35. Diecinueve horas
Diecinueve horas
Séptima puesta de sol de la semana. La primera que miré entera.
A las siete menos cinco había sesenta y cuatro personas en el jardín de ceremonias del Rofe Grand Resort & Spa.
Sesenta sentadas y cuatro de pie al fondo, porque el banquete son sesenta comensales y Yurena Cabrera no iba a poner sesenta y cuatro en un parte.
Voy a describir lo que había, porque es un inventario y este es el único que me sale bien.
Había un arco de hortensias de cuatro metros que no era mío.
Había decoración floral de la línea cuatro y pétalos de la línea cinco, que tiró Nayra —la de la playa, no la de eventos— con el mismo cofre de mimbre del primer día.
Había sesenta sillas blancas colocadas rectas con un cordel a las seis y veinte de la mañana.
Había, en la última fila, una señora de setenta y cuatro años con un vestido azul marino que se llama Josefa Suárez y que no había vuelto a subir a La Geria desde 2019.
Había, en la fila tres, un maître llamado Aday con la camisa del uniforme y sin chaleco, porque libraba.
Había una masajista, un jefe de pastelería en moto, un guía del parque, una coreógrafa, un bodeguero con su mujer, siete cocineros, once camareros y la señora que hace los turnos de lavandería, que se llama Encarna y a la que no había visto en toda la semana porque nadie ve nunca a la señora de lavandería.
Había una pantalla de proyección de tres por dos, de las de conferencias, sacada de la sala de reuniones B.
Y había una mesa. Una mesa pequeña, de las de firma, colocada delante del arco, con un mantel blanco.
Encima de la mesa había un bolígrafo y un folio.
Nada más. Ni flores, ni anillos, ni cojín.
Yurena Cabrera se puso a un lado, con la carpeta a la altura del esternón, y a las siete en punto —a las siete en punto, ni un minuto más— dijo, en voz alta, sin micrófono, con la voz que se le pone a la gente que lleva veintidós años diciendo cosas en jardines:
—Buenas tardes. Son las diecinueve horas del sábado catorce de agosto. Da comienzo la prestación de la línea seis del contrato ALM-2514-RQ.
Y se sentó.
Es lo más bonito que he visto hacer a nadie.
Y había, en la esquina de la izquierda, a cuatro metros del arco, un hombre con una cámara al hombro y una gorra, que había llegado a las seis y cuarenta con una furgoneta de 2011 y que no había hablado con nadie salvo con su madre, treinta segundos, en la última fila.
Yo me puse delante y hablé cuatro minutos.
Y esto sí lo voy a poner entero, porque me lo sé entero, porque lo he repetido dentro de la cabeza más veces que ninguna otra cosa que haya dicho en mi vida, y porque hay sesenta y cuatro personas que pueden desmentirme.
—Buenas tardes. Yo me llamo Nora Requena y me iba a casar aquí hoy, a esta hora, en este sitio. No me voy a casar. Lo cancelé yo hace veinticinco días en Madrid, un martes por la mañana, y llamé a veintidós proveedores en orden descendente de penalización porque es como hago yo las cosas.
»Trabajo en una compañía de seguros. Escribo la parte del contrato en la que pone lo que no se paga. En 2019 escribí una cláusula que dice que si cancelas tu boda porque has dejado de querer a alguien no te devuelven nada, y la defendí en un comité, y la aplaudieron dos personas.
»Me la aplicaron a mí el 23 de julio. Veintiocho mil euros. Y estaba bien aplicada.
»Vine aquí el sábado pasado a recuperar treinta y un mil euros. Doce mil son de mis padres. Mi padre me dijo que ese dinero no era dinero, que era una semana que me acordara toda la vida.
»No he recuperado un euro. No voy a recuperarlo. Se acaba hoy y se acaba entero.
»En estos ocho días me han prestado servicios ochenta y cuatro personas.
Sé el nombre de veintiséis y me los he aprendido por accidente.
En el desglose que me mandaron en febrero hay veintidós líneas y no aparece ni una sola persona.
Aparece «cata maridada, mesa de dos, doscientos noventa euros».
No aparece Ovidio, que tiene setenta y un años y baja a esa terraza los seis días que le sale la reserva porque la bodega no le llega con el vino.
»Aparece «circuito spa, cabina dúo, trescientos diez euros». No aparece que Chana lleva veintidós años de pie y que me dijo que lo que tengo en el hombro no es de trabajar, que es de aguantar.
»Aparece «suelta de farolillos, treinta y seis unidades».
No aparece que se sueltan de uno en uno y que alguien los cuenta, y que esa persona está sentada ahí y se llama Yurena Cabrera, y que esta mañana a las seis y veinte estaba montando estas sillas para una boda que no existe porque estaba en su cuadrante desde febrero.
»Yo me he reído de eso toda la semana por dentro. Y resulta que era lo único que estaba bien hecho.
»Esto no es una boda. No hay novio, no hay oficiante y no va a haber un sí.
Es el servicio de la línea seis del contrato ALM-2514-RQ, que comprende la reserva del espacio, su acondicionamiento y la disposición del aforo, y que se presta hoy íntegramente, conforme a lo estipulado y sin modificación alguna.
