22. Calima
Calima
El jueves amaneció naranja.
No es una manera de hablar. Abrí la cortina a las siete y media y el mundo estaba a treinta metros: el jardín, un trozo de seto, y después una pared beige que no era una pared.
El sol se veía como se ve una bombilla dentro de una bolsa.
Todo estaba cubierto de una capa finísima de polvo, las tumbonas, la mesa, el agua de la piscina, la barandilla, y ese polvo cruje entre los dientes; te enteras de que lo has respirado porque lo notas en las muelas.
Es arena del Sáhara. Millones de toneladas al año. Viaja mil kilómetros por encima del mar y se deposita en las islas.
Yo tenía una pestaña en mi hoja con la previsión de calima desde el mes de julio, hecha en la mesa de mi cocina de Madrid, porque el clima es la exclusión 4.7.b y yo no me fío de nada que no esté en una pestaña.
Nunca había pensado en cómo era.
A las nueve, el hotel había cambiado de estado. Los ventanales cerrados. La piscina vacía y con una película en la superficie. Los alemanes en el hall con sus libros. La megafonía recomendando permanecer en interiores a las personas con problemas respiratorios.
Y en el jardín de ceremonias, cuarenta personas desmontando.
Los vi por la cristalera del bufé mientras desayunaba sola: bajaban las telas mojadas de polvo, tapaban las cámaras con plásticos, y la mujer de la carpeta azul andaba de un lado a otro con el móvil en la oreja y la otra mano en la frente.
El arco de hortensias, cubierto de beige, parecía un objeto encontrado.
—Se les ha caído todo —dijo Yurena, apareciendo por donde no la esperaba.
—¿Todo?
—Hoy y mañana. La previsión es de cuarenta y ocho horas. —Consultó la carpeta—. Han perdido el material de exteriores de los dos días. Y el sábado tienen a la gente en aviones a las once.
—¿Y qué van a hacer?
—Lo que se hace siempre —dijo Yurena—. Correrlo todo al sábado.
Se me quedó el café a mitad de camino.
Un servicio contratado no vale lo que cuesta: vale lo que le cuesta a otro no tenerlo. Eso lo sé desde el primer año de carrera y lo aplico todos los días, y aquella mañana lo tuve delante en forma de arco de hortensias cubierto de arena.
—¿Todo?
—Todo lo que puedan meter en un sábado, señora Requena. Sesión de exteriores por la mañana, comida, y la ceremonia con la luz de la tarde. —Cerró la carpeta—. Que es la de las siete.
Lo dijo sin ninguna intención. Yurena Cabrera no hace intenciones. Yurena Cabrera lee cuadrantes en voz alta y deja que los cuadrantes hagan lo que tengan que hacer.
Se fue con la carpeta a la altura del esternón, cruzando un comedor lleno de gente que no tenía nada que hacer en todo el día.
Yo me quedé con el café y con la certeza absolutamente clara de que la calima acababa de subir el precio de mi franja horaria en una cantidad que no se podía calcular.
Antes de bajar hice una cosa que no había hecho en veintiséis días: abrí el grupo.
BODA NORA Y ■■■■ . Sesenta y dos miembros. Cero mensajes desde el 22 de julio.
Estuve un minuto largo con el dedo encima de «Salir del grupo» y no le di. Y esta vez no fue por la documentación.
Lo vi a las once y media en la biblioteca.
El Rofe tiene una biblioteca, que es una sala con estanterías de libros que dejan los clientes, dos sofás, un ajedrez incompleto y ningún ruido. Es la única habitación del hotel sin música. En cinco días no había entrado nadie salvo un señor holandés a devolver un libro.
Estaba en el sofá del fondo, con el portátil abierto y sin mirarlo.
Me senté enfrente.
Estuvimos tres o cuatro minutos sin decir nada, con el ruido del viento contra los ventanales, que es un ruido continuo y sordo, y con toda la luz del mundo convertida en luz de bombilla dentro de una bolsa.
—Anoche estuve mal —dije.
—Anoche estuvo bien.
—No. Estuve mal, y lo sé porque lo he repasado ocho veces esta noche. —Me eché hacia delante—. Usted vino a decirme una cosa que le perjudicaba y yo lo eché.
—Usted no me echó por lo que le dije. Me echó por lo que le hice pensar.
—¿Y qué le hice pensar?
