25. Amortización feliz
Amortización feliz
Séptimo día por la mañana. Ya con la administradora concursal colgada y setenta y cuatro horas en la cabeza.
Lo encontré a las doce y veinte en el aparcamiento de servicio, debajo de la furgoneta.
Literalmente debajo. Se le veían las piernas y una caja de herramientas abierta al lado, y del interior salía una conversación consigo mismo en la que la palabra más repetida era «tornillo».
—¿Necesita ayuda?
—Necesito otra furgoneta y un país distinto.
—¿Qué le pasa?
—Que es de dos mil once y que el jueves le entró medio Sáhara por el filtro. —Salió, con la cara sucia y la gorra torcida—. Buenos días.
—Buenos días.
Y nos quedamos los dos ahí, a la una de la tarde, en un aparcamiento, después de lo del jueves, sin saber qué se hace por la mañana con una persona con la que has hecho eso.
Lo resolvió él, que para estas cosas es mejor, y lo resolvió sin tocarme, que fue exactamente lo correcto en un aparcamiento a mediodía con dos camareros fumando a treinta metros.
—¿Has desayunado?
—He desayunado con Falcón.
—Eso no es desayunar.
Por qué no se lo dije.
Tenía la decisión tomada desde las ocho y media de la mañana. La había hablado con el director del hotel a las nueve menos cuarto. Le había dictado a Falcón las condiciones exactas, con importe y fecha de pago, y me había dicho que me mandaba los papeles «a lo largo del día».
Y a las doce y veinte, delante de un hombre con la cara sucia, no lo dije.
Me conté a mí misma que era por prudencia. Que era mejor esperar a tener los documentos, porque una intención no vale nada y porque anunciar algo que todavía no está firmado es una imprudencia de aficionado.
Eso es verdad y es la mitad de la verdad.
La otra mitad es que quería que fuera perfecto. Quería llegar con las dos cosas firmadas, ponerlas encima de una mesa y ver la cara que ponía. Quería dárselo entero, cerrado, sin flecos, como se entrega un expediente bien hecho.
No quería dárselo. Quería entregárselo.
Nadie me ha creído nunca cuando digo que esas dos cosas son distintas.
—¿Y qué quería Falcón? —dijo, mientras recogía la caja de herramientas.
Ahí tuve una ocasión perfecta y no la cogí.
—Cosas de la incidencia.
—Ah.
—Papeleo.
—Ya. —Cerró la caja—. Ese hombre no baja al bufé por papeleo.
—Pues bajó.
Y me miró un segundo y medio más de la cuenta, y lo dejó, que es lo que hizo toda la semana con todo, y a mí aquel segundo y medio me duró después bastantes meses.
El viernes fue el mejor día de mi vida adulta, y esto lo digo con la conciencia perfectamente clara de cómo terminó.
A la una y media nos sirvieron el almuerzo en la terraza este —línea dos, régimen premium, dos pax— y estuvimos hora y media allí, y en algún momento apareció Yurena para comprobar si nos habían servido el postre y se quedó tres minutos hablando de la calima y del estropicio que le había hecho a los jardines.
—Señora Cabrera, siéntese —dije.
—No puedo.
—Dos minutos.
—Señora Requena, si yo me siento en la terraza este me ven desde recepción —dijo Yurena Cabrera, y siguió de pie, y se quedó siete minutos.
Yurena, antes de irse, hizo una cosa que no le había visto hacer: abrió la carpeta, sacó una hoja y la dejó boca abajo en la mesa.
—Es el cuadrante de mañana —dijo—. Se lo dejo por si le sirve.
—¿Y qué pone?
—Lo mismo que en febrero.
Y se fue.
No la giré. Estuvo toda la comida ahí, boca abajo, entre la cesta del pan y el aceite, y yo no la giré, y eso también dice bastante de aquel viernes.
A las tres y media fuimos a la playa pequeña, que estaba llena de arena roja del jueves y que no había limpiado nadie porque limpiar una playa de arena es una operación que no tiene sentido, y estuvimos allí sin hacer absolutamente nada.
Yo no hago eso. Yo, en una playa, leo o me voy.
Estuve dos horas y cuarto. Sé que fueron dos horas y cuarto porque lo miré después, no porque lo estuviera contando.
Hablamos de tonterías. De si el hotel tenía o no tenía razón en poner música en el vestíbulo. De los alemanes. De la señora Nogal y sus novias que llaman llorando el sábado. De si Ovidio se inventaba lo de la mula, otra vez, porque era un tema que nos gustaba y que no queríamos resolver.