»El contrato no dice qué se hace en esta hora. Lo he leído seis veces buscándolo. Ciento cuarenta y una cláusulas, once anexos, el gramaje del papel de las minutas, y no dice en ningún sitio qué se hace en un jardín a las siete de la tarde.
»Y como no lo dice, lo he decidido yo.
»En esa mesa hay un impreso. Es un acta de conformidad de una administración concursal y hay que entregarla el lunes antes de las dos.
Sirve para que a un proveedor le paguen seis mil doscientos euros por un trabajo que hizo.
Yo no la puedo firmar si el trabajo no está terminado, y el trabajo termina hoy, aquí, con ustedes dentro.
»Van a ver treinta y cinco minutos sin montar.
»Salen todos.
Y me senté.
Yurena Cabrera no levantó la vista de la carpeta en ningún momento, y le vi mover el bolígrafo dos veces sobre una hoja en la que no había nada que anotar.
Se apagaron las luces del jardín a las siete y catorce.
Y en una pantalla de tres por dos, delante de sesenta y cuatro personas, se proyectaron treinta y cinco minutos.
No estaban montados. No había música, ni títulos, ni orden: era el material tal cual salía de una tarjeta, en el orden en que se había grabado, porque Dani había llegado a las seis y cuarenta y no había tiempo de nada.
Y fue mejor así, y lo sabíamos los dos.
Salía un check-in nupcial ejecutado a las diez y cuarenta y cinco de la mañana para una mujer sola, con dos copas de cava y dos empleadas con una bandeja.
Salía Ovidio Betancort contando lo de su abuelo y la mula prestada de 1957, entero, sin cortes, cuatro minutos, con el valle detrás y el viento entrando en el micro a partir del minuto dos.
Salían unos hoyos de La Geria al atardecer, en trípode, tres minutos, sin nadie dentro del plano.
Salía Rubén en el obrador diciendo que la de boda normal es un ladrillo.
Salía Aday bailando con una mujer que no era su pareja una canción libre con paseo, doce minutos seguidos y sin un solo corte, y aquello, en una pantalla, delante de sesenta y cuatro personas, resultó ser lo más gracioso y lo más triste de todo, y la gente se rio y aplaudió cuando Aday la giró y luego se calló de golpe, y la mujer de la lavandería, que estaba dos sillas a mi izquierda, dijo «ay», en voz baja, en el minuto once.
Y salían camareros de fondo. En todos los planos. Recogiendo pétalos con un recogedor, pasando por detrás, esperando de pie a que dos huéspedes terminaran de hablar.
En cuarenta y ocho segundos del plano de la cata se ve a Ovidio recoger doce copas él solo, en tres viajes, silbando.
La gente se veía a sí misma.
Y esa es la parte que no había previsto, y la que a mí me colocó definitivamente en mi sitio: que no se veían a sí mismos trabajando. Se veían a sí mismos salidos . Encuadrados. Iluminados. En una pantalla de tres metros con sesenta y cuatro personas mirando.
Encarna, la de lavandería, sale nueve segundos en el fondo de un plano del pasillo de servicio, desenfocada, empujando un carro.
Los aplaudieron.
En el minuto veintiocho aparece un plano de dos segundos que yo no sabía que existía: una mujer de espaldas en la terraza este, a las nueve y veinte de la mañana, mirando una tetera.
Está desenfocada y dura menos que un parpadeo, y es la única vez que salgo yo sola en todo el material.
Nadie se dio cuenta salvo dos personas.
Terminó a las siete y cuarenta y nueve.
Se encendieron las luces del jardín y yo fui hasta la mesa pequeña del mantel blanco, y Dani Perdomo bajó la cámara y vino conmigo, y allí, delante del arco, delante de sesenta y cuatro personas y de su madre, hicimos lo único que había que hacer, que llevaba una semana esperándonos y que no se parece en nada a lo que hace la gente en ese sitio a esa hora.
Rellenamos un impreso.
Con un bolígrafo del hotel, encima de un mantel blanco, delante de un arco de hortensias de cuatro metros que pertenecía a otra boda.
Proveedor. Línea del desglose. Servicio prestado. Descripción de la prestación. Material entregado. Importe reclamado.
Él escribió su parte en letra de imprenta, apoyado en la mesa, con la lentitud de alguien que ha rellenado muchos partes en el capó de una furgoneta.
Y después me pasó el bolígrafo.
Estaba caliente.
Firmé debajo. Puse la fecha. Puse la hora, porque yo siempre pongo la hora, y eran las siete y cincuenta y tres.
Y luego, en el margen inferior del acta, en el espacio en blanco que hay debajo de las dos firmas y que no sirve para nada, escribí a mano una línea.
Después dejé el bolígrafo en la mesa y sesenta y cuatro personas se pusieron a aplaudir un documento administrativo, que es una cosa que no ha pasado nunca en ningún jardín de ceremonias del mundo.
A las ocho y cuarto salieron todos hacia el salón en dos grupos y por fuera, como había dicho Ainhoa, y a las nueve se sirvió el banquete de la línea ocho para sesenta comensales.
A las once y media Rubén sacó una tarta de tres pisos con una figura de porcelana de nueve centímetros encima, dos muñecos con la cara vacía, y la partimos Dani y yo porque el contrato dice que la parten los novios y a esas alturas ya nadie en aquel hotel iba a discutir con el contrato.