14. La boda de verdad
La boda de verdad
La grúa estaba elevando un arco.
Un arco floral de cuatro metros, blanco y verde, con hortensias, montado en el suelo por seis personas durante toda la mañana y ahora suspendido en el aire encima del jardín de ceremonias, girando muy despacio, mientras un hombre con un walkie decía «bájalo, bájalo, para, para, PARA».
Había una furgoneta de sonido. Había dos chicos montando una estructura de aluminio para colgar telas. Había una mesa plegable con doce cafés y un cartel impreso —impreso, plastificado— que decía:
A&B · LANZAROTE · PRODUCCIÓN
Y había, en el vestíbulo, con las maletas todavía en el suelo y una fila de empleados esperándolos, a Ainhoa y a Bosco.
Los reconocí, cosa que me molestó. Yo no sigo a nadie. Pero mi prima Sonia sí, y mi compañera Rebeca sí, y hay una capa de la cultura española que se te mete por ósmosis aunque hagas todo lo posible.
Ainhoa Bregante, un millón cuatrocientos mil seguidores. Bosco Ariztegui, medio millón. Se conocieron en un programa, luego montaron el canal juntos, luego la marca de ropa, luego la marca de suplementos, y ahora se casaban.
Y se casaban ahí. El sábado.
Detrás de ellos venía una mujer de unos cuarenta años con una carpeta.
Otra carpeta. Esta era de plástico rígido, azul, con pinza metálica, y la mujer que la llevaba se movía por el vestíbulo como se mueve la gente de producción por cualquier sitio del mundo: como si el sitio fuera un plató que todavía no sabe que lo es.
—¿Dónde está la coordinadora del hotel?
Yurena apareció a mi lado con la carpeta y sin que yo la oyera llegar, que es su especialidad.
—Señora Requena.
—Señora Cabrera.
—Le pido disculpas por el ruido de la zona de ceremonias.
—No pasa nada.
—Sí pasa —dijo Yurena, mirando al frente—. Pero le pido disculpas igual.
Y luego fue hacia la mujer de la carpeta azul.
Las vi hablar cuatro minutos desde el otro lado del vestíbulo.
No oí nada. No hacía falta: la mujer de producción hablaba señalando cosas con el bolígrafo —el arco, el jardín, la piscina— y Yurena escuchaba con las dos manos en su carpeta, y cada vez que la otra señalaba una cosa, Yurena decía algo corto y la otra bajaba el bolígrafo.
Cuatro minutos. Cuatro bolígrafos bajados.
Después la de producción se fue hacia la puerta con el móvil en la oreja y Yurena se quedó quieta en mitad del vestíbulo durante unos segundos, ordenando algo dentro de su carpeta que no necesitaba ser ordenado.
El director del Rofe se llama Ismael Falcón y es un hombre de unos cincuenta años, delgado, con un traje de lino que no se le arruga porque el lino de los directores no se arruga, y tiene el trato más agradable que he encontrado en la isla.
Vino él. No mandó a nadie: vino él, con la mano por delante desde cuatro metros.
—Señora Requena. Ismael Falcón, dirección. Quería presentarme y disculparme personalmente.
—Encantada.
—Estamos con una producción esta semana. Es una pareja con mucha visibilidad y hemos aceptado acoger su enlace. —Sonrisa exacta—. Le aseguro que no afectará en absoluto a sus servicios contratados.
—No me preocupa. Están contratados.
—Exacto. —Y aquí, medio segundo—. Precisamente por eso quería hablar con usted esta semana con calma. Sin prisa ninguna.
—¿De qué?
—De nada concreto. De cómo tiene usted previsto el final de la estancia.
Perdomo, que estaba a tres metros con la mochila al hombro y que llevaba toda la conversación mirando el arco, giró la cabeza.
Falcón se despidió con mucha educación y se fue a hablar con el hombre del walkie.
Y así fue como me enteré de lo que tenía, sin que nadie me lo dijera: yo tenía el sábado.
Lo entendí ahí, de pie, con la misma velocidad con la que entiendo los expedientes: por la forma de la frase. «De cómo tiene usted previsto el final de la estancia» es una frase construida por alguien que ha ensayado no decir la palabra que quiere decir. Yo escribo frases así los martes.
Sábado catorce, siete de la tarde, jardín de ceremonias. Reservado. Congelado. Imposible de mover, de ceder o de vender, por la misma razón por la que era imposible que me devolvieran un euro.
Miré el arco de cuatro metros colgando de la grúa, encima del sitio exacto en el que yo no me iba a casar.
—Nora —dijo Perdomo.
—Estoy bien.
—No he preguntado.
A Bosco lo oí antes de verlo.
