Todo incluido, menos tú 27. La oferta de Bosco
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27. La oferta de Bosco

La oferta de Bosco

Bosco Ariztegui en persona es más alto de lo que parece y tiene la piel de alguien que se cuida a jornada completa. Llevaba una camiseta blanca, unas chanclas caras y una cerveza que no se estaba bebiendo.

Se levantó cuando llegué, que es un detalle que le concedo y que le he concedido siempre, incluso después.

—Perdona la hora. Llevo aquí desde las once.

—¿Esperándome a mí?

—Esperándote a ti.

Y hay que decir otra cosa, porque si no esto queda injusto: yo llegaba de cenar con la madre de un hombre y de ver un descampado, y él llevaba dos horas y media sentado en un sofá de vestíbulo esperando a una desconocida. Los dos estábamos exactamente donde no queríamos estar.

Nos sentamos en el sofá bajo del vestíbulo, con la música que no es música y un recepcionista de noche a quince metros fingiendo que ordenaba folletos.

—Primero, quiero decirte una cosa —dijo Bosco—. Ainhoa no sabe que estoy aquí. Esto es cosa mía y me hago responsable yo.

—Vale.

—Y segundo: sé que esto es tu semana, y sé lo que pasó, más o menos, y lo siento de verdad. —Se puso la mano en el pecho, un gesto que le he visto hacer después en dieciséis vídeos distintos—. De verdad de verdad.

—Gracias.

—Vale. Pues voy al grano.

Y fue al grano, y hay que reconocer que tardó ocho segundos, que es menos de lo que tardó Falcón, aunque Falcón lo hizo mejor y en veinte minutos.

—Necesito el sábado a las siete.

—Ya.

—Se nos ha ido todo a la mierda con la calima.

Tenemos dos días perdidos, un equipo de Madrid que se va el domingo y una marca de relojes que ha puesto cuarenta mil euros y que quiere la ceremonia con luz.

—Se echó hacia delante, con los codos en las rodillas, exactamente igual que Falcón—.

Y el hotel me dice que no, que es tuyo, que no lo toca.

Y me parece bien. Por eso vengo yo directamente.

—El hotel te ha dicho la verdad.

—Ya sé que me ha dicho la verdad. Yo no vengo a pelearlo con el hotel, vengo a hablar contigo. —Dejó la cerveza en la mesa baja—. Nora, yo te compro el sábado.

—¿Perdona?

—Que te lo compro. —Abrió las manos—. Lo que te costó. Entero.

—¿Lo que me costó?

—Treinta y un mil euros —dijo Bosco Ariztegui—. Transferencia el lunes.

Yo llevo nueve años en reuniones y me he acostumbrado a que la sorpresa no se me note.

Aquella vez se me notó, y él lo vio, y lo interpretó como se interpretan estas cosas cuando llevas medio millón de seguidores: creyó que iba bien.

—¿Cómo sabes tú esa cifra?

—La pregunté.

—¿A quién?

—A gente. —Y por primera vez tuvo la decencia de incomodarse un poco—.

Mira, aquí se sabe todo. Llevamos cuarenta personas en este hotel desde el lunes.

Alguien me dijo que había una tía sola con un paquete nupcial congelado y con la franja buena, y yo pregunté cuánto costaba el paquete, y me lo dijeron.

—Ya.

—No lo digo con maldad.

—No, si ya sé que no —dije—. Es peor.

—¿Por qué es peor?

—Porque significa que llevo una semana siendo una anécdota en la comida de cuarenta personas.

—Nadie ha dicho nada malo de ti, ¿eh?

—Ya sé que nadie ha dicho nada malo de mí. Han dicho una cifra —dije—. Que es peor que decir algo malo.

Bosco no lo entendió y no pasa nada.

—A ver, yo te lo planteo así. —Contó con los dedos—.

Uno: tú no te casas el sábado. Eso ya está.

Dos: esa hora la tienes tú y no la vas a usar.

Tres: yo la necesito y puedo pagarla. Cuatro: si me la vendes, tú recuperas los treinta y un mil euros que has perdido.

O sea, vuelves a estar como estabas. —Abrió las manos otra vez—.

Es que es todo ventajas. No hay parte mala.

Y ahí me levanté.

Me levanté rápido, y en aquel momento me pareció que me levantaba por dignidad, y ahora sé que me levanté porque me había dado en un sitio.

—No.

—Espera, espera. Si te parece poco...

—No me parece poco. Me parece treinta y un mil euros, que es exactamente lo que vale, porque es lo que pagué. —Cogí el bolso—. La respuesta es no.

—Pero ¿por qué?

—Porque no se compra.

Bosco se quedó sentado, mirándome desde abajo, con una cara de perplejidad tan auténtica que todavía me da rabia recordarla.

