28. La letra pequeña de otro
La letra pequeña de otro
Los dos adjuntos eran los que había pedido.
El primero: contrato de prestación de servicios audiovisuales entre Rofe Grand Resort & Spa, S. L. y Daniel Perdomo Suárez. Objeto, material de isla para la producción A&B. Importe, doce mil euros más IVA. Pago, treinta días desde la entrega. Firmado por Falcón, pendiente de la firma del proveedor.
Estimada Sra. Requena: le adjunto los dos contratos tal y como los describimos esta mañana. Como verá, el segundo no contiene condición alguna vinculada al primero ni a ninguna otra circunstancia, según le anticipé por correo al interesado el miércoles. Quedo a la espera de sus noticias. IF.
Lo leí tres veces, con el cursor parado en la palabra «alguna». La primera con el estómago. Las otras dos con la parte de mí que se gana la vida.
El segundo no contiene condición alguna.
Fui al articulado, que es donde está siempre. Cláusula por cláusula, como se lee un contrato de verdad, que es empezando por el final y por la letra chica. Duración. Resolución. Penalizaciones. Exclusividad.
No había condición. Ninguna. Ni siquiera de las disimuladas, de esas que se meten en la cláusula de resolución y que solo ve alguien que las escribe.
Falcón había dicho la verdad por escrito dos veces, al interesado y a mí, y las dos veces la había dicho entera.
El contrato marco era limpio. Veinte bodas al año, tarifa cerrada, pago mensual, con una cláusula de resolución ordinaria a noventa días por ambas partes que es lo normal en este tipo de acuerdos. Nada lo ataba a la producción A&B. Nada lo ataba al sábado. Nada lo ataba a mí.
Me levanté de la silla y me senté otra vez.
Y entonces hice la operación, que me llevó unos once segundos, y que es la operación más cara de mi vida.
Si el contrato marco no dependía del sábado, entonces Dani Perdomo iba a tener veinte bodas al año, tarifa cerrada y facturación mensual pasara lo que pasara.
Eso ya estaba. Eso era suyo desde el miércoles y él no lo sabía porque llevaba desde el miércoles convencido de que Falcón le iba a retirar las dos cosas.
Lo único que colgaba de mi franja horaria eran doce mil euros.
Doce mil euros.
Yo tengo catorce mil doscientos en un fondo indexado que abrí en 2019 y en el que no he tocado nada desde entonces. Se liquida en dos días hábiles.
Doce mil euros. Ni treinta y un mil, ni el año, ni la vida de nadie. Doce mil euros y dos días hábiles.
Ahí está. Ese es el momento exacto. Once segundos, a las doce y treinta y cinco de la noche del viernes, delante de un contrato ajeno bien redactado.
No me levanté a hacer nada. Ni a apuntarlo. No mandé ningún correo. Cerré el portátil de golpe, que es una cosa que no hago.
Me metí en la cama y no dormí, que es lo peor que podía hacer, porque una idea así, sola en una habitación a oscuras, se ordena.
Me levanté dos veces. La primera a beber agua. La segunda a mirar por la ventana el jardín de ceremonias, donde a la una de la madrugada seguían trabajando cuatro personas con focos de obra, montando lo que la calima les había tirado dos veces.
Cuarenta personas llevaban seis días peleando por una hora que yo tenía en un cajón.
A la una y media volví a encender la luz y saqué la carpeta del hotel.
Dentro estaban los seis partes de entrega. Los seis. Los había ido guardando ahí, entre el plano de evacuación y la carta del servicio de habitaciones, doblados por la mitad, y no me había preguntado ni una vez por qué los guardaba.
Los leí de corrido, en orden, sentada en la cama con la lámpara encendida.
Y ahí está lo que me hundió, aunque tardé tres horas en enterarme.
El primero es un documento técnico impecable con una sola línea tachada.
El segundo también, con dos.
El tercero, cuatro. El cuarto, el del día del baile, tiene una observación de tres líneas sobre la duración del plano del primer baile que es, si se lee con atención, una declaración completa disfrazada de nota de montaje.
