12. Contraplano
Contraplano
Antes de subir hice una cosa que no le he contado a nadie: me quedé nueve minutos en el pasillo de la planta baja, delante de la puerta de la suite, con la tarjeta en la mano.
Volví a la habitación y no me sirvió de nada, que es lo que pasa con las habitaciones de hotel cuando has hecho algo mal: son demasiado limpias.
Me senté en el borde de la cama, en la parte de la colcha donde ya no estaba el corazón de bugainvilla porque lo había retirado la camarera de pisos el primer día sin decir nada, y estuve veinte minutos repasando la conversación del aparcamiento.
La repasé como se repasa un siniestro: buscando el punto exacto en el que la cosa se estropea.
No fue la cifra. Yo tenía derecho a mirar la cifra; está publicada. Fue la palabra «exposición». Fue haber cogido a un hombre que trabaja doce horas para no perder una furgoneta y haberlo convertido, delante de él, en una variable de mi tranquilidad.
A las diez y veinte bajé otra vez.
No estaba en el aparcamiento. Estaba en el murete del final del camino de arena, el que da a la playa pequeña, con una lata de cerveza sin abrir en la mano, y no fue difícil encontrarlo porque a esa hora en un resort no hay nadie fuera: la gente paga por estar dentro.
—No he venido a leerle nada —dije.
—Vale.
—¿Puedo?
Se corrió treinta centímetros en el murete, que es lo más parecido a un sí que dio en todo el día.
Me senté a esos treinta centímetros. El murete estaba caliente todavía, del día, y eso es una cosa que no sabía de las islas: que la piedra devuelve el calor por la noche durante horas, como si tuviera intención de compensarte por algo.
Nos quedamos un rato callados. Se oía la piscina de adultos vaciándose de gente y, mucho más abajo, el mar haciendo su ruido de mar.
No traía nada preparado, que es notable: yo preparo hasta los mensajes de cumpleaños.
—Lo del aparcamiento estuvo mal —dije.
—Sí.
—No voy a explicarle por qué lo hice, porque las explicaciones son una segunda agresión.
Perdomo giró la cabeza.
—¿Eso también es de su trabajo?
—Eso es de un psicólogo al que fui cuatro veces.
—¿Y por qué solo cuatro?
—Porque a la cuarta me pidió un recuerdo agradable de la infancia sin usar fechas y no supe.
Él abrió la lata. La abrió tarde, cuando ya no hacía falta abrirla, y ese detalle lo he pensado varias veces.
—Le voy a contar una cosa y no es un reproche —dijo—. Es contexto.
—Vale.
—Cuando usted firmó su paquete en febrero, yo firmé el mío.
La agencia me llamó en enero y me dijo: tenemos una boda grande, un paquete integral, el reportaje entero, seis mil doscientos.
Y yo dije que sí. —Bebió—. Yo sabía que me debían nueve mil cuatrocientos.
Lo sabía perfectamente. Lo que pensé fue: si acepto, tienen que pagarme lo de antes, porque si no ¿cómo me van a pedir otra?
—Es un razonamiento correcto.
—Es un razonamiento de tonto.
—No —dije—. Es un razonamiento correcto que falla porque presupone que el otro se comporta como usted. Que es como fallan todos los razonamientos correctos.
Perdomo se rio.
Fue una risa muy corta, casi por la nariz, y después giró un poco el cuerpo hacia mí y dijo:
—Usted es rarísima.
—Ya.
—No lo digo mal.
—Nadie lo dice mal, y a los ocho meses todo el mundo lo dice mal.
—¿Eso lo ha medido?
—Ocho meses y medio de media. —Miré el mar—. Con una desviación de seis semanas.
—¿Cuántos casos?
—Cuatro.
—Cuatro no es una muestra.
—Cuatro es toda mi vida adulta, señor Perdomo, y en mi ramo eso se llama siniestralidad total.
Se quedó pensándolo un rato, con la lata apoyada en la rodilla.
—A mí me dejaron una vez por lo contrario —dijo—. Por no medir nada.
—¿Y qué le dijo ella?
—Que yo estaba siempre a punto de empezar algo.
Y entonces me contó lo de la casa, sin que yo se lo preguntara y sin ninguna solemnidad, del mismo modo en que la gente cuenta las cosas grandes cuando está cansada: por el lado logístico.
Que la casa del tejado hundido era de sus abuelos.
Que la tierra de alrededor eran ocho hectáreas de La Geria baja, con hoyos, plantados.
