17. La llamada
La llamada
Lo cojo.
Es lo primero que hay que decir, porque yo llevaba veintidós días sin cogerlo y aquella tarde, con la tarjeta de la habitación en una mano y el picaporte en la otra, lo cojo al cuarto tono.
—¿Nora?
—Sí.
—Joder. Perdona. No pensaba que fueras a...
—Ya.
Silencio. Se oye un coche detrás de él. Está en la calle. Está en la calle a las siete y cuarto de la tarde de un martes de agosto en Madrid, que es la peor hora y el peor mes, y eso significa que ha salido del trabajo y ha andado hasta un sitio donde poder llamar.
Entro en la habitación. Se cierra la puerta sola detrás de mí con ese golpe amortiguado de los hoteles.
—¿Estás bien? —dice.
—Sí.
—Es que llamé a tus padres.
—Me lo dijo mi madre.
—Ya. —Se ríe con la nariz—. No me lo cogió.
—No.
—Es que no sabía cómo... Mira, Nora, yo lo único que quiero es hablar diez minutos. No para nada. Para hablar.
Me siento en el borde de la cama. No enciendo la luz. Son las siete y cuarto de agosto y aquí todavía es de día, pero la suite mira al este y a esta hora ya está en sombra.
Y noto una cosa muy rara, que es que estoy tranquila. Desde aquí veo el jardín privado y, por encima del seto, la parte de arriba del arco de hortensias con las luces de prueba encendidas y apagándose cada seis segundos.
—Habla —digo.
Y habla.
Hay que reconocerle una cosa: no empieza por la boda. Empieza por el estudio, que es lo difícil, y eso significa que lo ha preparado, y que ha preparado bien.
Y en el segundo cero yo ya sé una cosa que él tardará once minutos en enterarse: que le voy a dejar hablar. No por generosidad. Porque quiero oír si me pasa algo.
Habla siete minutos y medio; lo sé porque después miré la duración de la llamada, que fue de once minutos y cuatro segundos, y porque de esos once yo hablé muy poco.
Dice que lo del estudio fue una tontería.
Dice que lo mantuvo por su hermano, al principio, por si su hermano volvía de Bruselas, y que después ya era un gasto que estaba ahí y que le daba pereza cancelarlo.
Dice que en enero pensó en decírmelo. Dice que no me lo dijo porque cada vez que sacábamos algo así yo lo convertía en un expediente.
Dice esa palabra: expediente. Dice que él nunca ha sabido si estaba con una mujer o presentando una solicitud.
Dice que le parece increíble que hayamos tirado cinco años por trescientos ochenta y cinco euros al mes.
Dice que su madre le ha preguntado si va a devolver los regalos y que él no sabe qué se hace con los regalos.
Dice que el de la freidora de aire le da igual pero que hay un cheque de su tío y que eso hay que resolverlo.
Dice «hay que resolverlo» en plural, cinco años de plural que no se apagan en veintidós días.
Dice que ha estado durmiendo mal, y que se ha comprado una cafetera porque la de casa era mía.
Dice que sabe que no tiene derecho a decirme que ha estado durmiendo mal.
Y luego lo dice otra vez, por si acaso.
Y en el minuto ocho dice:
—¿Tú estás en Lanzarote?
—Sí.
—¿En el hotel?
—En el hotel.
Y hay una pausa larguísima, y después dice, y esto lo transcribo exacto porque lo tengo grabado en algún sitio del cráneo:
—Joder, Nora. Eso es muy tú.
Y ahora es cuando tengo que contar lo que no me pasó.
Voy a hacerlo bien, porque es la única página de todo esto que me importa que quede exacta.
No me tembló la voz. No me subió nada por el pecho.
No me hizo daño la palabra expediente, y debería, porque es la palabra más exacta que me han dicho nunca y me la ha dicho la única persona que ha vivido conmigo catorce meses.
No sentí rabia. No sentí alivio, que es lo que se supone que se siente y lo que sale en los artículos.
No sentí ni siquiera esa cosa aburrida y tibia de la nostalgia.
Estoy sentada en el borde de la cama de una suite nupcial con el teléfono en la oreja, oyendo la voz de un hombre con el que iba a casarme dentro de cuatro días, y por dentro no hay absolutamente nada.
Hay el ruido del aire acondicionado. Hay las luces del arco encendiéndose cada seis segundos.
