21. El recadero
El recadero
Llamó a la puerta del jardín privado a las nueve y diez de la noche.
No a la puerta de la habitación: a la cancela de madera del jardín, que da al camino de arena y que en cinco días no había usado nadie. Yo estaba fuera, en una de las dos tumbonas, con el aire raro de la calima entrando y una copa de vino que había cogido del bufé.
—¿Se puede?
—Se puede.
Entró y no se sentó. Se quedó de pie a metro y medio, con la cancela cerrándose sola detrás de él.
Y antes de que yo dijera nada, antes del hola, antes de tocarme, antes de cualquiera de las siete u ocho cosas que yo llevaba tres horas imaginando que iban a pasar aquella noche, dijo:
—Tengo que contarle una cosa y se la voy a contar entera y ahora mismo, porque si me la callo diez minutos ya no voy a poder contársela nunca.
Yo dejé la copa en el suelo.
Y tuve tiempo, en ese medio segundo, de pensar dos cosas seguidas: que aquello iba a ser malo, y que un hombre que empieza así no viene a hacerte daño.
—Cuente.
—A las seis menos veinte me ha escrito Falcón.
Sacó el móvil. No lo abrió: lo dejó boca abajo en la mesita, entre los dos, que es un gesto que no he olvidado.
—Me ofrece doce mil euros por hacer el material de isla de la boda esa.
Y me ofrece, aparte, entrar como proveedor preferente del hotel para el año que viene.
Veinte bodas. Tarifa cerrada. Facturación mensual.
—Tenía las manos en los bolsillos y las sacó, y no supo qué hacer con ellas, y volvió a metérselas—. Pago a treinta días.
—Vale.
—Y me dice, en el punto tres, que la franja del sábado a las siete es suya y que no se mueve sin su permiso. Y me dice, en el punto cuatro, que como usted y yo somos los dos beneficiarios del mismo contrato y tenemos trato directo, que si sale la conversación de forma natural, se lo traslade.
Silencio. Fuera, muy lejos, un golpe de metal contra metal.
—Le han mandado a usted —dije.
—Me han mandado a mí.
—A convencerme.
—A que salga de forma natural. —Se le movió la mandíbula—. Que es lo mismo dicho por un señor con traje.
—¿Le ha contestado?
—Todavía no.
—¿Por qué no?
—Porque quería contárselo a usted primero —dijo—, y porque si le contesto que sí antes de contárselo, entonces ya soy otra cosa.
La calima hacía que las luces del jardín tuvieran halo. Se oía, muy lejos, la producción desmontando algo.
—¿Y por qué me lo cuenta?
Y aquí es donde este hombre hizo la cosa más difícil que yo he visto hacer a nadie, que es no ponerse a su favor.
—Porque lo quiero —dijo.
—¿El qué?
—Los doce mil y el año. —Y lo dijo mirándome, sin bajar la vista, que era lo que me estaba matando—. No quiero que se piense que se lo cuento porque me da igual. Me da igual una mierda. Llevo desde las seis menos veinte con el estómago cerrado y no es por usted. Es porque he hecho la cuenta.
—Hágala en voz alta.
—No.
—Hágala en voz alta —dije—. Es lo único que le pido.
—¿Por qué?
—Porque si la digo en voz alta parece que la estoy usando.
—La está usando de todas formas —dije—. Lo que pasa es que en silencio la usa solo contra usted.
Perdomo se pasó la mano por la cara.
—Doce mil a treinta días —dijo—. Más veinte bodas al año a tarifa cerrada, que son entre veintiocho y treinta y cinco mil euros brutos al año, con pago mensual, que es lo que yo no he tenido en mi vida.
Contra quince mil seiscientos de un concurso que se cobra en tres años y en porcentaje, si se cobra.
—¿Y qué haría con eso?
—Terminar la película. Y no volver a grabar una boda en mi vida.
—Veinte bodas al año —dije.
—Veinte bodas al año.
—Usted odia las bodas.
—Yo no odio las bodas. —Y aquí, por primera vez en toda la conversación, se le rompió un poco el tono—. Yo odio deberle dinero a mi madre. Que es distinto y es peor.
Ahí me levanté. No porque hubiera decidido nada: porque no podía seguir sentada.
—Nora. —Dio un paso—. No le voy a pedir el sábado.
—Ya lo sé.
