18. Treinta y seis
Treinta y seis
Las treinta y seis unidades estaban dispuestas en la arena en dos filas de dieciocho, cada una con su base doblada, y al lado había un cubo con agua, un extintor y una chica de veinte años que se llamaba Nayra —otra Nayra; en esta isla hay una cantidad de Nayras que no es normal— con un mechero de cocina en la mano y cara de estar haciendo la hora extra.
Perdomo llegó a las nueve y veintiocho con la cámara y sin decir nada, y en el momento en que me vio la cara —yo llevaba dos horas y media sentada en el borde de una cama— dejó la cámara apoyada en la base del trípode sin encenderla.
—Buenas noches —dijo Yurena—. ¿Empezamos?
—Empezamos.
—Es costumbre de la casa que la primera unidad se libere conjuntamente. —Pasó una hoja—. Esta costumbre no es exigible.
—¿Eso está en el contrato?
—Punto diecisiete cuatro.
—¿Está escrito que no es exigible?
—Está escrito —dijo Yurena— que es costumbre y que no es exigible, que son las dos cosas que hay que decir para que una costumbre siga existiendo.
Y ahí, en la arena, a las nueve y media de la noche, con un extintor al lado, tuve la sensación clarísima de que aquella mujer llevaba tres días diciéndome cosas importantes disfrazadas de artículos.
—¿Y si no vuelan? —dije.
—Vuelan —dijo Yurena.
—¿Y si se cae uno al agua?
—Entonces consta suelto igual. —Pasó una hoja—. Lo que dice el contrato es «liberadas», no «llegadas».
Encendimos la primera juntos.
No hay ninguna manera elegante de encender un farolillo: hay que sujetar el aro por abajo entre los dos mientras Nayra prende la mecha, esperar cuarenta o cincuenta segundos a que el aire de dentro se caliente, notar cómo tira, y soltar.
La parte que no sale en ninguna foto es la espera.
Cincuenta segundos de dos personas agachadas sujetando un objeto de papel que todavía no vuela.
Se nos calentaron las manos.
Cuando tiró, soltamos, y el farolillo subió recto y luego se ladeó y se fue hacia el mar, y a los veinte segundos ya no era un objeto: era un punto naranja.
—Uno —dijo Yurena, y anotó.
Las siguientes las fuimos soltando de una en una, alternando, porque Nayra solo encendía una cada vez por seguridad, y eso convirtió la ceremonia en una tarea. Que fue lo mejor que pudo pasar.
En la cinco me quemé el pulgar y dije una palabra fea delante de la coordinadora del hotel.
En la nueve, Perdomo dijo:
—Están yendo todos al mismo sitio.
—Es el viento.
—Es el viento, sí. Pero mírelos.
Los miré. Los nueve estaban en el cielo, escalonados, siguiendo exactamente la misma curva, uno detrás de otro, como si los hubieran colocado.
En la once, Yurena leyó en voz alta, para nadie, que la autorización municipal era la ciento catorce barra veinticinco.
En la doce, Nayra dijo «chacha, qué bonito» sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta, y luego se puso colorada, y Yurena escribió algo en la carpeta que espero de corazón que no fuera una incidencia.
En la catorce empezamos a hablar.
—¿Ha pasado algo? —dijo él, en voz baja, mientras sujetábamos.
—Ha llamado.
—Vale.
—A las siete y cuarto. Once minutos.
—Vale.
Soltamos la catorce.
—No me ha preguntado qué me dijo —dije.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no es asunto mío —dijo Perdomo— y porque usted, si quiere, me lo cuenta.
En la dieciséis, él me preguntó si tenía frío y le dije que no, y era mentira, y no me ofreció nada porque no llevaba nada que ofrecer, y las dos cosas me parecieron correctas.
En la diecisiete Yurena anotó en voz alta: «diecisiete». Y luego, por lo bajo, para sí misma, con un tono que no le había oído: «va bien».
En la diecinueve se lo conté.
No entero. Le conté la parte que no podía decirle a nadie más porque a cualquier otra persona le habría sonado a frialdad y él ya me había visto ser fría de verdad y sabía distinguir.
Le conté que no había sentido nada.
—Y no me refiero a que se me pasara rápido —dije—. Me refiero a que no había. Cero. Como cuando desconectas un aparato que llevaba años enchufado y te das cuenta de que no estaba encendido.
