19. Anexo I
Anexo I
Me desperté a las cinco y cuarenta con el corazón haciendo cosas y una claridad mental absolutamente falsa.
Es un estado que conozco. Me pasa las noches antes de los comités difíciles: me despierto tres horas antes de lo necesario convencida de que tengo la solución, y la solución siempre consiste en escribir un documento.
A las seis menos cuarto ya tenía el portátil abierto.
Lo que escribí fue esto, palabra por palabra:
ANEXO I AL ACUERDO VERBAL DE 8 DE AGOSTO
Entre N. Requena Morata (beneficiaria 1) y D. Perdomo Suárez (beneficiario 2)
1. Objeto. El presente anexo tiene por objeto regularizar la situación surgida en la noche del martes 10, sin que ello altere el acuerdo principal ni las obligaciones derivadas del contrato ALM-2514-RQ.
2. Alcance. Lo ocurrido no modifica el punto tres del acuerdo verbal («nada personal»), que se entiende suspendido temporalmente y no derogado.
3. Vigencia. El presente anexo se extingue automáticamente el sábado 14, a la firma del acta de conformidad, sin necesidad de denuncia previa por ninguna de las partes.
Lo leí a las seis y veinte con la luz gris de la ventana, y a las seis y veintidós lo entendí, y a las seis y veintitrés borré el archivo sin guardarlo.
Porque el punto tres no era un punto tres. El punto tres era yo poniéndole fecha de caducidad a una cosa que llevaba nueve horas existiendo, para poder mirarla sin que me diera vértigo.
Es lo que hago. Es exactamente lo que hago. Lo hice en el mes cuatro, cuando el Tomador me dijo que me quería y yo le contesté que habláramos en Navidad.
Ese fue el primer momento en toda la semana en que se me pasó por la cabeza la posibilidad de que la letra pequeña no fuera mi profesión.
Hay una cosa que aprendí ese miércoles a las seis y veintitrés de la mañana y que me ha costado un año entender del todo: yo no redacto para protegerme de que las cosas salgan mal. Redacto para no tener que estar dentro mientras salen.
Un contrato es una manera de estar en una habitación sin estar.
Y a las seis y veinticuatro me quedé mirando la pantalla vacía del procesador de textos, que es lo único que he hecho en mi vida a las seis de la mañana sin un motivo laboral.
Bajé a desayunar a las nueve. Él ya estaba.
Y ahí ocurrió una cosa que no había previsto ninguno de los dos: no supimos qué hacer con los cuerpos.
Dos adultos que llevaban cinco días desayunando en una mesa de dos con una rosa en el centro y que la noche anterior se habían besado durante un tiempo que yo no soy capaz de cuantificar, y allí estábamos, uno a cada lado de una cesta de bollería, saludándonos como en una reunión de tasación.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Ha dormido?
—Cuatro horas y veinte minutos.
—Yo tres.
—Ya somos siete —dije, y él se rio en el café, y aquello arregló aproximadamente el sesenta por ciento del problema.
—Yo he estado a punto de escribirle a las seis y media —dije.
—¿Y por qué no?
—Porque lo que iba a escribirle era un documento.
Perdomo dejó la taza.
—¿En serio?
—Tres puntos. Objeto, alcance y vigencia.
—¿Vigencia?
—Se extinguía el sábado —dije—. Automáticamente, sin necesidad de denuncia previa por ninguna de las partes.
Y él se rio, primero por lo bajo y luego del todo, y siguió riéndose mientras se echaba café, y dijo:
—Chacha. Menos mal que lo borró.
—¿Cómo sabe que lo borré?
—Porque no me lo ha mandado —dijo.
El otro cuarenta por ciento lo arregló Yurena, que llegó a las nueve y veinte, con la carpeta, y con una cara que yo ya sabía leer.
—Señora Requena. Tenemos un problema con la línea quince.
—La sesión de fotografía prenupcial.
—Ochocientos noventa euros, dos pax, prevista para hoy a las once en exteriores. —Abrió la carpeta por una pestaña que había puesto expresamente—. Le he estado dando vueltas desde ayer.
—Dígalo.
—El clausulado de la línea quince no dice «beneficiarios». —Giró la hoja—. Dice «los contrayentes».
Perdomo dejó la taza en el plato.
—Igual que la línea seis —dije.
—Igual que la línea seis. —Yurena tenía las dos manos sobre la carpeta—. La línea seis es la ceremonia y todos sabíamos desde el sábado que no era ejecutable. Esta la teníamos delante y no la habíamos mirado, porque pone «sesión de fotografía» y uno lee «sesión de fotografía».
—¿Y entonces?
—Entonces yo tengo que abrir incidencia.
—Ochocientos noventa euros —dijo Perdomo—. ¿Y no se puede hacer y ya está? Yo tengo la cámara. Yo le hago las fotos.
