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31. Sesenta sillas

Sesenta sillas

No dormí. No lo intenté.

Estuve desde las tres y media hasta las seis sentada en el suelo de la Suite Nupcial Timanfaya, con la espalda en el lateral de la cama, la cámara encima de la mesa baja y el móvil en la mano, y no escribí a nadie.

Lo intenté cuatro veces. Escribí cuatro mensajes y borré cuatro mensajes, y el cuarto era el peor de todos porque empezaba con la palabra «entiendo».

A las cuatro y media hice una cosa que no le he contado a nadie: abrí RESCATE y borré la pestaña cuatro entera. La estructura de financiación, las cinco partidas, las dos tablas de recursos, la columna con su nombre. Botón derecho, eliminar hoja, aceptar.

Excel te pregunta si estás segura. Es la única vez en nueve años que esa pregunta me ha parecido pertinente.

A las seis menos cuarto empezó a haber luz.

En algún momento, sobre las cinco, me levanté y abrí la cámara. La encendí, busqué la galería y me quedé con el dedo encima del botón un rato largo, porque una tarjeta sin copia es un objeto que da miedo tocar.

No la reproduje. La apagué y la dejé donde estaba.

Salí al jardín privado por no seguir en el suelo, y desde allí, por encima del seto, vi que en el jardín de ceremonias había luz encendida y gente.

A las seis y diez de la mañana de un sábado.

Y no era el equipo de A&B, porque el equipo de A&B monta en la zona de piscinas y a las seis de la mañana está durmiendo.

Fui por el camino de arena en pijama y chaqueta, con las zapatillas del hotel, y llegué a la altura del arco de hortensias.

Y allí estaban Yurena Cabrera y dos hombres de mantenimiento colocando sillas.

Hay una cosa que no se sabe hasta que la ves: el sonido que hacen sesenta sillas blancas de plástico duro al separarse de la pila. Es un chasquido y luego un roce. De seis en seis, con dos segundos entre chasquido y chasquido.

Sillas blancas. Las estaban sacando de un carro, de seis en seis, y las iban poniendo en filas, con un cordel tendido en el suelo para que la línea saliera recta, y ya llevaban puestas unas veinte.

Yurena tenía la carpeta debajo del brazo y un rotulador en la mano.

—Señora Cabrera.

Se dio la vuelta.

—Buenos días, señora Requena. —Miró el reloj—. Va usted temprano.

—¿Qué está haciendo?

—Montando la ceremonia de las siete.

—No hay ceremonia a las siete.

—Hay un espacio reservado, sesenta sillas y una coordinadora asignada —dijo Yurena—. Ayer se lo dije.

—Señora Cabrera, escúcheme.

—Y hay que montarlo temprano porque a las nueve entra el equipo de la producción a la zona de piscinas y luego no hay carros disponibles.

—Yurena.

Fue la primera vez que la llamé por su nombre en ocho días, y creo que por eso se paró.

—Señora Cabrera, no hay boda a las siete y no la ha habido nunca. Usted lo sabe desde el sábado pasado.

—Lo sé desde febrero, señora Requena. —Dejó la silla que llevaba en la mano—. En febrero me llegó el expediente y en marzo dejó de contestarme la agencia y en abril me enteré por un proveedor de que estaban en concurso. Yo llevo con esta boda seis meses.

—¿Seis meses?

—Seis meses.

Le conté lo que había pasado.

Se lo conté entero, de pie, junto a un carro de sillas, con dos hombres de mantenimiento a diez metros fingiendo con muchísima delicadeza que no oían nada. Le conté lo del correo de Falcón y lo de los dos contratos. Le conté lo de Bosco en el vestíbulo y lo de los treinta y un mil euros.

Le conté lo del portátil. Lo de los treinta y cuatro mil setecientos euros. Lo de la columna. Lo de la madre en el retorno. Lo de la cámara encima del capó.

No me ahorré nada. Es lo único que hice bien en aquellas doce horas.

Cuando terminé, Yurena se quedó mirando el suelo un momento.

Yurena escuchó sin interrumpir ni una vez, que es como escucha la gente que trabaja de cara al público.

—¿Se ha ido a Tinajo?

—Supongo.

—¿Y la tarjeta?

—Está arriba, en mi habitación, dentro de la cámara.

—¿Sin copia?

—Sin copia.

Yurena Cabrera cerró los ojos dos segundos.

—Entonces el lunes a las dos no hay entrega —dijo—. Y sin entrega, la administración le clasifica los quince mil seiscientos como ordinario.

