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13. Cómo se asegura un volcán

Cómo se asegura un volcán

La excursión privada al Parque Nacional de Timanfaya sale a las diez, línea doce del desglose, doscientos cuarenta euros, mínimo dos pax, y consiste en un guía del parque que se llama Nauzet y en un todoterreno blanco con el logotipo del hotel en las puertas.

Nauzet tiene veintiséis años, un máster en geología por La Laguna y la energía de alguien a quien todavía no le han estropeado el trabajo.

—¿Los novios?

—Los beneficiarios —dije.

—Vale —dijo Nauzet, que evidentemente no entendió nada y que decidió, muy sabiamente, no preguntar.

Se sube por una carretera que atraviesa un campo de lava de mil setecientos treinta. Eso lo dijo él, y lo dijo dos veces, y la segunda con una pausa detrás, porque llevaba tres años esperando que alguien entendiera lo que significa.

Mil setecientos treinta. Seis años de erupciones seguidas. Once pueblos enterrados. Un cuarto de la isla desaparecido debajo.

—¿Y la gente? —dije.

—Se fue. Mucha a América. —Nauzet cambió de marcha—. Y luego volvieron algunos.

—¿Volvieron?

—Volvieron. —Señaló con la barbilla hacia la ventanilla, donde no había absolutamente nada excepto piedra negra hasta el horizonte—. Y plantaron aquí.

Yo tengo un trabajo muy concreto y ese trabajo consiste en decidir qué riesgos son asegurables.

Un riesgo es asegurable cuando es aleatorio, medible, y cuando el daño no depende de la voluntad del asegurado.

Un volcán cumple los tres. Se puede asegurar un volcán.

Lo que no se puede asegurar es la decisión de volver.

Lo pensé en el todoterreno y me dio un poco de vergüenza estar pensando en pólizas en mitad de un campo de lava, y luego se me pasó la vergüenza, porque yo pienso así, y porque, además, era la primera cosa que pensaba en tres semanas que no era una resta.

Perdomo iba delante, al lado de Nauzet, con la cámara en el regazo y sin encenderla.

Eso también lo anoté, porque llevaba tres días viendo a aquel hombre grabar el desayuno, la cata, un carro de la lavandería y un arco de hortensias, y en la única mañana del contrato que valía la pena grabar iba con el aparato en las rodillas como quien lleva un perro dormido.

—¿Y usted sabe por qué volvieron? —dijo Nauzet, por el retrovisor.

—Porque no tenían dónde ir.

—Eso dice la mitad. La otra mitad dice que porque descubrieron el picón. —Señaló un campo—. La ceniza esa. Se echa encima de la tierra, coge el rocío por la noche y lo suelta por el día. Aquí no llueve, señora. Aquí el agua se fabrica.

Perdomo se giró un poco en el asiento delantero.

—Eso lo cuenta usted muy bien.

—Es que llevo tres años contándolo cuatro veces al día.

En el Islote de Hilario nos hicieron las demostraciones, que son tres y son famosas y siguen funcionando: la aulaga seca que se prende sola en un hoyo a los cuatro segundos, la piedra que sacas del suelo y quema, y el agua que echan por un tubo y sale disparada en géiser a los ocho segundos con un ruido bestial.

Doce turistas alemanes aplaudieron.

Yo también aplaudí. Es un ruido muy difícil de no aplaudir.

—A los ciento treinta metros de profundidad hay seiscientos grados —dijo Nauzet—. Aquí debajo. Ahora mismo.

—¿Y eso qué es? —dijo un señor alemán—. ¿Es peligroso?

—No, no. Es residual. Esto lleva así trescientos años.

—Trescientos años enfriándose —dije yo.

Nauzet me miró con una alegría que no esperaba.

—Exacto. Trescientos años enfriándose y todavía te quema la mano.

Perdomo se rio detrás de mí. No con la cámara: sin ella.

Después nos llevó a la Ruta de los Volcanes, que se hace en autobús y en la que no se puede bajar, y luego, porque la excursión era privada y porque Nauzet es de los que se saltan el guion cuando le caes bien, nos sacó por una pista lateral hasta un mirador que no está en el folleto y nos dejó veinte minutos.

—Yo me fumo un cigarro y ustedes miran —dijo—. Es lo que hay que hacer aquí.

Nos quedamos los dos de pie, en el borde, con el viento de frente.

Desde ahí se ve el sur entero: el malpaís, la costa, y a la izquierda, muy abajo, la línea larga de La Geria con sus miles de hoyos, y al final de la línea, en un pliegue, una casa blanca con el tejado hundido.

Perdomo no dijo nada durante bastante rato.

Después sacó una tablet de la mochila.

