16. Canción libre con paseo
Canción libre con paseo
Ciento ochenta euros resultaron ser la partida más cara de la semana.
La pareja fue Aday.
Aday es el segundo maître del restaurante principal, tiene cincuenta y tantos, un bigote fino y una manera de moverse por un comedor que es de otra época.
Yurena lo trajo a la sala de eventos B a las cinco menos cinco, con la camisa del uniforme y sin chaleco, y él entró como quien entra a hacer un turno más.
—Señora.
—Le han obligado.
—Me lo han pedido —dijo Aday—. Que no es lo mismo, pero se parece bastante.
—¿Y por qué le han pedido a usted? —dije, mientras esperábamos.
—Porque el primero de comedor está de baja y porque yo bailo. —Aday se remangó una vuelta—. Y porque llevo aquí catorce años y a mí Yurena me pide cosas.
—¿Y usted se las hace?
—Yo se las hago —dijo— y ella me cubre los cuadrantes de septiembre. Esto funciona así, señora.
La coreógrafa se llama Saray, tiene treinta años, viene de Arrecife y da clases de primer baile en cuatro hoteles de la isla, lo cual significa que ha visto a más parejas españolas bailar por primera vez que ninguna otra persona viva.
—A ver. ¿Quiénes son los novios?
Silencio.
—Vale —dijo Saray—. ¿Quién baila?
—Nosotros —dije yo, señalando a Aday.
—¿Y él? —Miró a Perdomo, que estaba montando el trípode en la esquina.
—Él graba.
—¿Y por qué no baila él, si es más joven?
—Porque está contratado para grabar —dijo Perdomo, sin levantar la vista del trípode.
Saray nos miró a los tres durante tres segundos, hizo el cálculo que hace la gente que trabaja de cara al público, decidió que no era su problema y puso la música.
Canción libre con paseo consiste en lo siguiente: se camina en círculo al compás, se gira dos veces, y en el estribillo hay un momento en el que la mujer se separa un paso y vuelve. Eso es todo. Está diseñado para que dos personas que no saben bailar parezcan personas que han ensayado.
Aday bailaba muy bien. No bien de academia: bien de bodas de pueblo, de las de antes, de las de orquesta.
—Tú déjate llevar y no mires los pies.
—Es que me estoy fijando en el compás.
—El compás lo llevo yo, mi niña. Tú lleva la cara.
Y me hizo reír, y giramos, y me di cuenta a la tercera vuelta de que aquel hombre llevaba treinta años sosteniendo bandejas de veinte kilos con una sola mano y que por eso tenía el brazo donde tenía que estar y no se movía ni un centímetro.
—Espera, espera. —Saray nos paró en la segunda vuelta—. ¿Tú de qué trabajas?
—Seguros.
—Se nota.
—¿En qué se nota?
—En que vas contando. —Me puso la mano en el omóplato y me lo bajó dos centímetros—. Lo estás haciendo bien y estás contando. Si cuentas, se ve. Cuenta él.
—Yo cuento —dijo Aday.
—Él cuenta —dijo Saray—. Tú te dejas contar.
Estuve tres vueltas intentando no contar y a la cuarta lo conseguí, y fue rarísimo, como caminar por un sitio conocido con los ojos cerrados y no chocarse.
Perdomo grabó doce minutos.
Lo sé porque estuvo todo el rato detrás de la cámara y no dijo absolutamente nada, ni una indicación, ni un «no mire al objetivo», ni ninguna de sus frases.
Y en la cuarta vuelta, cuando pasamos delante del trípode, lo miré por encima del hombro de Aday y él tenía la cara que tienen los operadores cuando están trabajando bien, que es una cara sin nada, y aun así se le veía la mandíbula.
—Otra vez —dijo Saray—. Y ahora el paso de separación, que es el que se ve en las fotos.
Me separé un paso de Aday. Volví.
—Bien. Otra vez. Más despacio. Cuando te separas, mira dónde vas a volver.
Me separé un paso de Aday, y miré dónde iba a volver, y no era Aday.
Era la esquina de la sala de eventos B, donde había un trípode, un hombre con la cara sin nada y una lucecita roja encendida.
Duró lo que dura mirar mal en un sitio en el que hay tres personas: nada. Volví al paso, giramos, la canción se acabó, Saray aplaudió y dijo que ya estaba, que eso era todo, que en la boda nos iba a salir mejor porque hay adrenalina.
