29. La propuesta
La propuesta
Estaba sentado en el suelo de la parte trasera, con las puertas abiertas, el disco duro conectado y la linterna de cabeza puesta.
Cuando me vio llegar con el portátil se quitó la linterna, que es lo que hace siempre, y sonrió.
Eso hay que decirlo. Sonrió.
—¿No duermes?
—No.
—¿Estás bien?
—Estoy muy bien —dije—. Tengo que enseñarte una cosa.
—¿Ahora?
—Ahora. Es buena.
—¿Buena?
—Muy buena.
Y ahí, si aquella noche hubiera existido una versión mía capaz de leer una cara —y las hay; la mía de ahora lo sería—, habría visto lo que pasó en la suya, que fue esto: la sonrisa se le quedó puesta y los ojos se le fueron al portátil.
Cómo estaba yo, que si no esto no se entiende:
Yo no bajé triste. Yo no bajé a hacerle daño. Yo bajé eufórica, que es un estado que en mí dura muy poco y que se me nota en que hablo más rápido y en que llevo cosas debajo del brazo.
Yo bajé a aquel aparcamiento convencida de que iba a hacer feliz a una persona.
Me senté en el borde de la furgoneta, a su lado, con el ordenador en las rodillas, y lo abrí.
Se encendió la pantalla y nos iluminó a los dos de azul.
—A ver. Voy a ir en orden, porque es lo más fácil.
—Vale.
—Punto uno. —Giré la pantalla hacia él, con el ángulo bien puesto, como en un comité—. Falcón me mandó los contratos ayer a las seis y media. Los dos. Los he leído enteros. El del material de isla, doce mil euros, y el marco de proveedor preferente para el año que viene.
—¿Te los mandó a ti?
—Se los pedí yo el viernes por la mañana.
Dani no dijo nada.
—Lo importante es esto: el contrato marco no está condicionado. Lo he mirado cláusula por cláusula. No depende de la producción, ni del sábado, ni de nada. Es tuyo desde el miércoles. Veinte bodas, tarifa cerrada, facturación mensual. Pase lo que pase.
—Vale.
—O sea que del sábado solo dependen doce mil euros.
—Vale.
—Punto dos. —Pasé a la segunda pestaña, y aquí es donde yo creía que empezaba lo bueno—.
Yo tengo catorce mil doscientos euros en un fondo indexado.
Lo abrí en dos mil diecinueve y no lo he tocado nunca porque no tenía para qué.
Se liquida en dos días hábiles: el lunes por la mañana doy la orden y el miércoles está en mi cuenta.
—Punto tres. La película.
—Nora.
—Espera, que esto es lo importante.
Y se lo expliqué entero, con el ordenador en las rodillas, en un aparcamiento, a las tres menos diez de la madrugada.
Se lo expliqué durante unos cuatro minutos, con la pantalla girada hacia él, y estaba muy bien hecho, y lo sigo pensando, y ese es exactamente el problema.
Le expliqué la estructura primero, porque un expediente se presenta por la estructura.
Le expliqué que le transfería los doce mil euros. Que con eso el sábado dejaba de valer nada y la franja se quedaba donde estaba. Que con el contrato marco tenía el año cubierto igualmente.
Le expliqué que había hecho un presupuesto de la película.
Completo. Que había mirado tarifas de montadores freelance en Canarias, que están entre veintidós y treinta euros la hora, y que cuatrocientas horas de material dan un montaje de entre ocho y doce semanas, y que con etalonaje y sonido salía por dieciocho mil quinientos, y que en la tercera pestaña estaba el desglose.
Le expliqué que el proyector, el cuadro de luz nuevo y el permiso del ayuntamiento para cuatro sesiones de agosto salían por cuatro mil doscientos, y que eso lo había mirado en la web del Cabildo.
Le expliqué que en total eran treinta y cuatro mil setecientos euros, que yo tenía catorce mil doscientos líquidos y capacidad de financiación para el resto a un tipo del cinco y medio, y que lo podíamos estructurar como préstamo participativo, o como aportación a fondo perdido, o como coproducción con retorno si algún día había retorno, y que a mí me daba exactamente igual la figura jurídica.
Le expliqué que había mirado si el Cabildo tenía alguna línea de ayuda a la producción audiovisual insular, y que la había, y que el plazo se abría en noviembre, y que la documentación exigía un montaje preliminar de veinte minutos, que él ya tenía cuatro veces empezado.
Le expliqué la fiscalidad. Que si lo hacíamos como préstamo participativo no tributaba como donación y que eso a él le convenía.