—Que a lo mejor todo lo de esta semana es el contrato —dijo Perdomo—. Que a lo mejor yo estoy aquí porque me deben quince mil seiscientos euros, y que si no me los debieran, yo no habría venido a una cata a beber agua.
Silencio.
—Sí —dije—. Eso.
—Ya.
—¿Y qué contesta?
—Que no lo sé.
Levanté la cabeza.
—¿No lo sabe?
—No. —Cerró el portátil—. Y no le voy a decir que sí lo sé, porque llevo cinco días diciéndole la verdad y no voy a estropearlo ahora que sería más cómodo mentir.
Yo vine aquí el sábado por seis mil doscientos euros.
Eso es un hecho. Lo que ha pasado después ha pasado dentro de eso.
No hay un Dani que no le debiera nada a nadie y que la conociera a usted en un bar. Ese hombre no existe.
—Ya.
—Y usted tampoco tiene una versión sin el contrato —dijo—. Usted está aquí porque le fallaron una cláusula que escribió usted. Si no, estaría casada.
Eso me atravesó de lado a lado.
—Es verdad.
—Ya sé que es verdad. Llevo dándole vueltas desde las dos de la mañana. —Se pasó la mano por la nuca—. Lo que yo creo es que la gente se conoce siempre dentro de algo. Dentro de un trabajo, o de un pueblo, o de un hospital, o de un papel. Y luego cuenta que fue casualidad porque queda mejor.
Fuera, el viento subió un punto y algo metálico se cayó en la terraza.
Y entonces dije lo que llevaba veintitrés días sin decir.
—Mi... —Y ahí me paré, porque no había palabra: exnovio es poco, exmarido es falso, prometido es de otro siglo—. El de la boda.
—Sí.
—Se llama Jaime.
Perdomo no se movió.
—Vale.
—Llevo tres semanas llamándolo «el Tomador». En mi cabeza. En la hoja. En todo.
—¿Y eso qué es?
—El tomador es el que contrata la póliza y paga la prima —dije—. El asegurado es el que recibe la protección. A veces no son la misma persona.
Perdomo tardó un momento.
—Joder —dijo.
—Ya.
—¿Y usted era la asegurada?
—Yo creía que era la asegurada.
Y me eché a llorar.
No mucho, y no bonito. Cuarenta segundos, sentada en un sofá de una biblioteca de hotel, con las manos en las rodillas y la cara hecha un desastre, mientras fuera se caía el Sáhara encima de una isla.
Él no se movió del sofá de enfrente, que fue exactamente lo que había que hacer, y cuando terminé me alargó una servilleta de papel del bar que llevaba en el bolsillo, y yo me soné la nariz con un ruido espantoso, y dije:
—Cero.
—¿Cero?
—Coste por lágrima —dije—. Llevaba toda la semana dividiendo por cero.
Y ahí es donde este hombre, que había pasado cinco días sin reírse de nada mío en voz alta, se rio con la cabeza hacia atrás.
—¿Y ahora qué hacemos? —dije.
—Ahora nada. Hoy no se puede hacer nada. —Señaló la ventana con la barbilla—. Hoy no hay servicios, no hay luz, no hay exteriores y no hay avión. Hoy es el único día de la semana en el que no se puede ejecutar absolutamente nada.
Y tenía razón, y me di cuenta de que llevaba siete días sin tener un día así, y de que en Madrid tampoco los tengo.
Comimos en la biblioteca con dos platos del bufé que fuimos a buscar por turnos.
A las cuatro se fue la luz doce minutos y nadie del hotel vino a decirnos nada, porque nadie sabía que había alguien en la biblioteca.
Estuvimos allí hasta las siete de la tarde. Siete horas y media dentro de una sala sin música, mientras fuera no se veía nada, hablando de cosas que no eran el sábado.
Hablamos de su padre el ferrallista y de mi padre, que trabajó treinta y un años en una empresa de ascensores y que dobla los trapos de cocina en cuatro antes de decir algo importante.
Hablamos de Rubén y sus ciento diecisiete tartas.
Hablamos de por qué a los alemanes no les gusta el aloe.
Hablamos de si Ovidio se inventó la mula, y concluimos que no.
En algún momento entró un señor holandés, vio a dos personas sentadas en la única sala silenciosa del hotel, dijo «sorry» y se fue, y nos dio la risa como a dos críos.
A las siete y cuarto, cuando bajó un poco el viento, salimos al pasillo y él dijo:
—¿Cenamos?
Y yo dije:
—No.
Y luego dije:
—Cenamos arriba.