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15. Columnas nuevas

Columnas nuevas

Hay una cosa que no he explicado y que conviene explicar ahora: yo llevaba desde el domingo firmando partes de un hombre al que no le había vuelto a decir nada personal.

Nos veíamos en los servicios. Hablábamos de duraciones, de horarios y de líneas del desglose. Comíamos en la misma mesa de dos. Y por debajo de todo eso, cada noche, un sobre por debajo de la puerta con un documento técnico que llevaba dentro una frase tachada.

Es, ahora que lo pienso, la correspondencia más formal que he mantenido con nadie en mi vida adulta.

El parte número dos lo firmé el martes por la mañana, a las nueve y cuarto, con dos tachones delante y un café al lado.

Voy a describir con precisión lo que hice, porque es importante para lo que viene después.

Leí las dos líneas tachadas. Las leí, como la vez anterior, once o doce veces.

Después leí la línea de sustitución, que decía que en el islote no se registraban planos de la beneficiaria 1 y que se respetaba lo pactado, y que era mentira, no porque hubiera planos, sino porque nada de aquello se estaba respetando ya en absoluto y los dos lo sabíamos.

Y aun así lo firmé, porque lo que se firma es el servicio prestado y el servicio estaba prestado.

Cogí el bolígrafo del hotel.

Firmé. Fecha. Hora: 9:16.

Y después, en el espacio en blanco de debajo de mi firma, escribí cuatro palabras y las taché yo, con el bolígrafo apretado, cuatro pasadas, igual que él.

No voy a escribir aquí qué ponía. Diré solo que eran cuatro palabras, que no eran una pregunta, y que las taché por la misma razón por la que las taché: para que se leyeran.

Deslicé el parte por debajo de su puerta a las nueve y veinte y volví a mi habitación con el pulso en las orejas como una adolescente, que es una cosa que a los treinta y seis años da mucha vergüenza y que no se le cuenta a nadie.

De nueve y media a once tenía trabajo. Trabajo mío, del de verdad, del que se factura.

Trabajo de verdad: llevo el producto de cancelación de eventos y el producto no deja de existir porque yo esté en una isla. Los martes hay comité de producto. Yo estaba de vacaciones —de vacaciones, ese era el epígrafe— pero había pedido asistir por videollamada porque estaba el punto tres.

El punto tres era la revisión anual del Nupcial Serena.

Me conecté desde el escritorio de la Suite Nupcial Timanfaya con la cámara apagada y una camisa encima del pijama, y durante cuarenta minutos escuché a doce personas discutir sobre el producto que me había dejado sin veintiocho mil euros dieciocho días antes.

Bermejo habló en el minuto veintiséis.

—Yo insisto con la cuatro siete ce —dijo—. Tenemos catorce reclamaciones este año.

—Catorce sobre dos mil trescientas pólizas —dijo Marketing.

—Catorce sobre dos mil trescientas es poco, sí. Pero yo he leído las catorce.

—¿Y?

—Y son todas iguales —dijo Bermejo—. Gente que canceló y que no entiende por qué su seguro de cancelación no le cubre la cancelación.

—A ver —dijo el director de producto—. ¿Propuesta concreta?

—Propuesta concreta: cobertura opcional de desistimiento, con carencia de noventa días, franquicia del cuarenta por ciento y tope de diez mil. —Bermejo carraspeó—. Prima estimada, dieciocho euros más al año.

—¿Y quién la contrataría?

—Nadie —dijo Bermejo—. Nadie que esté a punto de casarse contrata una cobertura por si deja de quererse. Por eso es barata y por eso deberíamos tenerla.

Hubo cuatro segundos de silencio en la sala de Madrid y once personas mirando una pantalla.

—Lo dejamos para el comité de octubre —dijo el director de producto.

Rebeca me escribió por privado: ¿estás viva?

Yo escribí: sí .

Ella escribió: di algo .

Yo no dije nada. Escuché la discusión entera con la cámara apagada, en un hotel de cinco estrellas, dentro de una boda que no existía, y cuando el director de producto preguntó «¿alguien más?», dije «yo no» con una voz perfectamente profesional y colgué a las once menos cinco.

Después abrí RESCATE.

Y aquí es donde tengo que ser honesta sobre lo que pasó con la hoja, porque no fue una decisión. Fue una deriva.

La fila sin número que había abierto el domingo por la noche seguía ahí, con el concepto gasto imprevisto y la casilla de importe vacía.

