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20. Una conversación sin prisa

Una conversación sin prisa

Subí a la una y treinta y cinco. Llegué pronto a propósito, que es una manía mía: cinco minutos antes se ve cómo está la casa.

El despacho de Ismael Falcón está en la primera planta, tiene una ventana a la piscina de adultos y encima de la mesa hay tres cosas: un ordenador, una libreta cerrada y una foto enmarcada de dos niños.

No hubo café. Hubo dos botellines de agua, que es lo que se ofrece cuando la conversación va a durar veinte minutos y no cuarenta.

—Señora Requena, muchas gracias por subir. ¿Cómo está siendo la estancia?

—Correcta.

—Me alegro. —Se sentó, no detrás de la mesa sino en la butaca de al lado, que es un movimiento que enseñan en algún sitio—. Yurena me ha trasladado lo de la línea quince.

—Sí.

—Es un desastre de redacción. —Abrió el agua—. Le voy a ser franco: ese clausulado lo escribió la agencia, no nosotros, y está lleno de estas cosas. Nosotros hemos ejecutado paquetes de Álamo durante seis años y siempre había alguien de por medio para resolver. Ahora no hay nadie.

—Ahora hay un administrador concursal.

—Ahora hay un administrador concursal —repitió, y sonó a alivio compartido, y no lo era.

—¿Le puedo hacer una pregunta antes de nada? —dije.

—Claro.

—¿Cuántos paquetes de Álamo tiene usted en el hotel esta temporada?

Falcón no parpadeó.

—Cuatro.

—¿Y los otros tres?

—Dos se cancelaron en abril y perdieron el dinero. Y el tercero es en octubre y la pareja todavía no sabe nada, porque no me corresponde a mí decírselo. —Se recolocó—. Es una respuesta honesta y le agradecería que no saliera de aquí.

—No va a salir.

Estuvimos diez minutos hablando de la incidencia.

Fue una conversación técnica y agradable.

Falcón sabe de esto, cosa que agradecí. Me explicó que el hotel podía prestar un servicio equivalente —una sesión de fotografía en exteriores, sin la palabra «prenupcial», con un fotógrafo del establecimiento— y que con eso la incidencia se cerraba el mismo día y en el expediente figuraría «resuelto en establecimiento».

—Es una cortesía sin coste para usted —dijo.

—Ya.

—Y sin contrapartida.

—Ya.

Y entonces bebió agua, y dejó el botellín en la mesita, y dijo:

—Aunque ya que la tengo aquí, y con toda la calma del mundo, quería comentarle una cosa que no tiene absolutamente nada que ver.

Yo llevo nueve años en reuniones. Sé perfectamente en qué minuto se dice la frase de verdad. Se dice justo después de dejar el vaso.

—Dígame.

—Su reserva del sábado a las siete.

—El jardín de ceremonias.

—El jardín de ceremonias. —Se inclinó un poco hacia delante, con los codos en las rodillas, en la postura del hombre razonable—.

Como sabe, tenemos esa producción esta semana.

Sus fechas son muy rígidas y el sábado a esa hora es la única franja con la luz que necesitan.

Han pedido esa franja de todas las maneras posibles y yo les he dicho que no, porque está contratada. Y sigue contratada.

—Sigue contratada.

—Absolutamente. Se lo digo con total claridad: si usted no quiere moverla, no se mueve, y aquí se acaba la conversación. —Abrió las manos—. Lo único que le pido es que me deje explicarle qué podríamos hacer si en algún momento usted lo considerase.

—Explíquemelo.

Y antes de explicármelo hizo lo que hacen los buenos: me dio la salida.

—Si prefiere que no siga, no sigo. Se lo digo en serio. Yo esta conversación la puedo no tener.

—Siga.

—¿Segura?

—Señor Falcón, yo escribo exclusiones para ganarme la vida —dije—. Prefiero mil veces oír la propuesta que imaginármela.

Y me lo explicó, y estuvo muy bien hecho, y voy a resumirlo porque me lo sé de memoria.

Si yo liberaba la franja del sábado, el hotel podía hacer tres cosas.

Uno: asumir como cortesía las dos líneas no ejecutables, la seis y la quince, dos mil doscientos noventa euros, y cerrar las dos incidencias como resueltas en establecimiento.

Dos: prolongar mi estancia una semana en otra fecha, la que yo quisiera, en régimen premium, sin coste.

Tres: emitir un certificado de prestación íntegra del paquete, firmado por dirección, con el que yo podría presentarme ante el administrador concursal sin un solo servicio pendiente.

Ese tercer punto es el que estaba pensado para mí. Lo entendí a los dos segundos. No me estaban ofreciendo unas vacaciones: me estaban ofreciendo cerrar el expediente limpio.

—¿Y la ceremonia? —dije.

—¿Perdón?