Y el quinto y el sexto son ya otra cosa. Ya no hay parte técnica que valga. Ya es un hombre escribiendo en un formulario porque no tiene otro sitio.
Los leí dos veces. La segunda en voz baja, moviendo los labios, que es una cosa que hago cuando un documento me importa. Cuando terminé eran casi las dos.
Y en la segunda lectura, a la una y cincuenta de la madrugada del sábado catorce de agosto, se me colocó la idea entera, redonda, con su argumentación completa, y me pareció verdad.
La idea era esta.
Este hombre no me va a pedir nunca nada. Jamás. Ni en agosto que viene ni dentro de diez años.
Es incapaz. Lleva ocho años sin pedirle a su madre que suba una segunda vez a una finca.
Lleva ocho años sin pedirle dinero a nadie para montar cuatrocientas horas de material.
Le deben quince mil seiscientos euros y no ha puesto una demanda.
Se enteró el miércoles de que le ofrecían la salvación y bajó al jardín a decirme que la quería, sabiendo que decírmelo era la manera más segura de no conseguirla.
Escribe lo que siente en un formulario y lo tacha.
Y luego, debajo de esa idea, la segunda, que es la que la hacía funcionar:
Por lo tanto, si yo espero a que él acepte algo, no lo va a aceptar nunca. Por lo tanto, tengo que dárselo de una forma que no pueda rechazar. Por lo tanto, tengo que hacerlo bien: entero, cerrado, con las cifras hechas y sin flecos, para que no haya nada que discutir.
Yo he construido argumentaciones así toda mi vida profesional. Sé exactamente cómo son por dentro: tres proposiciones encadenadas, cada una impecable, y la conclusión sale sola.
Lo que no sabía —lo que no sabe nadie mientras lo está haciendo— es que una cadena así no se construye desde la primera proposición. Se construye desde la conclusión, hacia atrás, y luego se le ponen los eslabones para que parezca que viene de arriba.
Y la tercera, que es donde ya se había metido el miedo y yo no lo veía:
Y así, además, deja de depender de mi firma.
Porque eso es lo que yo no soporté aquella noche, y lo escribo aquí sin adornos porque es la verdad y porque es lo único que explica lo que hice tres horas después.
Bosco me había puesto delante un espejo en un vestíbulo. Falcón me había puesto delante una franja horaria que valía dinero. Y en el descampado de Tinajo, un hombre me había hablado de agosto que viene y había dejado un sitio para mí sin nombrarlo.
Y yo, delante de las tres cosas, hice lo que hago.
Cogí el ordenador y me puse a preparar un expediente.
Voy a decir una cosa en mi defensa, la única que tengo, y luego no vuelvo a defenderme en toda esta historia.
Todo lo que pensé aquella noche era cierto.
Él no iba a pedir nada. Su madre me lo había dicho en la puerta de su casa cuatro horas antes, con esas palabras. El montaje cuesta lo que cuesta. El concurso no se cobra. Yo tenía el dinero y él no.
No hay ni una sola proposición falsa en toda la cadena.
Esa es la parte que todavía me quita el sueño: que se puede hacer una cosa espantosa sin equivocarse en ningún dato.
A las dos y cuarto abrí RESCATE.
Después de trece horas y cuarenta minutos sin tocarlo. Lo abrí y lo primero que vi fue la fila seis con la palabra cedida escrita a las diez de la mañana, cuando todavía era una mujer que iba a regalar una hora de su vida.
La borré. Nueve letras, dos segundos.
Y en su lugar, en una pestaña nueva que titulé sin ninguna ironía, empecé a construir la cosa más cara, más completa y más perfectamente redactada que he hecho nunca.
Cinco partidas. Dos tablas de recursos. Una columna con su nombre.
A las tres menos veinte estaba terminada.
Me lavé la cara otra vez. Me puse una chaqueta encima del pijama, porque a las tres de la mañana en agosto en Lanzarote refresca.
Bajé al aparcamiento de servicio con el portátil debajo del brazo.
La luz de la furgoneta estaba encendida.