me ha estropeado bastantes cosas.
Aquella mañana sirvió para lo contrario.
Fui a mirar qué es lo que no pone.
Anexo III, página cuarenta y uno.
El clausulado de la línea seis, artículo 6.
1, dice esto: «El servicio comprende la reserva del espacio de ceremonias en la franja horaria contratada, su acondicionamiento conforme a lo previsto en las líneas 4, 5 y 7, la disposición del aforo y la asistencia de oficiante habilitado, si así lo solicitaran los contrayentes. »
Si así lo solicitaran los contrayentes.
El oficiante es condicional. Está sujeto a petición. Yo lo cancelé el 22 de julio a las nueve y cuarenta y uno de la mañana, en la cuarta llamada de la lista, y consta.
Y lo demás no lo es. Lo demás —la reserva, el acondicionamiento, el aforo— no está condicionado a nada. No dice «para su enlace». No dice «para la celebración del matrimonio». No dice qué tiene que ocurrir en esa franja.
Lo he leído seis veces buscándolo. Ese contrato tiene ciento cuarenta y una cláusulas y once anexos y regula el gramaje del papel de las minutas, y no dice en ningún sitio qué se hace en el jardín a las diecinueve horas.
Ni una vez. Ni en el artículo 6.1, ni en el 6.2, ni en el anexo.
Porque nadie lo escribe. Porque a nadie se le ocurre escribirlo. Porque cuando redactas el contrato de una boda das por hecho lo único que no hace falta poner.
Y yo llevo nueve años ganándome la vida con esto: lo que no está excluido, está incluido.
Es la primera frase que aprendí en el ramo, antes que ninguna otra. Me la dijo Bermejo en 2018, en un pasillo, con un vaso de agua en la mano.
La he usado nueve años en contra de alguien.
Y hay una cosa más, que es la que me hizo sentarme derecha en la silla de la terraza este a las ocho y cuarto de la mañana con un café frío delante.
El acta no dice «boda». Lo he mirado tres veces.
Dice «servicio», dice «prestación», dice «los términos contratados».
Es un impreso de una administración concursal y a una administración concursal le da exactamente igual lo que ocurra en un jardín: le importa que lo que ocurra sea lo que estaba contratado.
Y lo que estaba contratado, en la línea seis, artículo 6.1, son tres cosas: reserva, acondicionamiento y aforo.
Cerré la carpeta.
—Señora Cabrera.
—Dígame.
—La línea seis se puede prestar.
Yurena levantó la cabeza muy despacio, como se levanta la cabeza cuando te dicen algo que llevas seis meses queriendo oír.
Yurena dejó el café.
—No hay contrayentes.
—El artículo 6.1 condiciona el oficiante a la petición de los contrayentes. El resto no lo condiciona a nada. —Le giré la carpeta—. Reserva de espacio, acondicionamiento y disposición de aforo. Tres cosas. Ninguna de las tres requiere que nadie se case.
Yurena cogió la carpeta con las dos manos y la giró hacia sí.
Leyó dos veces, moviendo los labios, igual que hago yo.
—Esto es una interpretación.
—Todo es una interpretación, señora Cabrera. Un contrato es un papel y alguien tiene que leerlo.
—Esto es un contrato —dije—. Y si hay dudas, ya sabe usted en contra de quién se interpretan las dudas en un contrato de adhesión.
—Del que lo redactó.
—Del que lo redactó. Y Bodas Álamo, S. L., lo redactó y está en liquidación.
Yurena se quedó mirando la hoja.
—Falta el aforo.
—¿Perdón?
—Disposición del aforo —leyó—. La línea seis dice aforo.
Y la línea ocho, banquete, sesenta comensales.
Y la nueve, barra libre para sesenta. Y la dieciocho, sesenta y dos detalles para invitados.
—Levantó la vista y en esa mirada ya no había ninguna duda, solo cálculo, que es lo mismo que había en la mía—.
Señora Requena, si usted quiere prestar íntegramente ese contrato, necesita sesenta personas sentadas en esas sillas y comiendo a las nueve de la noche.
—Sesenta.
—Sesenta comensales. Lo dice la línea ocho. Y no dice quiénes.
—No dice quiénes.
—No dice quiénes —repitió Yurena Cabrera, y en ese momento aquella mujer y yo estábamos exactamente en el mismo sitio.
—Sesenta comensales sentados a las nueve de la noche —repetí.
—Sí.
—¿Cuánta gente trabaja hoy en este hotel?
Yurena abrió la carpeta por el cuadrante y contó con el rotulador, en silencio, moviendo la punta por la columna.
—Turno de tarde, ochenta y cuatro —dijo, sin levantar la vista—. De los cuales, en el turno de la ceremonia y el banquete, trabajando, cuarenta y uno.
—¿Y libres?
—Cuarenta y tres. —Bajó el rotulador—. Pero es sábado de agosto, señora Requena. Los que libran no vienen a un hotel en su día libre.
—Estos van a venir.
—¿Por qué?
Yurena me sostuvo la mirada.
—Señora Requena, con todo el respeto: la gente que trabaja en un hotel no viene a un hotel a mirar un vídeo.
—No es un vídeo.
—¿Y qué es?
Y ahí le dije la única cosa de aquella mañana que no salía del clausulado.
—Porque salen todos en el reportaje —dije, y aquí ya no estaba leyendo nada—. Y porque nadie les ha enseñado nunca cómo salen.