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24. El sábado sobre la mesa

El sábado sobre la mesa

Séptimo día. Viernes trece.

El viernes por la mañana la calima empezó a irse y la isla apareció otra vez, sucia, como una casa después de una obra.

Los jardineros llevaban desde las seis con mangueras y se les oía desde la cama. La piscina de adultos estaba cerrada por limpieza. En el jardín de ceremonias, cuarenta personas volvían a montar lo que habían desmontado el jueves, con más prisa y peor humor.

Él se había ido a las cuatro menos cuarto de la mañana con el parte hecho y no me lo había pasado por debajo de la puerta.

Lo comprobé al levantarme, porque llevaba seis días comprobándolo: el suelo de la entrada, vacío. Ni sobre, ni hoja, ni nada.

Y no le di importancia, que es lo que se dice cuando le das mucha importancia.

Yo bajé a desayunar a las ocho y media, sola, y me senté en la terraza este con la tetera de hierba luisa, la rosa del día, la tarjeta que deseaba muchos días como aquel, y una decisión tomada.

Séptima mañana. Séptima rosa. Alguien en este hotel corta una rosa a las seis de la mañana para una mesa en la que solo se sienta una mujer, y lleva haciéndolo una semana, y no ha fallado ni un día.

No la tomé por la noche. Eso conviene aclararlo.

La gente cree que una decisión así se toma por la noche y no es verdad. Se toman por la mañana, en frío, cuando ya has dormido y sigues pensando lo mismo, que es el único test que conozco.

El razonamiento era este, y lo escribí con números, porque yo las decisiones morales las escribo con números y ese es exactamente el problema de esta historia.

Uno. El sábado a las siete de la tarde yo no me voy a casar. Eso es un hecho y lleva siéndolo veinticinco días.

Dos. Yo no tengo ningún plan para esa franja. Se lo dije a Falcón el miércoles con toda la sinceridad de la que fui capaz: no lo sé todavía. Han pasado dos días y sigo sin saberlo.

Tres. Esa franja, que a mí no me sirve para nada, vale doce mil euros y un año de trabajo para una persona concreta que no me la ha pedido y que ha hecho todo lo humanamente posible para no pedírmela.

Cuatro. Yo puedo permitírmelo y él no puede permitirse no poder. Yo tengo un sueldo, un piso alquilado en Prosperidad, catorce mil euros en un fondo indexado y una carrera. Él tiene cuarenta y siete euros en la cuenta, que no me los dijo él, que se los oí decir al del taller por teléfono el martes.

Cinco. Por lo tanto, es evidente. Se libera la franja y se acabó.

Lo escribí así, en cinco puntos, en el bloc de notas, con la tetera al lado, y lo leí dos veces, y me pareció impecable.

Es impecable. Sigue pareciéndomelo hoy, un año después, y lo he vuelto a leer varias veces buscándole el fallo. Ese es el problema de todo lo que hago: que es impecable.

Hay una sexta cosa que no escribí en el bloc de notas y que estaba debajo de las cinco, sujetándolas, y que es la única de las seis que era verdad del todo:

Seis. Si le doy el sábado, entonces todo esto habrá servido para algo.

Falcón bajó al bufé a las nueve menos cuarto. No creo que fuera casualidad; los directores de hotel no desayunan en el bufé.

—Señora Requena. Buenos días. Qué desastre lo de ayer, ¿verdad?

—Buenos días.

—Espero que no le haya afectado a la estancia.

—Estuve siete horas en la biblioteca.

—Ah, la biblioteca. —Se le iluminó la cara con una alegría genuina, y por un segundo aquel hombre me cayó bien de verdad—. Es lo mejor que tiene esto. La puse yo. Dirección de cadena quería un espacio de coworking.

—Señor Falcón.

—Dígame.

—El sábado a las siete.

Y ahí, con una taza en la mano, en mitad de un bufé, aquel hombre hizo algo que le honra: no puso ninguna cara.

—Usted dirá.

—Quiero saber exactamente qué recibe cada uno.

—¿Cómo dice?

—Si yo libero la franja. —Dejé la servilleta—. Usted me ofreció el miércoles tres cosas para mí. Las dos líneas asumidas, una semana en otra fecha y un certificado. Eso ya lo sé. Lo que quiero saber es qué recibe Dani Perdomo, con números, por escrito, y con fecha de pago.

Falcón dejó la taza en la mesa.

—Eso es una conversación con él, no conmigo.

—Es una conversación conmigo —dije—, porque la franja es mía y porque no pienso liberar nada a cambio de una intención.

—Entiendo.

—Se lo pongo fácil —dije—. Se lo dicto.

—Adelante.

—Doce mil euros por el material de isla, pago a treinta días, y el contrato marco de proveedor preferente para 2028.