—Usted no es contrayente —dijo Yurena.
—Ya lo sé, pero...
—Señor Perdomo. —Yurena cerró la carpeta, y cuando Yurena cierra la carpeta es que va a hablar como persona—.
Yo llevo cinco días buscándole huecos a este contrato.
Encontré el del segundo beneficiario. Encontré el de la infusión.
Este no tiene hueco. Pone «los contrayentes» y ustedes no son contrayentes, y si yo pongo que sí, la que está firmando en falso soy yo.
Yo llevaba cinco días sabiendo que esto iba a pasar y aun así se me quedó el estómago en un sitio raro.
—¿Y qué hace una incidencia? —dijo Perdomo.
Contesté yo, porque era mi terreno.
—Una incidencia es un servicio contratado que consta no prestado.
Yurena la abre, la manda a la administración concursal, y en el expediente aparece por primera vez la palabra «no prestado».
—Aparté la taza—. Y el administrador, que hasta ahora tenía un expediente tranquilo, abre la carpeta y la mira entera.
—¿Y eso es malo?
—Eso es que empieza el reloj.
Yurena asintió una vez, con esa satisfacción horrible de la gente que confirma un mal pronóstico.
—Yo la tengo que abrir hoy —dijo—. Es el día del servicio. Si la abro mañana, la que incumple soy yo.
—Ábrala.
—Señora Requena, hay una alternativa que le tengo que ofrecer porque me obliga el procedimiento.
—Bajó la voz un punto—. Puedo consultar a dirección si el hotel quiere asumir la línea quince como cortesía.
Se prestaría un servicio equivalente, no contractual, y la incidencia se cerraría en el mismo día.
—¿Y qué figuraría en el expediente?
—Figuraría «resuelto en establecimiento».
—¿Y a cambio de qué?
Yurena Cabrera me miró.
—A cambio de nada, en principio —dijo—. Yo solo consulto.
Y ahí, en la terraza este, a las nueve y veinticinco de la mañana de un miércoles, con la tetera de hierba luisa recién servida, aquella mujer y yo tuvimos la conversación más rara de la semana, que fue una conversación sin palabras y que duró unos dos segundos y que consistió en que las dos sabíamos perfectamente que en un hotel no hay nada a cambio de nada.
—Consulte —dije.
—Muy bien.
Se fue. Perdomo se quedó mirando la mesa.
—¿Por qué le ha dicho que consulte?
—Porque quiero saber qué me ofrecen.
—¿Y si no le ofrecen nada?
—Entonces habré perdido ochocientos noventa euros y me habré enterado de que aquí no quieren nada de mí —dije—, y eso también es información.
Él me miró un rato largo.
—Usted esto lo lleva pensando desde ayer.
—Desde antes.
—¿Desde cuándo?
—Desde que vi la grúa.
Se fue por el camino de arena y nos quedamos los dos en la terraza este con dos cafés, una rosa y una tetera.
—Ochocientos noventa euros —dijo él—. Y mil cuatrocientos de la ceremonia. Dos mil doscientos noventa que no se pueden prestar de ninguna manera.
—Y esos dos, casualmente, son los dos que llevan la palabra dentro.
—¿Qué palabra?
—Nupcial —dije—. Fíjese en el desglose. Las líneas que dicen «beneficiarios» las hemos podido hacer todas. Las que dicen «contrayentes» son exactamente las dos que hacen que una boda sea una boda.
Perdomo se quedó con la taza a medio camino.
—Eso es una cosa muy fea de decir a las nueve y media de la mañana.
—Es contabilidad.
—Es contabilidad, sí —dijo—. Por eso es fea.
A las once, en vez de una sesión de fotografía prenupcial, hice lo siguiente: me senté en la tumbona de siempre, abrí RESCATE y añadí una fila que no llevaba número de línea, igual que la del gasto imprevisto, y que decía:
Servicios no ejecutables: 2 (líneas 6 y 15). Importe: 2.290 €. Estado: incidencia abierta.
Y debajo, en la fila de al lado, sin poder resistirme, porque a esas alturas la hoja ya era otra cosa:
Servicios no ejecutables que me importan: 1.
A las doce y media pasó Yurena otra vez.
—Dirección me dice que sí a la cortesía.
—¿Con condiciones?
—Sin condiciones —dijo Yurena—. Y me ha pedido que se lo diga así, con esas dos palabras. «Sin condiciones.»
—Gracias.
—A usted. —Y ya se iba cuando añadió, sin volverse del todo—: Señora Requena, cuando en un hotel le dicen a una clienta «sin condiciones» dos veces en la misma frase, es que la frase la ha escrito alguien.
A la una y media me llamaron de dirección.
El señor Falcón quería tomar un café conmigo.