Y le expliqué, por último, que había hecho una previsión de los quince mil seiscientos del concurso, con la clasificación y el porcentaje histórico de recuperación de ordinarios en concursos de esta tipología, que está entre el cuatro y el once por ciento, y que por lo tanto lo realista era considerar esa cifra perdida y sacarla de la ecuación.
—Sacarla de la ecuación —repitió, muy despacio.
—Sí.
—O sea, dar por perdido lo que me deben.
—Contablemente sí. —Y aquí lo dije. Aquí dije la frase—. Es lo que se hace con un siniestro, Dani. Se cuantifica, se indemniza y se cierra el expediente.
Silencio.
Un silencio largo, además. De los que ya no se rellenan.
En el aparcamiento de servicio del Rofe Grand Resort & Spa, a las tres de la madrugada del sábado, con la luz interior de una furgoneta encendida y un disco duro copiando cuatrocientas horas de una mujer colocando piedras.
—Nora.
—Nora, para un momento.
—Falta un punto. Punto cuatro. —Pasé a la última pestaña, porque yo cuando estoy nerviosa no paro, y aquella noche estaba aterrorizada y no lo sabía—. El material.
—¿Qué material?
—El mío. Los cincuenta y tres minutos.
Levantó la cabeza por primera vez desde el punto dos.
—Cuando esté todo cerrado —dije—, quiero que se borre. Todo lo mío.
—¿Qué?
—Lo que hay de mí. La cata, los hoyos, el baile. —Tenía la voz perfectamente tranquila—. Firmo el acta de conformidad el sábado a primera hora, tú entregas el material al administrador el lunes antes de las dos, cobras lo que sea que cobres, y lo que hay de mí no sale de la isla.
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
—Esa no es una razón tuya. Tú siempre tienes razones.
—Nora, eso son cincuenta y tres minutos de una cata y un baile con el maître.
—Ya lo sé.
—Nadie los va a ver nunca, Nora. Ni el administrador. Un administrador concursal no ve vídeos: cuenta minutos y sella.
—Ya lo sé —dije—. Por eso es fácil borrarlos.
Dani Perdomo se quedó mirando la pantalla del portátil un rato bastante largo.
—¿Puedo verlo? —dijo.
—Claro.
Cogió el portátil y bajó por la hoja él solo, con el dedo en el panel táctil, muy despacio, columna por columna. Tardó, calculo, cuarenta segundos.
No dijo nada mientras bajaba. Yo estaba a su lado y le veía la cara de perfil, iluminada por la pantalla, y en aquel momento pensé que estaba impresionado.
Después, muy despacio, alargó la mano y lo cerró.
No de golpe. Lo cerró como se cierra la tapa de una caja de herramientas cuando ya has terminado el trabajo.
Y se quedó con la mano encima de la tapa cerrada, sin retirarla.
—¿Cuánto tiempo llevas con esto?
—Desde la una y media.
—¿De la noche?
—Sí. De esta noche.
—¿Y antes?
—Antes he cenado con tu madre —dije.
Lo dije como quien aporta un dato favorable.
Y él dijo «ah», muy bajo, y asintió una vez, muy despacio, y ese asentimiento fue lo peor de toda la noche, porque no era un asentimiento de estar de acuerdo. Era el de alguien que acaba de encajar dos piezas y ha entendido la figura entera.
—Ha estado bien lo del descampado, ¿verdad? —dijo.
—Ha estado muy bien. Me gustó mucho tu madre.
—Ya. —Se pasó el pulgar por la ceja—. Y a las dos y cuarto ya tenías el presupuesto del proyector.
No contesté, y no contestar fue contestar.
—Cuatro mil doscientos —dijo—. Del Cabildo.
—Dani.
—¿Cuánto le has puesto a mi madre?
—¿Qué?
—Que cuánto le has puesto a mi madre —dijo Dani Perdomo, sin levantar la voz ni un punto—.
Porque el proyector está en la hoja, y el montaje está en la hoja, y los quince mil seiscientos están en la hoja dados por perdidos, y yo estoy en la hoja.
Yo tengo una columna. Lo he visto. —Se levantó del suelo de la furgoneta—.
Así que digo yo que mi madre estará en alguna parte.
Y yo, que llevaba una semana entera diciendo la verdad y que no supe parar a tiempo, dije lo único que no había que decir, que fue la verdad.
—Tu madre está en el retorno.
Retorno no económico. Computable como justificación, no como ingreso. Eso es lo que ponía en la celda, y eso es lo que había escrito yo con mis manos hora y media antes.
Y en cuanto lo dije, en el mismo segundo, oí exactamente lo que acababa de decir, y no había manera de recogerlo.