Una fila con concepto y sin importe es, en cualquier hoja de cálculo del mundo, un error.

Se arrastra. Rompe las sumas de abajo. La primera regla del oficio es que si no sabes el importe, no abres la fila.

Yo la había dejado abierta treinta y seis horas.

Lo que hice el martes a las once de la mañana fue intentar cerrarla. Es decir: intentar ponerle un número.

Y para ponerle un número necesitaba una unidad. Y no tenía ninguna. Y entonces empecé a fabricar unidades, que es exactamente lo que hace mi profesión cuando se enfrenta a algo que no sabe medir: inventarse una métrica y llamarla objetiva.

Columna F — coste por lágrima. Treinta y un mil euros divididos entre el número de veces que he llorado desde el 22 de julio. Denominador: cero. División por cero. La hoja devuelve #¡DIV/0!, que es la única vez en toda mi carrera que un error de Excel me ha parecido una acusación.

Columna G — ROI atardecer. Coste imputado del alojamiento por noche (700 €) dividido entre los atardeceres efectivamente mirados (3).

Doscientos treinta y tres euros con treinta y tres céntimos por atardecer.

Nota adjunta: dos de ellos mirados a través de una cristalera del bufé; no computan al 100 % .

Columna H — índice de ejecución conforme. Servicios prestados íntegramente sobre servicios previstos hasta la fecha. Siete sobre siete. Cien por cien. La única columna decente de la hoja.

Columna I — coste marginal de la compañía.

Diferencia entre el importe imputado a un servicio prestado a dos beneficiarios y el que tendría prestado a uno.

Resultado: cero euros en todos los casos, porque el paquete está congelado y el precio no depende de si el segundo beneficiario está o no está. Es decir: técnicamente, él sale gratis.

Es un dato correcto. Lo comprobé dos veces, como se comprueban los datos que no te gustan: rehaciendo la fórmula desde cero por si el problema era la fórmula.

No era la fórmula.

Miré esa columna un buen rato.

Y luego escribí, en el comentario de la celda, con letra de hoja de cálculo, una frase que no es de hoja de cálculo:

Sale gratis y es lo único que estoy pagando.

Columna J — servicios restantes de dos. Cuatro. Clase de primer baile, suelta de farolillos, sesión de fotografía prenupcial y ceremonia. De los cuatro, dos son ejecutables y dos no, y los dos que no son los que llevan la palabra «nupcial» dentro.

Y debajo de todo, en la fila de totales, la hoja seguía devolviéndome el mismo error que llevaba devolviéndome desde el domingo por la noche, porque una fila con concepto y sin importe rompe la suma de la columna entera.

¡VALOR!

Cerré el portátil a las once y cuarenta.

Antes de bajar hice una llamada de dos minutos a mi madre, en la que le pregunté por el vestido y ella me contestó por la tía Charo, y luego le pregunté otra vez por el vestido y me dijo que seguía colgado y que no lo había tocado nadie, y que si estaba comiendo.

Le dije que estaba comiendo.

Es verdad que estaba comiendo. Llevaba tres días comiendo dos desayunos.

Bajé a la piscina de adultos, me tumbé en una tumbona a la sombra y estuve una hora larga sin hacer nada, cosa que no hago nunca, oyendo al fondo el ruido de la producción de A&B montando telas.

A la una y veinte pasó Yurena por el borde de la piscina con la carpeta.

—Señora Requena.

—Señora Cabrera.

—A las cinco tiene usted la clase de primer baile. Línea dieciséis.

—Ya.

—Con coreógrafa. Dos alumnos. —Consultó—. Estilo a elegir entre vals lento, bachata suave y «canción libre con paseo».

—¿Qué es «canción libre con paseo»?

—Es lo que eligen los que no saben bailar —dijo Yurena—. Se camina en círculo y se gira dos veces.

—Ese.

—Muy bien.

Se fue tres pasos y se dio la vuelta.

—Señora Requena. El señor Perdomo tiene que grabarla.

—Lo sé.

—Es que si él graba, él no baila. Y la clase es de dos alumnos. —Sostuvo la carpeta con las dos manos—. Voy a tener que buscarle a usted una pareja.

Y ahí, tumbada en una hamaca, con gafas de sol, a la una y veinte de la tarde del martes, sentí una cosa muy concreta en el esternón que no era ansiedad y que no supe nombrar, y que no anoté en ninguna columna porque para entonces ya sabía perfectamente lo que era y no me daba la gana escribirlo.