Perdomo estuvo callado tres farolillos.
—¿Sabe lo que le pasa? —dijo al fin.
—Dígamelo.
—Que usted creía que estaba aguantando y resulta que ya lo había soltado hace mucho. —Sujetó el aro con las dos manos—. Y eso da más miedo, porque lo otro por lo menos era una cosa suya. Y esto es haberse enterado tarde.
Encendimos la veinte.
—¿Y usted cómo sabe eso? —dije.
—Porque llevo ocho años grabando una casa que ya se cayó.
Solté el farolillo con más fuerza de la que hacía falta.
En la veintiséis, Yurena anunció que le quedaban diez y que iba a avisar a Salvamento del cierre previsto, y se apartó cuarenta metros a hablar por el walkie, y Nayra se apartó a por más mecha, y nos quedamos solos con diez farolillos en la arena.
En la treinta y uno paramos.
No fue una decisión, otra vez. Estábamos agachados los dos sujetando el aro, esperando los cincuenta segundos, con las caras a la distancia a la que te pone un objeto que hay que sujetar entre dos, y el papel se iba llenando de luz por dentro, y de repente los cincuenta segundos ya no eran una espera técnica.
—Nora.
—Está a punto de tirar.
—Ya lo sé.
—Si lo soltamos ahora, se va torcido.
—Ya lo sé —dijo Dani Perdomo.
Lo soltamos.
Se fue torcido: se ladeó a los tres metros, cogió una corriente distinta a la de los treinta anteriores y salió en diagonal hacia el norte, solo, separándose de la fila entera.
Nos quedamos mirándolo un segundo.
Y después nos besamos en la playa pequeña del Rofe Grand Resort fue de gente adulta que lleva tres días hablando de documentos.
Me acuerdo de que en algún momento me reí contra su boca, no de nervios, sino porque me pasó por la cabeza —a mí, ahí— la frase «servicio prestado íntegramente».
Lo que no recuerdo, y lo he intentado, es cuánto duró. Es la única cosa de aquella semana que no puedo cuantificar, y he probado a reconstruirlo por los farolillos que quedaban y no sale, porque los farolillos que quedaban eran cinco antes y cinco después.
Y me acuerdo perfectamente de cómo terminó, que es lo importante.
Terminó porque a cuarenta metros, Yurena Cabrera dijo, con el walkie todavía en la mano y sin ninguna intención de estar diciendo nada:
—Quedan cinco.
Nos separamos.
Perdomo se pasó el pulgar por la ceja. Yo me coloqué el pelo, que no hacía falta.
Y encendimos las cinco que quedaban, de una en una, alternando, sin decirnos nada, con las manos temblando lo justo para que Nayra tuviera que sujetar el aro dos veces.
Yurena anotó la treinta y seis a las diez y cuatro minutos. Cerró la carpeta con las dos manos.
—Servicio prestado íntegramente —dijo—. Cuatrocientos treinta euros. Ambos beneficiarios presentes.
—Gracias, señora Cabrera.
—A ustedes. —Se dio la vuelta y anduvo tres pasos y volvió a girarse, y por primera vez en cinco días no consultó la carpeta antes de hablar—. Señora Requena.
—Dígame.
—El sábado sigue siendo suyo.
Y se fue por el camino de arena.
—Señora Cabrera —dije, cuando ya se iba.
—Dígame.
—¿Usted el sábado trabaja?
Yurena se paró.
—El sábado tengo la boda de las siete —dijo—. Está en mi cuadrante desde febrero.
—Ya no hay boda a las siete.
—Hay un espacio reservado, un oficiante cancelado y una coordinadora asignada —dijo Yurena Cabrera—. Eso es lo que hay en el cuadrante. Yo el cuadrante no lo escribo, señora Requena. Yo lo cumplo.
Subí sola. Él subió a la furgoneta, a pasar tarjetas, porque tenía que entregar el parte de la jornada y porque los dos necesitábamos ochenta metros de separación.
En la habitación abrí RESCATE, rellené las filas del día —línea dieciséis, clase de baile, 180 €, prestada; línea diecisiete, farolillos, 430 €, prestada, treinta y seis unidades—, y después bajé hasta la fila sin número.
La fila del gasto imprevisto .
Le puse un importe.
Escribí: por determinar.
Que en una hoja de cálculo no es un número, no se puede sumar, y rompe todo lo que hay debajo.