Que en el ochenta y siete se hizo el acceso a la costa y aquello partió la finca en dos, y la parte de arriba se quedó sin salida, y una finca sin salida vale la mitad, y a su abuelo le hicieron una oferta.
—¿Y la aceptó?
—La aceptó mi abuela —dijo—. Mi abuelo se pasó tres años diciendo que no y ella firmó. Y mi padre siempre dijo que fue una traición y mi madre siempre dijo que fue una mujer haciendo cuentas.
—¿Y su madre vive allí?
—Mi madre vive en el pueblo, a cuatro kilómetros. Nunca ha vuelto a subir.
—¿Y usted?
—Yo subo cuando me contratan aquí —dijo—. Con la excusa de la luz.
—¿Y usted qué dice?
—Yo digo que la que hizo las cuentas tenía razón y que aun así se murieron todos enfadados.
Le pasé la lata. La había cogido yo en algún momento de la conversación sin darme cuenta, cosa que descubrí al pasársela.
—Y ahora usted graba bodas en el hotel que compró aquello.
—El hotel no compró aquello. Aquello lo compró un señor de Madrid que lo tuvo veinte años parado y lo vendió a otro señor. El hotel llegó después. —Se encogió de hombros—. Pero es la única manera de entrar con una cámara ahí arriba, sí.
—¿Está grabando algo?
Perdomo tardó cuatro segundos.
—Estoy grabando algo.
—¿Es un documental?
—Es lo que quede cuando pare.
—¿Desde cuándo?
—Desde dos mil diecinueve.
Se me escapó el número en voz alta, y aquí, en mi descargo, diré que no lo dije como tasadora. Lo dije como alguien que se sorprende.
—¿Ocho años?
—Ocho años.
—Eso no es un proyecto —dije—. Eso es una casa.
Y él se volvió a reír, esta vez de verdad, con la cabeza hacia atrás, y dijo «chacha, qué cosas dice usted», y a mí me pasó lo siguiente.
Me reí yo.
No un resoplido contra una camilla ni un ruido de estornudo en un pasillo.
Una risa entera, de las que empiezan y no te dejan volver enseguida al sitio en el que estabas, ahí sentada en un murete con una lata que no era mía, a las once menos cuarto de la noche del segundo día, con una espiral de crema perfecta en el frigorífico del obrador y una mujer de porcelana con cara de nada encima de tres pisos.
Duró unos siete segundos. Los he contado después, en la cama, como quien repasa un extracto.
Cuando se me pasó, me di cuenta de que él no se había reído a la vez: se había parado a mirarme, con la cabeza un poco de lado, exactamente como se mira una cosa que se te ha escapado y que no vas a poder repetir.
—No —dije.
—No he hecho nada.
—No tiene la cámara y sigue haciéndolo.
—Eso no se apaga —dijo Dani Perdomo.
Me levanté antes de que ninguno de los dos tuviera que decidir qué se hacía a continuación, y él no se levantó, y eso también lo agradecí.
—¿Y por qué sigue? —dije—. Ocho años.
Perdomo se quedó mirando el agua un rato.
—Porque mi madre está viva —dijo—. Y porque ella sí sabe los nombres de las cosas de allá arriba.
Cuando ella no esté, aquello va a ser una casa rota en un sitio bonito, y va a venir alguien a poner una piscina, y no va a estar mal, ¿entiendes?
Va a ser hasta bonito. Simplemente no va a saber nadie qué era.
No dije nada durante un rato largo.
—Eso tiene un nombre en mi ramo —dije.
—No me lo diga.
—Se lo digo.
—No.
—Pérdida total —dije—. Cuando el coste de reparar supera el valor del bien, no se repara. Se indemniza y se retira.
—Pues qué alegría hablar con usted.
Subí a las once y diez. Abrí el portátil, abrí RESCATE y rellené las filas del día: línea trece, spa, 310 €, prestada, dos beneficiarios. Línea diez, taller y tarta, 780 €, prestada, dos beneficiarios. Línea dos, régimen, 380 €, imputación diaria. Línea once, cata, ya estaba.
Total amortizado a día dos: cuatro mil ciento ochenta euros de treinta y un mil. Un trece coma cuatro por ciento.
Y después, debajo de la última fila, abrí una fila nueva que no correspondía a ninguna línea del desglose, porque no venía en el paquete y por lo tanto no tenía número.
La dejé sin importe.
En la columna de concepto escribí: gasto imprevisto .
Después cerré el portátil, apagué la luz y estuve un rato despierta, oyendo el aire acondicionado, con la cabeza absolutamente vacía por primera vez en veintitrés días.