Todo incluido, menos tú 23. Ocupación real
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23. Ocupación real

Ocupación real

Subimos por el pasillo de la planta baja sin decirnos nada y sin tocarnos, con el polvo crujiendo bajo los zapatos porque a esas horas todavía no habían pasado la fregona, y con la tarjeta en mi mano desde el ascensor, que es un detalle que me delata bastante.

No cenamos.

Lo primero que hice al entrar en la habitación fue encender la luz grande, que es una cosa que hace la gente que llega a un sitio a trabajar.

Lo segundo fue apagarla dos segundos después y encender la de la mesilla, porque la luz grande de una suite nupcial es una luz de quirófano y yo tengo treinta y seis años.

Y lo cuarto —porque hubo un cuarto— fue mirar la cama de dos metros con el corazón de bugainvilla ya retirado y pensar, durante un segundo entero, en la palabra «ocupación».

Lo tercero fue lo siguiente, y lo cuento porque es exactamente lo que pasó: en vez de acercarme a él, me puse a organizar la noche en voz alta.

Le dije lo que iba a ocurrir. Con estructura.

—A ver. —Me quedé de pie junto al escritorio—. Yo mañana tengo que estar operativa. El viernes es el día en el que se decide lo del sábado y necesito la cabeza en su sitio.

—Vale.

—Y esto no cambia nada de lo de anoche. Lo de la oferta sigue existiendo y usted sigue teniendo doce mil euros dependiendo de una franja horaria mía.

—Sigue existiendo, sí.

—Entonces esto es una cosa que hacemos hoy. —Cogí aire—. Sin que implique...

Y ahí me paré, porque me oí.

Me oí redactando el anexo. El mismo que había borrado a las seis y veintitrés de la mañana anterior, con sus tres puntos y su cláusula de extinción automática, esta vez en voz alta, de pie, junto a un escritorio, delante de un hombre que llevaba cinco días sin pedirme absolutamente nada.

—Estoy haciendo un anexo —dije.

—Está haciendo un anexo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque lleva usted tres minutos hablando y no me ha tocado —dijo Dani Perdomo.

Se acercó. No mucho: lo justo para tener que levantar la cabeza.

—Yo el jueves no firmo nada —dijo.

Y me quitó el bolígrafo de la mano.

Que estaba ahí, en mi mano, porque yo lo había cogido del escritorio en algún momento de los últimos tres minutos sin darme cuenta, y lo estaba sujetando como se sujeta un bolígrafo cuando vas a escribir, y él me lo quitó y lo dejó en la mesa boca arriba, y ese fue el momento exacto en el que dejé de dirigir aquella noche.

—¿Y qué firma usted los jueves? —dije, con el bolígrafo ya fuera de mi mano.

—Los jueves firmo partes.

—Eso es un documento.

—Eso es un documento de después —dijo—. Es distinto.

Y lo que vino después fue mejor por eso, y no al revés.

Después vino todo lo demás. De todo lo demás quedan tres cosas, y las tres me definen mejor que cualquier otra página de esto.

La primera es que fue torpe. Torpe de verdad, no torpe de novela.

Nos dimos con la puerta del armario, que estaba abierta desde el sábado porque dentro había un albornoz que yo no quería ver.

Yo tenía el vestido con un cierre de gancho que se atasca desde marzo y que sigo sin arreglar, y hubo unos veinte segundos verdaderamente ridículos en los que él intentó abrirlo, no pudo, y dijo «esto es un cierre de mierda», y yo le dije que era de una marca cara y él dijo «pues es un cierre de mierda caro», y me lo abrí yo, y nos reímos con la frente pegada, que es una forma de reírse que no conocía.

Nos dio tiempo a decir «perdón» cuatro veces, lo cual, para dos personas que llevaban una semana negociando cláusulas, era casi ternura.

La segunda es que me reí tres veces más. Una por el albornoz de la J, que se cayó del armario en el peor momento posible. Otra porque él, al quitarse la camiseta, se dejó la gorra puesta durante dos segundos y se dio cuenta de que se la había dejado puesta. Y la tercera no la voy a explicar.

Y la tercera cosa es esta, y es la que importa, y es la única que le he contado a Rebeca.

En algún momento intenté hacerme cargo de la situación, que es lo que hago con las situaciones, y él me paró.

No de una manera dramática. Me sujetó la muñeca, muy suave, la apartó y dijo:

—Espera.

—¿Qué?