—Nora, tía. —Y aquí dijo la frase—. ¿Y qué diferencia hay entre que te lo pague yo a ti, o que se lo pague el hotel a otro?

Yo me quedé de pie.

—¿Cómo?

—Que aquí todo el mundo está comprando algo.

—Se encogió de hombros, sin ninguna agresividad—.

El hotel nos da la boda gratis a cambio de que salgamos.

La marca de relojes paga cuarenta mil por tres planos.

Yo te ofrezco a ti lo que te costó. Y tú…

—se paró, y fue lo más listo que dijo— tú compraste una semana entera con un paquete cerrado y estás aquí sola cumpliéndolo servicio por servicio, que es lo más raro que he visto en mi vida, y no me parece mal, ¿eh?

Solo digo que no seas tú la única que se cree que aquí no se compra nada.

Se hizo un silencio de esos en los que se oye la música que no es música.

Y yo, que tengo respuestas para casi todo, hice lo que hago cuando no tengo ninguna: subir el tono.

—La diferencia —dije— es que tú has preguntado por ahí cuánto me costó mi boda y luego has bajado a un vestíbulo a las once de la noche a ofrecerme el importe exacto de mi ruina para que tu marca de relojes tenga la luz que le gusta.

—Joder.

—Y la otra diferencia es que a mí me da igual tu luz.

—Vale. Vale, perdona. —Se levantó él también, con las manos por delante—. No hacía falta.

—No, no hacía falta.

—Perdona de verdad. He sido un gilipollas. —Y lo dijo bien; ese hombre pide perdón bien, será por oficio—. Se me ha ido. Llevo dos días con la productora encima y he pensado que era una cosa práctica.

—Es que es una cosa práctica —dije—. Ese es el problema.

—Oye —dijo, cuando ya me iba—. Una cosa.

—Dime.

—El vídeo ese que estáis haciendo tú y el cámara. El de la isla.

—No es un vídeo.

—Bueno, lo que sea. —Se rascó la nuca—. Es que la de producción me dijo el martes que había un tío grabando a una clienta sola por todo el hotel y que era lo mejor que había visto en la semana. Y yo le dije que eso era un contrato de boda cancelada. Y ella me dijo: pues eso.

—¿Pues eso qué?

—Que eso —dijo Bosco Ariztegui, sin ninguna intención— es lo que la gente ve.

En el pasillo que da a la escalera me crucé con Yurena Cabrera.

Eran las doce menos veinte de la noche del viernes y aquella mujer iba con la carpeta.

—Señora Cabrera, ¿qué hace usted aquí?

—Cuadrante de mañana.

—Son las doce.

—Mañana hay cincuenta y un servicios en este hotel, señora Requena, y cuarenta son de la producción. —Se recolocó la carpeta—. Y uno es suyo.

—¿Cuál?

—El de las siete.

Y siguió andando hacia coordinación, y a mí se me quedó dentro esa cifra —uno de cincuenta y uno— durante los tres tramos de escalera.

Subí por la escalera.

Y en el primer rellano, en la penumbra, con la mano en la barandilla, me paré, porque acababa de oírme.

¿Y qué diferencia hay entre que te lo pague yo a ti, o que se lo pague el hotel a otro?

Ninguna.

Yo llevaba desde las ocho y media de la mañana negociando la venta de esa misma franja horaria.

Con el director. Por escrito. Con importe, condiciones y fecha de pago.

La única diferencia entre Bosco Ariztegui y yo era el destinatario del ingreso, y en un expediente eso no es una diferencia moral: es un dato del beneficiario.

Yo había subido la escalera indignadísima con un hombre que me había ofrecido exactamente lo que yo pensaba hacer, con la única variante de que a mí no me tocaba el dinero.

Y como no soy tonta, entendí perfectamente lo que había pasado.

Me había ofendido porque me había visto.

Y lo que no le he contado a nadie de aquella conversación, ni a Rebeca:

Que en el segundo rellano, entre la primera y la segunda planta, se me pasó por la cabeza durante un instante muy corto y muy claro la idea de bajar otra vez y decirle que sí.

Treinta y un mil euros. Los de mis padres dentro. La entrada de un piso.

Duró lo que dura una idea así, que son dos o tres segundos, y se fue, y no la conté nunca porque me daba vergüenza. La cuento ahora porque estoy contándolo todo y porque, si soy honesta, la parte de mí que hizo lo que hice tres horas después es exactamente la misma que se paró en aquel rellano.

Entré en la habitación a las doce y veinte. Me lavé la cara. Me senté en el escritorio.

Y abrí el correo, que llevaba sin abrir desde las nueve menos cuarto de la mañana, con dos adjuntos de dirección esperando y el asunto en mayúsculas.