—Si libero la franja del sábado, ¿qué figura en el expediente sobre la línea seis?

—Figuraría asumida por el establecimiento.

—No figuraría prestada.

—No.

—Entonces no es un certificado de prestación íntegra —dije—. Es un certificado de que ustedes taparon dos agujeros.

—Se lo digo de otra manera —añadí—. Si yo firmo ese certificado y se lo llevo al administrador, el administrador ve un contrato ejecutado al cien por cien.

Y hay ciento cuarenta acreedores en ese concurso que no van a ver ejecutado nada.

Yo no voy a salir de la lista limpia mientras la señora que hizo mis invitaciones a mano sigue esperando ciento cuarenta euros.

Falcón sonrió, y fue una sonrisa buena, de las que se le ponen a la gente cuando descubre que la conversación va a ser mejor de lo previsto.

—Es usted del ramo.

—Soy del ramo.

—Ya me lo pareció el lunes. —Se echó atrás—. ¿Le puedo preguntar una cosa?

—Pregunte.

—¿Qué va a hacer usted el sábado a las siete de la tarde en ese jardín?

Y yo, que llevaba desde el lunes sin contestarme a mí misma esa pregunta, la contesté en el despacho del director del hotel con una seguridad que me sorprendió a mí más que a él.

—No lo sé todavía.

—Le agradezco la honestidad.

—Pero sea lo que sea, va a ser a las siete de la tarde del sábado catorce en ese jardín —dije—. Y no porque tenga un plan. Porque es lo único de todo esto que sigue siendo mío.

Falcón asintió despacio.

—Lo entiendo perfectamente.

—Gracias.

—Y le pido disculpas si se lo he planteado en mal momento.

—No ha sido en mal momento —dije—. Ha sido en el momento exacto. Yurena abrió la incidencia esta mañana y usted me ha llamado a la una y media.

Hubo un silencio bastante bueno.

—Le voy a decir una cosa que probablemente no debería —dijo—.

Esa producción me trae ciento veinte mil euros de valor publicitario y me cuesta cuarenta.

Es el mejor negocio del año. Y aun así, si el sábado no sale, no pasa nada: se harán la ceremonia el viernes a las siete con peor luz y la gente de Instagram no notará la diferencia.

—¿Y entonces por qué me lo ha planteado?

—Porque es mi trabajo plantearlo —dijo Falcón—. Y porque hay una diferencia entre pedir y presionar que en esta profesión hay que tener muy clara, y yo llevo catorce años teniéndola clara.

—Voy a autorizar la cortesía de la línea quince igualmente —dijo Falcón—. Sin ninguna condición. Que conste.

—Gracias.

—Y quedamos en que el sábado es suyo.

—Quedamos en eso.

—Una última cosa —dijo, ya de pie—. Le voy a pedir un favor que no tiene ninguna importancia.

—Dígame.

—Si al final decide usted hacer algo el sábado a las siete, sea lo que sea, dígamelo el viernes.

No por la producción. Por mí. — Se metió una mano en el bolsillo—.

Llevo catorce años aquí y he visto muchas cosas en ese jardín, pero una franja de ceremonia reservada por una persona sola no la he visto nunca, y me gustaría saber cómo acaba.

—Se lo diré.

Nos dimos la mano. Bajé por la escalera en vez de por el ascensor porque quería andar, salí a la terraza, y me senté en una tumbona a la sombra con una sensación en el pecho que no había tenido en tres semanas y que identifiqué inmediatamente porque es la de después de un comité que sale bien.

Había dicho que no. Con educación, con argumentos, sin ceder nada, a un hombre con un traje de lino que sabía lo que hacía.

Estuve una hora entera con esa sensación, que ahora sé exactamente lo que era: la sensación de haber protegido algo sin saber todavía qué era ese algo.

Es la misma que tengo cuando cierro un producto con una exclusión bien escrita. Salgo del comité satisfecha, y lo que he hecho es dejar a alguien fuera. Nunca coinciden las dos cosas en el momento. Coinciden después.

Comí sola en la mesa de dos. Él estaba grabando en la zona de piscinas —planos de recurso, régimen todo incluido, línea dos— y me saludó de lejos con la cámara bajada, que era nuestro saludo desde el lunes.

Le mandé un mensaje a Rebeca que decía: he ganado una .

Ella contestó: ¿ganado qué?

Y yo no supe contestarle, y me pareció un detalle sin importancia.

A las cinco y cuarto se levantó un viento del este que traía el aire caliente y un poco sucio, y a las seis y media el cielo empezó a ponerse de un color que yo no había visto nunca, entre el beige y el naranja, como si alguien hubiera bajado una persiana muy grande.

Y a las siete menos veinte, en el vestíbulo, oí a la mujer de la carpeta azul decir por teléfono, muy alto, que estaba entrando calima.