Aday me soltó la mano, se puso el chaleco y dijo:
—A mandar, señora. —Y en la puerta, sin volverse—: Y usted, muchacho, la próxima vez baile.
Antes de irse, Saray recogió el altavoz y me dijo, con esa naturalidad de la gente que da clases a desconocidos:
—Oye, ¿y para cuándo es la boda?
—El sábado.
—¡Ah, pues ya! —Se echó el pelo hacia atrás—. Pues nada, que ya lo tienes. Con eso vas sobrada. En la boda no se acuerda nadie de los pasos, solo se acuerdan de si os mirabais.
—Ya.
—Y vosotros os miráis —dijo, guardando el cable, sin mirar a nadie—. Se ve desde aquí.
Recogí el bolso. Perdomo desmontó el trípode en cuarenta segundos, que es lo que tarda alguien que lo ha hecho diez mil veces.
Salimos al camino de arena a las seis menos veinte. La producción de A a la derecha, el aparcamiento de servicio. Llevábamos cinco días separándonos exactamente ahí.
Ninguno de los dos cogió su camino.
—El vídeo va a quedar raro —dije.
—¿Por qué?
—Porque bailo con el maître.
—El vídeo va a quedar bien —dijo Perdomo—. Usted se reía.
—Es que Aday es muy simpático.
—Ya.
Se colgó la mochila del otro hombro. No se iba.
—¿Ha leído el parte? —dije.
—He leído el parte.
—¿Entero?
—Entero. —Miró el suelo—. Debajo de su firma hay cuatro palabras tachadas.
—Sí.
—Se leen.
—Ya sé que se leen —dije—. Los tachones a bolígrafo no tapan nada. Eso lo aprendí de usted el domingo.
Y ahí se acabaron las frases.
Estábamos a menos de un metro. No sé quién lo redujo; sospecho que fue mutuo y sospecho también que eso es lo que dice todo el mundo. Lo que sí puedo describir con exactitud es el orden de las cosas, porque lo tengo entero:
Él movió la mano derecha y no llegó a levantarla del todo.
Yo miré su boca, una vez, un cuarto de segundo, y después miré otra vez, más rato, que es la que cuenta.
Él dijo mi nombre. No entero. Dijo «No» y después dijo «ra», y entre las dos sílabas hubo tiempo suficiente para que fueran dos decisiones distintas.
Yo levanté la barbilla dos centímetros.
Él se inclinó.
Y a cuatro metros de nuestras cabezas, saliendo por encima de la línea de las palmeras con ese ruido de avispa industrial que hacen y que no se parece a ningún otro ruido del mundo, apareció el drone.
Bajó a la altura de los ojos. Se quedó ahí, suspendido, con el objetivo hacia nosotros, dos segundos y medio.
Después giró noventa grados y se fue hacia el jardín de ceremonias.
Nos separamos.
Nos separamos como se separan dos adultos: sin sobresalto, sin decir «ay», retrocediendo cada uno medio paso y mirando los dos en la dirección en la que se había ido el aparato, con las manos en sitios distintos de los que estaban.
—Es de producción —dijo él—. Están haciendo pruebas de recorrido.
—Ya.
—No estaba grabando. La luz de grabación es roja y no la llevaba.
—Ya.
Pausa.
—¿Usted sabe eso de memoria? —dije.
—Yo eso lo sé de oficio —dijo Dani Perdomo, y me devolvió mi frase del domingo tres días después, y esa fue la única cosa que ocurrió aquella tarde de la que estoy completamente segura.
—Perdomo.
—Dígame.
—Mañana hay sesión de fotografía prenupcial. Línea quince.
—Ochocientos noventa euros —dijo él—. Dos pax.
—Esa no se puede prestar.
—No.
—Es la primera de las cuatro que no se puede prestar.
—Sí.
Nos quedamos los dos con eso encima, en el sitio del camino donde el camino se bifurca, y ninguno dijo lo evidente, que era que quedaban tres.
Se fue a guardar el material. Yo subí a la habitación.
A las siete y cuarto, cuando estaba abriendo la puerta, me sonó el móvil.
En la pantalla no ponía «el Tomador», porque los móviles no son míos y no aceptan mis nombres. En la pantalla ponía lo que pone.