26. Tinajo
Tinajo
La casa de Fefa Suárez está en una calle de Tinajo en la que todas las casas son blancas con las carpinterías verdes, y en la que a las nueve menos cuarto de la noche había cuatro señoras sentadas en sillas de plástico en la acera, mirando pasar la furgoneta como se mira pasar cualquier cosa en un sitio donde no pasa casi nada.
—Ese es el hijo de la Fefa —dijo una.
—Ya lo veo —dijo otra.
—Va con una.
—Y va con una —repitió la tercera, por si no había quedado claro.
Bajé del coche con la clara conciencia de haber sido inventariada por un sistema mucho más eficiente que el mío.
Fefa tiene setenta y cuatro años, es baja, ancha de hombros y tiene unas manos que yo había visto antes en una tablet, encima de una piedra, en un mirador.
—¿Y esta quién es?
—Se llama Nora.
—Ya sé cómo se llama, me lo has dicho por teléfono. Digo que quién es.
—Es la clienta.
—Ah. —Fefa me miró de arriba abajo con una lentitud que no admitía ninguna réplica—. La clienta.
—Buenas noches —dije.
—Pasa, mi niña, que hace fresco.
La casa por dentro es una casa: cocina grande, mesa de fórmica, un sofá, una tele encendida sin sonido y una foto de boda en blanco y negro encima del aparador. Olía a pescado y a cebolla.
En el aparador, al lado de la foto de boda, había otra cosa: una piedra. Una piedra volcánica del tamaño de un puño, encima de un tapete de ganchillo, con la misma dignidad con la que en otras casas hay un cristal de Murano.
No pregunté por ella aquella noche. Tardé un año.
Cenamos vieja con papas y mojo. Yo dije que estaba muy bueno y Fefa dijo «claro», sin ninguna falsa modestia, que es una manera de contestar que a mí me pareció admirable.
Durante la primera media hora habló ella, y habló de cosas concretas: del techo del cuarto de atrás, de una vecina que se había caído, del precio del pescado, de que Dani no come.
—Este no come. Míralo.
—Mamá, mido metro noventa.
—Comes de pie. Comer de pie no es comer.
—Eso es verdad —dije yo.
Fefa me miró.
—¿Tú de qué trabajas?
—Seguros.
—¿Y eso qué es?
—Yo escribo la parte del contrato en la que pone lo que no se paga.
Hubo un silencio de dos segundos y Fefa se rio con una carcajada corta y grave.
—Menos mal que lo dices tú —dijo—, porque yo no lo iba a decir.
—¿Y usted qué hace en el hotel toda la semana sola? —dijo Fefa, a media cena, sin ninguna delicadeza y por lo tanto sin ninguna crueldad.
—Mamá.
—Es una pregunta.
—Estoy consumiendo un paquete de boda —dije.
Fefa dejó el tenedor.
—¿El suyo?
—El mío.
—¿Y el novio?
—Mamá.
—Es que si el paquete es de boda, hay un novio. Yo pregunto lo que hay.
—No hay —dije.
Fefa me miró, y en aquellos dos segundos aquella mujer entendió, calculo, entre el setenta y el ochenta por ciento de todo.
—Come más papas —dijo.
A las diez y media, cuando ya habíamos recogido, salí al patio de atrás a por un vaso de agua y Fefa vino detrás.
El patio tiene una parra, dos macetas y una pared blanca, y desde allí, si miras hacia el este por encima del tejado del vecino, se ven las luces de la costa y, mucho más arriba y sin luces, la línea negra de La Geria.
—Mi niña.
—Dígame.
—¿Tú sabes lo de la finca?
—Sé algo.
—¿Te lo ha contado él?
—Un poco.
Fefa se quedó mirando la pared, no la vista.
—Yo he subido allí una vez en cuarenta años —dijo—. Una. En dos mil diecinueve, porque este se puso pesadísimo con la cámara.
—Ya.
—Estuvimos toda la mañana. Me hizo colocar piedras y decir dónde iba cada una. —Se secó las manos en el trapo que llevaba, aunque no las tenía mojadas—. Y bajé y le dije: ya está, Daniel. No vuelvo.
—¿Y él qué dijo?
—Nada. Este no dice nada. —Fefa se cruzó de brazos—. Lleva siete años enseñándome trozos en el ordenador y yo le digo que está muy bien y él se va a su casa.
—Está muy bien.