—Nada. Que esperes.

—Que esperes.

—¿Por qué?

—Porque llevas seis días ejecutando cosas —dijo, contra mi cuello—. Servicio, horario, duración útil. Y esto no es un servicio.

Y me quedé quieta.

Es lo único de aquella noche que me costó trabajo de verdad, y me refiero a trabajo con esfuerzo, del que se nota en los hombros.

Once o doce segundos no es nada. Es lo que tarda un ascensor en subir tres plantas.

Esa es la parte que no le he contado a nadie: que lo difícil de aquella noche no fue nada de lo que se supone que es difícil.

Lo difícil fue quedarme quieta once o doce segundos, sin hacer nada, sin llevar el compás, sin saber qué venía después, sin decidir en qué punto exacto estábamos y cuánto quedaba.

Lo hice. Once o doce segundos y no me morí.

Y no se me cayó nada encima. Ni entonces ni después. Que es, básicamente, lo que yo llevaba dieciocho años sospechando que pasaría.

Y hubo un momento, hacia el final, en el que me dijo mi nombre entero contra el pelo, las dos sílabas seguidas y sin pausa entre ellas, que es como no me lo había dicho hasta entonces.

Sonó como suena un nombre cuando ya no es un apellido con «señora» delante.

Y hubo, hacia el final, dos o tres minutos en los que no pensé absolutamente en nada, que es una cosa que no me pasaba desde la adolescencia y que no sabía que echaba de menos porque no sabía que existía.

Después nos quedamos boca arriba, con el ventilador de techo dando vueltas y la calima haciendo su ruido continuo contra el cristal.

Es la primera vez en toda la semana que voy a usar el tuteo por escrito, y lo hago porque a partir de aquella noche ya no volvimos a hablarnos de usted, salvo dos veces, y las dos fueron a propósito.

—¿Sabes lo que es esto? —dije.

—No me lo digas.

—Es la línea uno.

—No.

—Es la línea uno.

—No lo digas.

—Nora.

—Suite nupcial Timanfaya, siete noches, ocupación doble, cuatro mil novecientos euros. —Me giré—. Llevo cinco noches poniendo ocupación real cincuenta por ciento.

Dani se tapó la cara con el antebrazo.

—Eres lo peor.

—Soy exacta.

—Setecientos euros la noche —dije—. Y hoy, por primera vez, se presta conforme a lo contratado.

—Te juro que si te levantas ahora a apuntarlo, cojo la furgoneta y me voy a Tinajo.

—No me voy a levantar.

—Pero lo voy a apuntar mañana.

—Ya lo sé.

Y no me levanté. Estuvimos así un rato largo, sin decir nada, y en algún momento me dormí, cosa que no hago con gente, ni con la gente con la que he vivido, y me desperté a las tres y cuarto porque él se estaba levantando muy despacio para no despertarme, que es un ruido que hace muchísimo más ruido que levantarse normal.

—¿Te vas?

—Sí.

—A la furgoneta. —Estaba buscando la camiseta en el suelo, a oscuras, con esa torpeza silenciosa de quien intenta no encender una luz—. Tengo que pasar las tarjetas de hoy.

—Hoy no has grabado nada. Hoy había calima.

Se paró, con la camiseta en la mano, sentado en el borde de la cama y de espaldas, y estuvo así tres o cuatro segundos.

—Tengo que hacer el parte igual —dijo.

—El parte de un día sin servicios.

—El parte de un día sin servicios.

—¿Y qué se pone en un parte de un día sin servicios?

—Se pone lo que hubo —dijo.

No dije nada más. Me quedé mirándole la espalda.

Y en la oscuridad, con esa luz naranja que entraba de las farolas del camino a través del polvo, vi cómo aquel hombre se vestía a las tres de la mañana para bajar a una furgoneta a rellenar un formulario que nadie le iba a exigir, porque llevaba desde el domingo escribiendo cada noche un documento técnico que era la única manera que tenía de decirme algo.

—Dani.

Se giró.

—Dani.

—Dime.

—Mañana no me pidas el sábado —dije.

—No te lo voy a pedir. Ya te lo dije el miércoles.

—Ya lo sé. —Me incorporé sobre un codo—. No te lo estoy pidiendo yo a ti. Te estoy avisando de que mañana yo voy a querer dártelo.

Se quedó sentado en el borde de la cama, a oscuras, un rato bastante largo.

—Ya lo sé —dijo.