—Le voy a enseñar una cosa —dijo—. Tres minutos.

—¿Es lo suyo?

—Es lo mío.

Se sentó en una piedra. Yo me senté en otra, a treinta centímetros, y él puso la tablet en equilibrio entre las dos rodillas y le dio al play, y me pasó un auricular, y ese fue el único contacto físico de aquel día: un auricular pequeño y caliente pasando de una mano a otra.

Tres minutos.

Antes de darle al play hizo una cosa que me pareció importante: comprobó el volumen. Lo subió, lo bajó, lo dejó en un punto concreto. Ocho años de material y aquel hombre estaba nervioso por el volumen.

Lo primero que sale es un plano fijo de una era de piedra con hierba seca. Está mucho rato. Tanto que te obliga a mirarla, que es lo que hacen los planos largos cuando el que los pone sabe lo que hace.

Después una mujer mayor de espaldas, andando por un camino, sin música.

Después unas manos —manos de setenta años— quitando piedras de un hoyo, de una en una, y colocándolas otra vez en el muro.

Y la voz de esa mujer, en off, diciendo dónde iba cada piedra y por qué.

Que las grandes abajo. Que las planas de canto, para que agarren.

Que su suegro las ponía distinto y que su suegro las ponía mal.

Y después el plano final, que es la casa desde lejos, con el tejado hundido, y el viento haciendo el mismo ruido que estaba haciendo aquella mañana a mi lado.

Se acabó.

Me quité el auricular y no dije nada durante unos segundos, porque llevaba veintitrés días sin que me pasara nada por dentro y aquello me pasó por dentro.

—Es su madre —dije.

—Es mi madre.

—¿Sabe que la está grabando?

—Sabe que la estoy grabando. No sabe para qué. —Guardó la tablet—. Yo tampoco.

—¿La ha montado alguna vez?

—Tengo cuatro montajes empezados. Ninguno pasa de los veinte minutos. —Se pasó la mano por la nuca—. Es que no sé qué es. Si es sobre ella, se acaba cuando ella se acabe, y eso no lo quiero. Si es sobre la finca, es una queja, y las quejas duran once minutos.

—¿Y si es sobre las piedras?

Perdomo giró la cabeza.

—¿Cómo?

—Ella no le está enseñando la finca —dije—. Le está enseñando dónde va cada piedra. Eso no es una queja. Eso es un manual.

Se quedó callado tanto rato que llegué a pensar que lo había dicho mal.

—¿Cuánto hay?

—Cuatrocientas horas.

—¿Cuatrocientas?

—Ocho años, señora Requena.

Y ahí hice una cosa que después me costó bastante entender, y es que no calculé nada.

No dividí las cuatrocientas horas entre los ocho años.

No taseé el proyecto. No pregunté cuánto le costaría montarlo ni con qué dinero.

Estaba todo eso disponible en mi cabeza, ordenado y listo, y me quedé callada.

—¿No dice nada? —dijo él.

—No.

—Es la primera vez.

—Ya.

Se levantó, se sacudió el polvo del pantalón y miró hacia abajo, hacia la casa.

—Le pregunto una cosa yo ahora —dijo—. Y no es de trabajo.

—Pregunte.

—¿Por qué no ha cancelado?

—Porque son treinta y un mil euros.

—Eso ya lo sé. Se lo he oído cuatro veces. —Se puso la gorra—. Le pregunto por qué no ha cancelado.

El viento hacía ese ruido. Nauzet estaba a cuarenta metros, de espaldas, con el cigarro, mirando la nada como se mira una nada que conoces.

—Porque si cancelo —dije—, entonces fue una boda cancelada.

—¿Y si no cancela?

—Si no cancelo es un contrato en ejecución.

Perdomo asintió despacio, como quien recibe un dato técnico.

—O sea que usted no ha venido a amortizar.

—Yo he venido a amortizar —dije—. Pero no solamente.

—Le voy a decir una cosa que no es de trabajo tampoco —dije.

—Diga.

—Cuando vuelva a Madrid, se me va a olvidar esto en tres semanas. La cara de su madre, el ruido este, todo. Es lo que hago. —Me subí la manga—. Y me da mucha rabia.

—No se le va a olvidar.

—¿Y usted qué sabe?

—Porque lo ha dicho en voz alta —dijo—. Lo que se olvida no se dice.

Bajamos en silencio hasta el todoterreno. Nauzet apagó el cigarro contra la suela, lo guardó en un bolsillo lateral de la mochila —eso también lo vi— y nos llevó de vuelta al hotel por la carretera del malpaís, hablando de basalto.

Llegamos a las dos y diez.

Había una grúa en la entrada.