—Ya sé que está muy bien. —Y aquí bajó la voz, aunque no había nadie—. Lo que pasa es que yo no quiero verlo, mi niña. Yo estuve allí. Yo sé cómo era aquello. A mí no me hace falta.
Fue la conversación más difícil que tuve en toda la semana y no duró tres minutos.
—¿Y entonces por qué subió? —dije.
Fefa me miró como se mira a alguien que pregunta algo evidente.
—Porque me lo pidió mi hijo.
Al despedirnos en la puerta, Fefa me cogió del brazo un momento, con esa confianza que se toma la gente mayor y que no se discute.
—Mi niña.
—Dígame.
—Este es muy bueno —dijo—, pero es muy suyo. No espere que le pida nada, porque no le va a pedir nada nunca. Le pasa desde chico.
—Ya me he dado cuenta.
—Bueno —dijo Fefa—. Pues eso.
Y me soltó el brazo, y cerró la puerta, y yo me subí a la furgoneta con aquella frase en el bolsillo sin saber todavía que iba a usarla ocho horas después para hacer exactamente lo contrario de lo que aquella mujer me estaba diciendo.
Volvimos a Arrecife por la carretera de arriba, que es más larga, y a la salida de Tinajo Dani paró la furgoneta en un descampado y dijo:
—Espera.
Había una explanada con una pared encalada de unos ocho metros, un cuadro de luz oxidado y treinta o cuarenta sillas de plástico apiladas debajo de un toldo. En la pared, muy descolorida, se leía todavía CINE DE VERANO – JUEVES.
—Aquí venía yo de crío. Los jueves de agosto. —Se apoyó en el capó—. Lo llevaba el ayuntamiento y lo dejaron en dos mil dieciséis.
—¿Y las sillas?
—Las sillas siguen ahí porque nadie las ha quitado. Esto es Lanzarote.
Me acerqué a la pared. Estaba encalada mil veces, con el borde inferior verde de humedad y unas letras de spray en una esquina que alguien había intentado borrar.
—¿Cabe una película entera ahí?
—Cabe de sobra. Ocho metros. En un cine normal la pantalla tiene diez.
—¿Y se ve bien?
—A partir de las nueve y media se ve de maravilla —dijo—. Aquí no hay luz de ciudad.
Nos quedamos un rato mirando una pared blanca en un descampado.
—¿Tú qué harías con esto? —dije.
—Nada. Es del ayuntamiento.
—No te he preguntado eso.
Y entonces —y esta es la parte que me interesa de aquella noche— Dani Perdomo se puso a hablar.
Habló cuatro o cinco minutos seguidos, cosa que no había hecho en toda la semana.
Habló del proyector, que costaría unos tres mil, y de que el cuadro de luz habría que renovarlo, y de que en agosto se podían hacer cuatro sesiones y de que su madre no subiría a La Geria pero sí bajaría a una silla de plástico a cuarenta metros de su casa, y de que eso ya no sería enseñarle trozos en un ordenador.
De que la gente del pueblo saldría en la película y por eso vendría a verla, y de que un documental sobre una finca no lo ve nadie en ningún sitio del mundo salvo en el sitio donde está la finca.
Lo escuché entero, apoyada en el capó, con el motor tintineando al enfriarse.
Y mientras lo escuchaba pasaron dos cosas dentro de mí, a la vez, y las dos son mías y de nadie más.
La primera es que se me quitó cualquier duda que me quedara sobre el sábado.
Yo tenía en el correo, sin abrir, dos documentos que valían doce mil euros y un año de trabajo, y estaba delante de la única persona que sabía exactamente qué hacer con eso, y a cuarenta metros de la pared donde iba a proyectarlo.
Y la segunda es que me entró un miedo físico, en el estómago, del tipo que no había sentido en toda la semana.
Porque aquel hombre no estaba hablando de tres mil euros de proyector.
Estaba hablando de agosto que viene.
Y en ese futuro —en el descampado, en las sillas, en su madre bajando con una rebeca— había, sin que él lo hubiera dicho ni una sola vez, un sitio para mí.
Subí a la furgoneta y dije que estaba cansada.
Llegamos al Rofe a las doce menos cuarto. Nos despedimos en el aparcamiento de servicio, y él me dio un beso y se quedó a arreglar el filtro, y yo subí sola por el camino de arena.
En el vestíbulo, sentado en un sofá bajo, con una cerveza y el móvil en la mano, había un hombre esperando.
Bosco levantó la cabeza.
—Nora, ¿no? —dijo—. ¿Tienes diez minutos?