—Lo recité como se recita un pliego—. Quiero las dos cosas firmadas antes del sábado a las siete.

No después. Y quiero el contrato marco sin condicionar al punto uno, que es lo que usted ya le escribió en el correo y que aquí no se lo va a llevar el viento.

Silencio.

—¿Cómo sabe usted lo del correo?

—Porque me lo contó él —dije—. Tres horas y media después de recibirlo, en un jardín, de pie, sin que se lo preguntara.

Falcón se quedó mirándome un momento con una expresión que no era la de un director de hotel y que tardé un rato en identificar, porque era pena.

—Es un buen hombre —dijo.

—Es un buen proveedor. Que es lo que a usted le interesa y lo que le he venido a explicar.

—¿Y usted qué quiere para usted?

—Nada.

—Señora Requena, con todo el respeto: eso no es una negociación. Eso es un regalo.

—Ya lo sé —dije.

—Pues es un regalo —dije—. Los hay.

Y en el momento exacto en que lo dije, con el bufé lleno y un camarero pasando con una jarra de zumo, se me puso una cosa fría en el esternón y no supe de dónde venía.

—Le voy a decir una cosa y no es de director —dijo Falcón, cuando ya me levantaba—. Yo llevo toda la vida en hoteles. Aquí la gente compra semanas. Es lo único que vendemos: semanas.

—Ya.

—Y todo el mundo cree que la semana empieza cuando llega. —Cogió su taza—. Y en realidad empieza el día que decide qué va a hacer con ella.

Yurena me interceptó en el camino de arena con la carpeta.

—Señora Requena. Cuadrante de hoy.

—Dígame.

—Sesión de fotografía prenupcial, línea quince: asumida por el establecimiento, cerrada. —Pasó una hoja—. Y no hay nada más. Hoy no tiene usted ningún servicio contratado.

—¿Ninguno?

—Ninguno. El viernes está vacío en el paquete original porque era el día de la llegada de los invitados. —Cerró la carpeta—. Sesenta y dos personas que llegaban hoy.

Y siguió andando hacia recepción de eventos, sin darse cuenta de lo que acababa de decirme, o dándose cuenta perfectamente, que con aquella mujer nunca he sabido cuál de las dos.

Volví a la habitación a las diez, por el camino de arena, esquivando a los jardineros.

Abrí el portátil, abrí RESCATE, y estuve un rato mirando la hoja entera.

Diez minutos, quizá quince. Las veintidós filas.

Las columnas absurdas que había ido añadiendo.

La fila de servicios no ejecutables. La fila del gasto imprevisto con su importe por determinar rompiendo la suma de todo lo que había debajo.

Después bajé a la fila seis.

Y en la fila de la línea seis —ceremonia civil, reserva de espacio y oficiante, mil cuatrocientos euros, no ejecutable— hice una cosa nueva.

Escribí en la columna de estado: cedida .

Nueve letras.

Y me quedé mirando esa palabra un rato muy largo, con el cursor parpadeando al lado, porque no es una palabra de mi oficio. En mi oficio se dice «renunciada», «desistida» o «transmitida». «Cedida» es una palabra de la calle. Significa que se da algo que era tuyo a alguien que lo necesita más.

Bajé a buscarlo a las once para decírselo y no estaba en el aparcamiento, ni en la biblioteca, ni en la terraza. La furgoneta sí estaba.

A las once y veinte me sonó el móvil.

Número desconocido, prefijo de Las Palmas.

—¿Señora Requena? Le llamo del despacho Ramírez-Trujillo, administración concursal de Bodas Álamo. Le paso con Marta Trujillo.

Contesté de pie, junto a la ventana.

Y a las once y veintiuno, la administradora concursal me dijo, con la voz perfectamente amable de quien lleva veinte años dando noticias así, que la junta de acreedores había acordado el cierre anticipado de la liquidación y que el plazo para presentar documentación acreditativa de servicios prestados vencía el lunes a las catorce horas .

Cuatro días antes de lo previsto.

Lunes a las catorce horas. Setenta y cuatro horas.

—Se lo comunico a usted porque figura como contratante con prestación en curso —dijo—. Es una comunicación de cortesía; la oficial le llegará esta tarde por correo. ¿Tiene usted servicios pendientes de ejecución?

Y esa es la frase con la que se acaba la mitad de esta historia, así que la escribo entera.

Miré por la ventana el jardín de ceremonias, donde cuarenta personas estaban levantando otra vez un arco de cuatro metros.

—Dos —dije—. La línea seis y la línea quince.

—¿Ejecutables?

—Una de las dos.

Y colgué, y me quedé de pie junto a la ventana con el móvil en la mano y setenta y cuatro horas por delante.