Estaba en la terraza, delante de un chico con una cámara de fotos, repitiendo la misma frase por cuarta vez con cuatro entonaciones distintas: «Estamos en el sitio en el que empezó todo». Cada vez que la decía miraba al mar, y cada vez el mar era exactamente igual.
—No empezó nada aquí —le dijo Ainhoa desde una tumbona, sin levantar la vista del móvil.
—Es una manera de hablar, mi vida.
—Es que empezó en un plató de Telecinco.
—Eso no lo vamos a poner.
Comimos en el bufé. Comimos juntos, cosa que no habíamos hecho hasta entonces, y no lo decidimos: él se sentó en la mesa de dos junto a la cristalera con una bandeja y yo llegué después y no me fui a otra.
Desde ahí se veía media producción.
—Cuarenta personas —dijo él—. Sonido, luces, dos operadores, un drone, dos ayudantes de dirección y una chica que solo lleva el móvil de ella.
—¿Eso lo paga el hotel?
—Eso lo paga el hotel entero. Alojamiento, banquete, barra libre, todo. —Pinchó algo—. Y ellos ponen el millón cuatrocientos mil.
—¿Y el vídeo?
—Productora de Madrid. —Sin ninguna inflexión—. Vinieron ayer a medir luz.
—¿Y a usted no le ofrecieron el trabajo? —dije—. Es el único operador de bodas que hay aquí.
—A mí no me ofrecen trabajo. A mí me llaman cuando no llega el de Madrid. —Bebió agua—. Y esta gente trae el suyo desde marzo.
—¿Le habría gustado?
Perdomo tardó en contestar.
—Me habrían pagado en treinta días —dijo.
Comimos un rato en silencio.
—O sea que a mí me cobraron treinta y un mil euros por exactamente lo mismo —dije.
—A usted le cobraron treinta y un mil euros por lo mismo pero peor. —Se limpió—. Con menos flores y sin grúa.
—Es la primera cosa verdaderamente ofensiva que me dice usted.
—Es que ya llevamos tres días —dijo Dani Perdomo—, y ya me he confiado.
Por la tarde subí a la habitación a trabajar y no trabajé. Estuve una hora en la terraza del jardín privado con el portátil abierto en una hoja que no toqué, oyendo por encima del seto cómo la producción probaba el sonido.
Probaron once veces la misma canción. Los primeros veinte segundos, once veces.
A Ainhoa la vi de cerca a las siete de la tarde, en el pasillo del spa, las dos en albornoz, ella saliendo de donde yo entraba.
Es más baja de lo que parece y estaba sin maquillar y tenía cara de haber dormido cuatro horas.
—Perdona —dijo, apartándose.
—Nada.
Y entonces se paró, y me miró otra vez, y dijo:
—Tú eres la del jardín del sábado.
—¿Cómo?
—La del sábado a las siete. La que no lo suelta.
Lo dijo sin ninguna agresividad. Lo dijo como quien confirma una casilla, exactamente igual que Yurena, y a mí me llegó la información entera de golpe: que dentro de aquella producción de cuarenta personas, mi nombre circulaba. Que yo era un problema logístico con cara.
—Soy la del sábado, sí.
Ainhoa se recolocó el cuello del albornoz.
—A mí me da igual, ¿eh? —dijo—. A mí me han dicho que el sábado es el bueno de luz y que hay que pelearlo. Yo me caso el día que me digan. Llevo cuatro meses casándome.
—¿Cuatro meses?
—Sesiones, teasers, la pedida otra vez porque la primera no se grabó bien. —Se echó el pelo hacia atrás—. La boda es el jueves que viene en el registro, con mi madre. Esto es otra cosa.
Y se fue.
Se fue por el pasillo del spa con las zapatillas del hotel, y yo me quedé ahí de pie con mi albornoz y mi hora de circuito, procesando lo que acababa de decirme aquella chica y que era, si se piensa bien, la frase más honesta que me había dicho nadie en el Rofe Grand Resort & Spa:
Esto es otra cosa.
Ella lo sabía. Ella distinguía perfectamente entre su boda y su boda. Tenía las dos separadas, con nombres distintos, en calendarios distintos.
Y yo llevaba tres días amortizando la mía sin haber decidido todavía cuál de las dos era.
Esa noche cené en la habitación, cosa que no había hecho ninguna noche.
Pedí al servicio de habitaciones —incluido en la línea dos, régimen premium, sin suplemento— y me trajeron la bandeja con dos servicios, dos copas, dos servilletas dobladas en triángulo, y sobre la segunda servilleta, otra vez, la tarjeta impresa en la tipografía manuscrita.
Para que vuestra vida juntos empiece aquí.
La leí. La dejé en la bandeja, boca abajo, y cené mirando por la ventana el arco de hortensias, que a las diez de la noche seguía iluminado porque estaban probando temperaturas de color.