—No, escúcheme, porque es importante y lo he pensado desde las seis.
No se lo voy a pedir hoy, ni mañana, ni el viernes por la noche cuando esté más cansada, ni el sábado por la mañana cuando esté peor.
No se lo voy a insinuar. No voy a poner cara.
Si algún día usted decide moverlo, va a ser sin mí en la habitación.
—¿Y si no lo muevo?
—Entonces el viernes la productora se va y el punto uno decae.
—¿Y el punto dos?
—El punto dos dice Falcón que no está condicionado. —Se encogió de hombros—. Falcón lleva catorce años dirigiendo un hotel. Yo llevo seis viniendo. Los dos sabemos cómo funciona esto.
—O sea que si no lo muevo, se queda usted sin las dos cosas.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Casi seguro —dijo Dani Perdomo.
—¿Sabe lo peor? —dije.
—Dígame.
—Que esta mañana le he dicho a Yurena que consultara a dirección. Yo. A las nueve y veinticinco. —Me reí sin ninguna gracia—. Yo abrí la puerta. Yo quería saber qué me ofrecían.
—Usted no podía saber que...
—Yo sabía perfectamente que en un hotel no hay nada a cambio de nada. Se lo dije a Yurena con la mirada, que es como se dicen esas cosas. —Cogí la copa del suelo y la volví a dejar—. Lo que no sabía es que la moneda iba a ser usted.
Y ahora tengo que contar lo que me pasó por dentro, que fueron dos cosas a la vez y de signos opuestos, y que no supe separar hasta bastante después.
La primera fue admiración. Profesional, exacta, de la que yo reparto tres o cuatro veces al año.
Ese hombre acababa de contarme, sin que se lo pidiera nadie, la información que lo colocaba en el peor sitio posible.
Podría haberme llevado al mismo destino en cuatro días, con paciencia, dejando que la conversación «saliera de forma natural» —hay ocho maneras de hacerlo y yo las conozco todas— y en vez de eso se había plantado en un jardín a las nueve y diez de la noche a decirme que quería el dinero.
Y la segunda fue esto: que todo lo demás se movió de sitio.
Porque durante nueve horas y cuarenta minutos yo había estado dentro de una cosa que no tenía nada que ver con contratos.
Y a las nueve y diez de la noche del miércoles descubrí que sí lo tenía.
Que no era posible que no lo tuviera. Que el hombre con el que me había besado en una playa era además un acreedor de quince mil seiscientos euros que dependía de mi firma, y que ahora, encima, tenía doce mil euros y un año entero dependiendo de una franja horaria mía.
Nada de eso era culpa suya. Nada de eso lo había buscado él.
Y no importaba, porque el efecto era exactamente el mismo.
—Le voy a hacer una pregunta —dije—. Y contésteme como me ha contestado hasta ahora, que es lo mejor que ha hecho en toda la semana.
—Pregunte.
—Lo del martes en la playa. ¿Ya sabía usted lo de la oferta?
Y él, que podría haberse ofendido, y que tenía derecho a ofenderse, no se ofendió.
Se quedó pensándolo. Tres segundos. Cuatro. Comprobándolo de verdad, por dentro, como se comprueba una fecha.
—No —dijo—. El correo es de ayer a las seis menos veinte de la tarde. El martes.
—El martes.
—A las cinco y cuarenta y dos, en realidad. Lo he mirado. —Cogió el móvil de la mesita y lo volvió a dejar boca abajo—. Cuatro horas antes de los farolillos.
—O sea que sí lo sabía.
—Lo abrí a las once y media de la noche —dijo—. Cuando subí a la furgoneta a pasar tarjetas.
—Y si lo hubiera abierto a las seis —dije—, ¿me lo habría contado antes de bajar a la playa?
—Sí.
—¿Seguro?
—No —dijo Dani Perdomo—. Y no le voy a decir que sí porque hoy no toca.
Nos quedamos los dos ahí de pie, con la calima entrando, y esa hora y media de diferencia entre las cinco y cuarenta y dos y las once y media era, técnicamente, la única cosa que nos salvaba, y los dos éramos suficientemente inteligentes para saber que técnicamente no es igual que emocionalmente.
Estuvimos así lo que dura estar así.
—Váyase —dije.
—Vale.
—No es lo que parece.
—Sí que lo es —dijo él, y abrió la cancela—. Y aun así, váyase está bien dicho.