—Sí.

—Que es no cobrarlos.

—Que es cobrar entre el cuatro y el once por ciento en tres años —dije—. Que es no cobrarlos.

Y entonces aquella mujer hizo una cosa que no le había visto hacer en ocho días.

Abrió la carpeta.

La abrió de pie, sin apoyarla, y empezó a pasar pestañas. Una. Otra. Volvió atrás. Fue al final. Volvió al principio. Buscó en la sección de incidencias, en la de proveedores, en el anexo del clausulado, en el índice.

Estuvo así casi un minuto entero, delante de mí, pasando hojas de una carpeta de tres dedos de grosor que llevaba ocho días teniendo respuesta para absolutamente todo.

Y al final la cerró.

—Yo esto no lo tengo —dijo.

Y volvió a abrirla, por si acaso, y volvió a cerrarla.

—Ya.

—Señora Requena, yo llevo veintidós años en eventos.

Empecé de camarera de banquetes en el Meliá con diecinueve.

—Le temblaba un poco la voz y siguió hablando exactamente igual, que es lo que hace la gente que ha trabajado mucho—.

Yo he tenido novias desmayadas, un banquete con salmonela, dos bodas suspendidas por temporal y un novio que no apareció.

Y todo eso está en un sitio. Todo eso tiene un procedimiento y una casilla y alguien a quien llamar.

—Lo sé.

—Y esto no está.

—Lo sé.

—El contrato no dice nada sobre esto —dijo Yurena Cabrera.

Y se quedó allí, en mitad de un jardín, a las seis y veinte de la mañana, con la carpeta cerrada contra el esternón y veinte sillas puestas y cuarenta por poner.

—¿Sabe usted lo que pasa cuando algo no está en la carpeta? —dijo.

—Dígame.

—Que hay que decidir. —Se le quedó la palabra ahí—. Y yo no decido, señora Requena. Yo coordino. Es distinto y es lo que sé hacer y llevo veintidós años haciéndolo bien.

Nos quedamos calladas un rato.

Se oía el mar y el chasquido de las sillas, que los dos hombres habían seguido sacando porque nadie les había dicho que pararan.

Uno de los hombres de mantenimiento dijo, desde el fondo, con mucha prudencia:

—Yurena, ¿seguimos o qué?

Y Yurena me miró a mí.

Me miró a mí como se mira a la persona que decide, y en aquel momento comprendí una cosa que no había entendido en toda la semana: que aquella mujer llevaba ocho días protegiéndome con lo único que tenía, que era un reglamento, y que se le acababa de terminar el reglamento, y que ahora me tocaba a mí.

Y entonces, por primera vez en ocho días, entendí para qué sirve tener un oficio.

No para protegerse. Para eso lo había usado yo toda la vida y ya se veía cómo había salido. Sirve para que, cuando a la persona de al lado se le acaba la carpeta, haya alguien que sepa leer.

—Señora Cabrera —dije—, ¿usted ha desayunado?

—No.

—Yo tampoco. ¿Puede venir conmigo diez minutos?

—Tengo que montar sesenta sillas.

—Van a hacer falta las sesenta —dije—. Se lo prometo. Pero necesito diez minutos y necesito la carpeta.

Yurena miró a los hombres.

—Sigan poniéndolas. Rectas.

—Va a hacer falta que decida usted una cosa más —dije—. Y va a ser peor.

—¿El qué?

—Que si esto sale, la producción de A&B pierde la franja de las siete y usted va a estar en medio.

Yurena Cabrera me miró.

—Señora Requena, yo esa franja se la he defendido a esa gente cuatro veces desde el lunes —dijo—. Con la carpeta. No me va a costar una quinta.

Subimos a la terraza este, donde a las seis y media no había absolutamente nadie y la mesa de dos estaba puesta, con dos zumos, dos cafés, la cesta, la fruta cortada en forma de flor, la tetera de hierba luisa y una rosa.

La octava rosa.

Nos sentamos las dos. Yurena se sentó en la silla de él, que fue lo más raro de todo.

—Señora Cabrera, necesito que me deje leer el clausulado entero. No el desglose. El clausulado.

—¿Para qué?

—Para lo mismo para lo que lo leo todos los días desde hace nueve años —dije—, que es para ver qué es lo que no pone.

Yurena me pasó la carpeta por encima de la mesa.

Pesaba dos kilos largos y olía a plástico y a papel viejo.

Ciento cuarenta y una cláusulas y once anexos.

Y ahí, con un café al lado, empecé por el artículo uno.