Hay un cálculo automático, en algún lado, de cuántos minutos lleva la llamada.
Eso es todo lo que hay.
Compruebo esto tres veces, como se comprueba una cifra. Miro dentro. Nada. Vuelvo a mirar. Nada.
—Nora, ¿sigues ahí?
—Sigo.
—Di algo.
—¿Qué quieres que diga?
—No sé. Algo. —Y se le rompe un poco, y es verdad que se le rompe, y lo registro como se registra un dato exacto—. Grítame, si quieres.
—No quiero gritarte.
—Pues llámame hijo de puta. Me lo merezco.
—No te lo mereces —digo—. Ese es el problema.
—Nora, ¿tú me has querido?
Y esa pregunta, que es la que se hace a los treinta y ocho años a las siete y veinte de la tarde en una calle de Madrid, sí me llega a algún sitio. No al que él quiere. Me llega al sitio en el que están las cosas que se pueden contestar mal.
—Sí.
—¿Y ya no?
—Eso no es lo que ha pasado.
—¿Y qué ha pasado?
Y entonces, por primera vez en once minutos, digo tres frases seguidas.
Las tengo preparadas desde hace dieciocho días. No para él: para mí. Las he redactado como redacto todo, en el bloc de notas, y las he corregido dos veces.
Le digo que lo del estudio no fue lo grave.
Le digo que lo grave es que él tuviera un sitio al que volver y yo no me hubiera preguntado nunca por qué a mí no me hacía falta.
Le digo que llevo dieciocho días descubriendo que la mujer que redacta las coberturas de todo el mundo no se puso ninguna, y que eso no lo hizo él.
Se queda callado.
Y es verdad que se queda callado, y que el silencio dura ocho o nueve segundos, y que en algún momento de esos ocho o nueve segundos deja de ser un hombre que se defiende y pasa a ser un hombre que ha entendido algo tarde. Eso también lo registro.
—¿Y ahora qué? —dice.
—Ahora nada.
—¿Nos vemos cuando vuelvas?
—No.
—¿Nunca?
—Ahora no, y luego ya veremos, y esa es la respuesta honesta.
Y cuelgo. Cuelgo yo, bien, sin portazo, diciendo «cuídate», que es una palabra que no significa nada y que sirve exactamente para esto.
Once minutos y cuatro segundos. Lo miro en la pantalla porque necesito mirar algo que sea un número.
Once minutos para cinco años. Dos coma dos minutos por año. No lo calculo: me sale solo, que es peor.
Me quedo sentada en el borde de la cama con el móvil en la mano y la pantalla apagándose sola, y ahí es donde empieza lo verdaderamente malo, que no fue la llamada.
Porque yo sé lo que es el duelo. No de la manera en que lo sabe la gente que ha perdido cosas: de la otra manera, la administrativa, que es más fea y a veces más exacta.
Lo he visto en expedientes durante nueve años.
Y sé lo que significa no sentir nada cuando debería doler: significa que ya dolió antes, en otro sitio, y que se acabó sin que nadie firmara nada.
Cinco años. Catorce meses de convivencia. Sesenta y dos personas invitadas. Un vestido colgado en el cuarto de la plancha de mi madre.
Un cheque de un tío suyo pendiente de resolver.
Y a las siete y veintiséis de un martes, en una isla, se me apaga sin más, como un aparato al que se le acaba la batería mientras estás mirando otra cosa.
Lo que me aterró no fue haberlo perdido.
Fue lo barato que había salido.
Y hay una cosa más, que solo puedo escribir ahora, un año después, y que aquella noche no habría sabido decir.
Mientras él hablaba, yo estaba pensando en unas manos de setenta años colocando piedras en un muro.
No como una infidelidad ni como una comparación. Simplemente estaba ahí, en el mismo sitio del cerebro donde debería haber estado él, ocupándolo, sin ninguna intención.
Estuve media hora larga sentada en esa cama sin encender la luz. A las ocho menos cuarto llamaron a la puerta.
Era Yurena. Traía la carpeta y, encima de la carpeta, una hoja doblada por la mitad.
—Señora Requena, buenas tardes. Le traigo la minuta.
—¿De qué?
—De esta noche —dijo Yurena Cabrera—. Los farolillos. Línea diecisiete. Treinta y seis unidades.