Le conté lo del psicólogo del recuerdo agradable sin fechas.
—¿Y ahora se te ocurre alguno? —dijo.
—No.
—Piensa.
—Es que el problema no es el recuerdo. El problema es sin fechas.
Se rio con la boca cerrada, mirando al mar.
—Pues eso es fácil de arreglar.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Cogió un puñado de arena roja y lo dejó caer—. A partir de ahora ya tienes uno que no sabes qué día fue.
Le dije que sí sabía qué día fue.
Me dijo que ya, que por eso lo decía.
A las seis subimos a la habitación y esta parte no la voy a contar.
Diré solamente dos cosas. La primera es que no hubo bolígrafo encima de ningún escritorio, ni anexo, ni estructura, ni nada que se pareciera a una lista, y que eso es lo único que me interesa dejar por escrito.
Y la segunda es que hubo un momento, después, con la persiana bajada y la luz naranja de las seis de la tarde entrando por las lamas, en el que él estaba dormido y yo no, y me quedé mirando el techo con una sensación completamente nueva que tardé un rato en identificar.
No era felicidad. La felicidad la conozco: es una cosa alta y ruidosa que dura veinte minutos.
Era que no estaba calculando nada.
Hay una cosa que no le dije aquella tarde en la playa y que me habría ahorrado bastante.
Estuve a punto tres veces. La primera cuando salió lo de la señora Nogal. La segunda cuando me preguntó si se me ocurría algún recuerdo agradable. Y la tercera fue la peor, porque fue después de lo de las seis, con la persiana bajada, cuando él dijo, medio dormido:
—Mañana es sábado.
Y yo dije:
—Ya.
Y ahí estaba. Ahí cabía entera, en tres frases: tengo el sábado, te lo doy, ya está negociado. Tres frases y catorce segundos.
Y no las dije, y me dije a mí misma que era por los papeles.
Ese día no abrí RESCATE.
Es la primera vez que escribo esa frase en toda esta historia, y la escribo aquí porque fue así: desde las diez de la mañana, cuando puse «cedida» en la fila de la línea seis, hasta las once y cuarenta de la noche, no abrí el archivo. Trece horas y cuarenta minutos.
No me di cuenta hasta mucho después. Uno no se da cuenta de que ha dejado de hacer algo mientras no lo está haciendo; se da cuenta al volver.
A las siete y media bajamos a por algo de beber y nos cruzamos con la producción de A&B en el pasillo: seis personas cargando cajas de material a contrarreloj, con la cara de quien ha perdido dos días y tiene que recuperarlos.
La mujer de la carpeta azul me miró al pasar. No fue una mirada agradable. Fue la mirada que se le echa a un obstáculo.
—Esa sabe quién eres —dijo Dani.
—Lo sabe todo el mundo.
—Aquí sí.
A las ocho menos veinte, mientras yo me secaba el pelo, sonó su móvil.
Lo oí contestar desde el baño.
—Dime, mamá. —Pausa—. Sí. Sí, sí. —Pausa larga—. No, si ya lo sé. —Pausa—. Que sí, mamá, que voy.
Salí con la toalla.
—¿Todo bien?
—Todo bien. —Estaba mirando el móvil—. Que es viernes.
—¿Y qué pasa los viernes?
Dani levantó la vista y se quedó pensando un segundo, y en ese segundo pasaron por su cara tres o cuatro cosas seguidas que no supe leer entonces y que ahora sé exactamente lo que eran.
—Los viernes ceno con mi madre —dijo—. Desde hace once años.
—Ah.
—En Tinajo. A cuatro kilómetros.
—Pues vaya.
—Ya. —Se guardó el móvil en el bolsillo—. ¿Vienes?
Y ahí es donde debería haber dicho que no.
No por nada malo. Por lo evidente: porque llevábamos siete días, porque el sábado estaba encima, porque yo tenía en el correo unos papeles que todavía no había abierto y una decisión que todavía no había contado, y porque conocer a la madre de alguien un viernes por la noche significa exactamente lo que significa.
Pero es que a las ocho menos veinte de aquel viernes yo era la mujer que iba a regalarle una hora de su vida a un hombre y que estaba esperando a los papeles para hacerlo bien, y esa mujer no dijo que no a nada.
—¿A qué hora? —dije.